Un punto de inflexión para el mundo

Las sirenas en Israel no son señal de pánico, sino de esperanza por una región que ya no esté dominada por la ambición imperial del régimen iraní.

Personas refugiándose de los misiles disparados desde Irán en una estación de tren en Tel Aviv, el 28 de febrero de 2026. Foto de Avshalom Sassoni/Flash90.
Personas refugiándose de los misiles disparados desde Irán en una estación de tren en Tel Aviv, el 28 de febrero de 2026. Foto de Avshalom Sassoni/Flash90.
Fiamma Nirenstein
Fiamma Nirenstein Fiamma Nirenstein
Fiamma Nirenstein es una periodista italo-israelí, autora e investigadora principal del Centro de Seguridad y Asuntos Exteriores de Jerusalén (JCFA). Asesora sobre antisemitismo del Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel, fue vicepresidenta del Comité de Asuntos Exteriores del Parlamento italiano (2008-2013). Miembro fundador de la Iniciativa Amigos de Israel, ha escrito 15 libros, entre ellos 7 de octubre, Antisemitismo y la guerra contra Occidente, y es una voz destacada en temas de Israel, Medio Oriente, Europa y la lucha contra el antisemitismo.

Las sirenas durante Shabat enviaron a los israelíes a los refugios una y otra vez, sin embargo, el ambiente se mantuvo sereno, casi resuelto. El público israelí comprende que la historia a veces se acelera de repente, y que cuando lo hace, la vacilación se vuelve más peligrosa que la acción.

El primer ministro Benjamin Netanyahu enmarcó el momento con crudeza: Israel se enfrenta a un régimen que durante décadas ha matado a estadounidenses, ha derramado sangre judía y ha brutalizado a sus propios ciudadanos, al tiempo que se esfuerza por tener capacidad nuclear. Por lo tanto, el objetivo de esta guerra no es táctico sino histórico. Pretende acabar con una amenaza permanente.

Esto es lo que muchos observadores no comprenden. Los aviones estadounidenses que vuelan junto a los jets israelíes sobre Teherán representan algo más que una maniobra militar: dibujan un futuro Medio Oriente que ya no estará dominado por la ambición imperial iraní. Si se elimina la amenaza permanente, la diplomacia se hace posible, porque por fin puede existir la negociación sin coacción.

El presidente de Estados Unidos Donald Trump pudo haber retrasado, aceptado otro acuerdo nuclear parcial o confiar en las promesas del régimen iraní respecto al uranio enriquecido. En lugar de ello, llegó a la conclusión de que el peligro había alcanzado claridad estratégica. La elección no venía impuesta por la necesidad inmediata, sino por la responsabilidad a largo plazo: un cambio decisivo en lugar de un aplazamiento interminable.

El poder de Irán descansa en una red -Hamas, Hezbollah, los Houthis y otros proxies- combinados con misiles y ambición nuclear dirigidos mucho más allá de Israel. Acabar con esa red modifica la seguridad mundial, no sólo la estabilidad regional. Israel funciona como escudo avanzado, pero las consecuencias alcanzan a Europa, el Golfo y más allá.

La reacción en Medio Oriente ya lo refleja. Los estados amenazados durante mucho tiempo por Teherán se alinean en silencio. Surge una arquitectura más amplia -desde el Golfo hasta la India y el Mediterráneo oriental- basada en intereses compartidos más que en temores compartidos. Incluso las rivalidades mundiales, incluyendo la dependencia rusa a las armas iraníes, sienten el temblor.

Europa vacila, hablando el lenguaje de la preocupación más que el del juicio. Sin embargo, la historia rara vez ofrece simetría moral.

El propio pueblo iraní muestra la comprensión más clara, arriesgando sus vidas para celebrar los golpes contra sus opresores. Su valentía expone la verdadera línea divisoria.

Este momento es, por tanto, excepcional: naciones que actúan no sólo para obtener ventajas, sino para desmantelar un sistema de intimidación y miedo. Puede que el reconocimiento llegue lentamente, pero la posibilidad de un Medio Oriente más libre ya ha aparecido. Una vez visible, no puede desaparecer fácilmente.

© JNS