Durante años, hablar de la presencia de Hezbolá en América Latina era, para muchos sectores políticos y académicos, una especie de exageración “conspirativa” asociada a los fantasmas de la Guerra Fría o a las obsesiones geopolíticas de Washington e Israel. Sin embargo, la realidad terminó superando incluso las advertencias más pesimistas.
Hoy, la influencia de Hezbolá en la región no solo es una preocupación legítima de seguridad internacional: es un hecho documentado, profundo y peligrosamente normalizado. Mientras Occidente debatía sobre populismo, polarización y cambio climático, Irán y su brazo operativo más eficaz construyeron, en silencio, una red de influencia política, económica, religiosa y criminal en América Latina. El epicentro de esa expansión no fue casual: Venezuela.
La alianza entre el chavismo y la República Islámica no comenzó con Nicolás Maduro. Fue Hugo Chávez quien abrió de par en par las puertas a Teherán. Unidos por un antiamericanismo visceral y un discurso antioccidental ideologizado, ambos regímenes tejieron una relación que fue mucho más allá de la diplomacia: acuerdos energéticos, cooperación militar, vuelos directos Caracas-Damasco-Teherán y una opacidad financiera que permitió todo tipo de operaciones. Durante más de dos décadas, agencias de inteligencia occidentales alertaron sobre el uso de territorio venezolano como plataforma logística para Hezbolá: lavado de dinero, narcotráfico, tráfico de documentos, financiamiento clandestino y operaciones de inteligencia. La Isla de Margarita, las minas ilegales de oro y coltan, y la frontera con Colombia se convirtieron en territorios funcionales para estas redes.
La respuesta de buena parte de América Latina fue el silencio cómplice. Reconocer la presencia de Hezbolá significaba admitir algo incómodo: que la región ya no solo padecía crimen organizado tradicional, sino que se había vuelto vulnerable a redes terroristas transnacionales con patrocinio estatal.
Reducir a Hezbolá a “milicia libanesa” es un error conceptual grave. Es una estructura híbrida: partido político con representación en el parlamento libanés, aparato militar poderoso, servicio de inteligencia sofisticado, organización criminal transnacional y herramienta de proyección global de la política exterior iraní. Su gran talento ha sido la adaptación. Donde no puede operar abiertamente, lo hace a través de redes comerciales, comunidades shiítas, negocios informales o alianzas con grupos criminales locales. No busca necesariamente conquistar territorios, sino infiltrar sistemas financieros, construir influencia y generar recursos. América Latina, con su corrupción endémica, fronteras porosas, economías informales gigantes y ciertos gobiernos ideológicamente afines, resultó un terreno ideal.
Mucho antes de la consolidación venezolana, la Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay ya era un punto rojo. Los atentados contra la embajada de Israel en Buenos Aires (1992) y contra la AMIA (1994), que dejó 85 muertos, fueron la demostración trágica de que el terrorismo islamista había llegado al continente. Las investigaciones judiciales argentinas, con respaldo internacional, señalaron a funcionarios iraníes y operativos de Hezbolá como responsables. Aun después de esa masacre, gran parte de la región actuó como si el problema fuera exclusivamente argentino. La muerte del fiscal Alberto Nisman en 2015, en circunstancias aún controvertidas, simbolizó la enorme dificultad de enfrentar estas estructuras cuando logran penetrar redes políticas y estatales. Hoy, bajo el gobierno de Javier Milei, Argentina ha avanzado en justicia y designaciones, pero el daño institucional acumulado durante décadas es profundo.
Colombia no ha estado ajena. Informes del Senado estadounidense, la DEA y autoridades locales han documentado redes vinculadas a Hezbolá en actividades de lavado, contrabando y narcotráfico, especialmente en la Guajira (Maicao), la frontera con Venezuela y zonas de economía ilegal. No se trata de células durmientes visibles en las calles de Bogotá o Medellín, sino de algo más peligroso: la convergencia entre terrorismo internacional y crimen organizado transnacional. Hezbolá entendió temprano que el narcotráfico latinoamericano podía ser una fuente inagotable de financiamiento. Y algunos actores locales terminaron actuando, consciente o inconscientemente, como socios funcionales. El deterioro de las relaciones con Israel bajo el gobierno de Gustavo Petro, y la narrativa oficial de acercamiento a actores alineados con Irán, solo agravan la preocupación. El terrorismo del siglo XXI no siempre llega con fusiles; a veces entra con narrativas de “antiimperialismo” que relativizan el riesgo.
El vínculo Irán-Venezuela fue el pivote estratégico de toda esta arquitectura. Lo que empezó como afinidad ideológica se convirtió en plataforma operativa, con Hezbolá como intermediario flexible. Incluso con el debilitamiento del régimen de Maduro a partir de 2025 -que ha reducido algunos refugios operativos-, las redes criminales transnacionales demuestran una resiliencia preocupante: se adaptan, se desplazan, sobreviven.
Lo más inquietante ha sido la falta de voluntad -o la miopía ideológica- de muchos gobiernos y analistas para enfrentar el problema con honestidad. Europa, concentrada en sus propias crisis, reaccionó tarde. América Latina, atrapada en polarizaciones internas, prefirió mirar hacia otro lado. Y parte de la academia siguió descalificando cualquier alerta como “exageración derechista”. Israel, con razón, lo vio venir hace décadas. Para Jerusalén, Hezbolá nunca fue solo un problema fronterizo en Líbano, sino el brazo más sofisticado de la expansión iraní. Cada espacio que Irán ganaba en la región era una oportunidad adicional para su aparato de proyección global.
La pregunta ya no es si Hezbollah tiene presencia en América Latina. Es cuánto avanzó mientras el continente discutía ideologías y campañas electorales. Venezuela fue el laboratorio geopolítico iraní. Colombia enfrenta riesgos crecientes en una frontera inestable. Y el resto de la región descubre, tarde, que la globalización también trajo amenazas globales. El terrorismo contemporáneo no necesita campos de entrenamiento visibles. Le bastan redes financieras opacas, corrupción estatal, alianzas políticas ambiguas y criminales dispuestos a colaborar por dinero. Ignorar esa realidad ya no es ingenuidad. Es irresponsabilidad histórica.