La esperanza en un candidato: Colombia a las urnas

Para la comunidad judía colombiana, la elección del 31 de mayo tiene una lectura específica que no puede ignorarse.

Vista aérea de un colorido desfile en Bogotá, Colombia, con una multitud ondeando banderas. Crédito: Pexels/José David Cortes.
Vista aérea de un colorido desfile en Bogotá, Colombia, con una multitud ondeando banderas. Crédito: Pexels/José David Cortes.
Politólogo, analista internacional, investigador, periodista y columnista en diversos medios de comunicación de Latinoamérica, España e Israel.

Colombia llega a las urnas este 31 de mayo exhausta y polarizada. Pero para los judíos colombianos, esta elección tiene una dimensión que va más allá del hartazgo generalizado. Lo que está en juego el domingo no es solo el modelo económico o la seguridad interna. Es la dignidad diplomática de Colombia frente al único Estado judío del mundo. Es el mensaje que este país le envía a sus propios hijos que eligieron Israel como hogar. Es, en definitiva, una elección que tiene nombre y apellido para la comunidad.

Gustavo Petro no solo rompió relaciones con Israel el 1 de mayo de 2024. Fue más lejos: comparó a las Fuerzas de Defensa de Israel con los nazis, expulsó a los diplomáticos israelíes, prohibió la venta de carbón colombiano al Estado judío y nombró un embajador en Ramallah. Cuatro años de gobierno que convirtieron a Colombia en la voz más estridente del antisionismo en América Latina. No fue política exterior. Fue demagogia antiisraelí con consecuencias concretas para judíos colombianos, para los lazos con Israel y para la reputación internacional del país.

Ahora Petro no puede reelegirse. Pero tiene sucesor.

Iván Cepeda Castro, candidato del Pacto Histórico, ha prometido profundizar, no interrumpir, la gestión del presidente saliente. Lo que significa, en términos concretos, más de lo mismo: más antisionismo, más ruptura con Israel, más retórica sobre “genocidio” para consumo interno. Cepeda no es un moderado que heredó la candidatura por inercia. Cuando el expresidente Iván Duque visitó a Netanyahu en Israel, Cepeda presentó una denuncia penal contra él por “apología al genocidio contra el pueblo palestino”. El mismo hombre que nunca demandó a las FARC por décadas de terrorismo encontró energías jurídicas para perseguir a quien se reunió con el primer ministro israelí. Eso no es activismo por los derechos humanos. Es antisionismo militante con toga.

Por sus orígenes en las Juventudes Comunistas, Cepeda es visto como parte del sector más radical de la izquierda colombiana. Su programa contempla la continuidad de la “paz total” de Petro, el modelo de negociación con grupos criminales. Un hombre formado en Bulgaria comunista, hijo del proyecto político que surgió del brazo civil de las FARC, no representa una amenaza abstracta para la comunidad judía colombiana. Representa la prolongación de cuatro años de hostilidad institucionalizada contra Israel.

Frente a ese panorama, emergen dos candidatos de la derecha: Paloma Valencia, del Centro Democrático, y la figura que ha generado más entusiasmo entre la comunidad judía colombiana.

Abelardo de la Espriella se reunió con Gideon Sa’ar, canciller del Estado de Israel, en una conversación que se extendió más de dos horas, y le expuso “la imperiosa necesidad” que tiene Colombia de fortalecer los lazos de amistad y cooperación con Israel. No fue una visita de cortesía. Fue una declaración política. De la Espriella prometió instalar la embajada colombiana en Jerusalén, afirmando que “solo estrechando relaciones y aprendiendo de naciones que han enfrentado con éxito al terrorismo -y que han superado desafíos históricos como la diáspora, el Holocausto, la aridez de su territorio y los ataques de sus enemigos- podremos encontrar las claves para derrotar nuestros propios males”. 

No es retórica. Es convicción.

De la Espriella ha sido explícito ante la comunidad judía colombiana: renovar una alianza estratégica con el Estado de Israel para enfrentar el narcoterrorismo, defender los principios judeocristianos que son la base de la civilización occidental y establecer la embajada colombiana en Jerusalén. Al igual que Donald Trump y Javier Milei, De la Espriella entiende que reconocer Jerusalén como capital de Israel no es una provocación. Es simplemente decir la verdad. 

Quienes lo comparan con Bukele se equivocan de referente. De la Espriella no es un tecnócrata de imagen digital. Es un abogado penalista con décadas de trinchera, un opositor que enfrentó al petrismo sin concesiones y un político que admira abiertamente a Golda Meir, a Ariel Sharon y a Benjamín Netanyahu. Admira a quienes gobernaron con firmeza cuando Israel más lo necesitó. Su espejo ideológico no es el populismo ‘cool’ de San Salvador. Es el conservadurismo de fondo de Trump y de Milei: orden, soberanía, alianzas reales y sin disculpas.

Para la comunidad judía colombiana, la elección del 31 de mayo tiene una lectura específica que no puede ignorarse. Un gobierno con Cepeda significa cuatro años más de Colombia como plataforma de agitación antisionista en la ONU, en la OEA y en los foros internacionales. Significa la consolidación de la ruptura con Israel como política de Estado permanente. Significa el mensaje, silencioso pero inequívoco, de que los judíos colombianos que eligieron vivir en Israel son ciudadanos de segunda en la agenda diplomática de su país de origen.

Un gobierno De la Espriella significa lo contrario. Relaciones restablecidas desde el primer día. Embajada en Jerusalén. Alianza estratégica en materia de seguridad y tecnología. Y, por primera vez en años, la sensación de que Colombia vuelve a ser un país que no avergüenza a sus ciudadanos judíos frente al mundo.

El resentimiento fue útil para ganar una elección en 2022. Fue un desastre para gobernar. Y Cepeda representa la apuesta por cuatro años más del mismo experimento, con el mismo desprecio hacia Israel y la misma hostilidad disfrazada de humanitarismo. Colombia ha pagado ya un precio demasiado alto. Para los judíos colombianos, ese precio tiene nombre: el aislamiento de Israel, la ruptura de lazos históricos y la complicidad institucional con el antisionismo.

Este domingo, la comunidad judía colombiana tiene algo concreto por qué votar. Y algo muy concreto que evitar.