El ‘aliado’ poco fiable de Estados Unidos en Oriente Medio es Qatar, no Israel

La indignación de la clase dirigente de política exterior por el ataque contra los líderes de Hamás es pura hipocresía. Lo que debe cambiar es la confianza de Washington en los islamistas de Doha.

Trump UAE
U.S. President Donald Trump walks toward Air Force One with Emir of Qatar Sheikh Tamim bin Hamad Al Thani at Al Udeid Air Force Base, May 15, 2025. Credit: Daniel Torok/White House.
Jonathan S. Tobin
Jonathan S. Tobin Jonathan S. Tobin
Jonathan S. Tobin es editor en jefe de Jewish News Syndicate, colaborador principal en The Federalist, columnista en Newsweek y colaborador en muchas otras publicaciones. Cubre la política estadounidense, la política exterior, la relación entre Estados Unidos e Israel, la diplomacia en Medio Oriente, el mundo judío y las artes. Conduce el pódcast de JNS “Think Twice” y el programa “Jonathan Tobin Daily”. Ha ocupado cargos editoriales de alto nivel en la revista Commentary, en The Jewish Exponent de Filadelfia y en el Connecticut Jewish Ledger. Ha recibido más de 60 premios por artículos de opinión, crítica de arte y otros escritos, y aparece regularmente en televisión comentando sobre política y política exterior. Nacido en Nueva York, estudió historia en la Universidad de Columbia.

El enfado de la comunidad internacional, así como del mundo musulmán y árabe, por el ataque aéreo israelí contra miembros de la cúpula de Hamás en Doha, Qatar, sólo fue igualado por la indignación procedente del establishment estadounidense de política exterior. En el centro de sus quejas no sólo estaba su disgusto por la habilidad de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y los operativos de inteligencia del Estado judío, además de la voluntad del primer ministro Benjamín Netanyahu de desobedecer a la opinión mundial.

También se esforzaron por describir el ataque como las acciones de un Estado delincuente, que explota sus lazos con Estados Unidos en lugar de comportarse como un buen aliado.

La narrativa sobre el incidente es la afirmación de que Netanyahu engañó y/o traicionó al presidente Donald Trump sobre el ataque aéreo, y así, nos dijeron, lo ridiculizó.

El hecho más importante sobre lo ocurrido en Doha fue algo llamativamente ignorado en casi toda la cobertura mediática. El verdadero escándalo fue que a los hombres que dirigen las operaciones de Hamás y lo representan ante el mundo se les ha permitido vivir abiertamente en paz y aparente seguridad en el estado del Golfo.

No es diferente de Bin Laden

En medio de todas las quejas sobre el descaro de Israel por violar la soberanía del emirato del Golfo, lo que se perdió de vista fue que los operativos de Hamás y sus diversos funcionarios, guardaespaldas y familiares puestos en peligro por los israelíes se encuentran entre los criminales más despiadados del planeta, el equivalente moral de Al-Qaeda y su cerebro, Osama bin Laden.

La verdadera cuestión no es que Israel viole las normas internacionales al intentar administrar la misma justicia sumaria a las personas que fueron tan artífices de los atentados terroristas en Israel el 7 de octubre de 2023 como Bin Laden lo fue de los atentados del 11-S contra el World Trade Center y el Pentágono. Es que un país al que Estados Unidos sigue tratando como un aliado de confianza está acogiendo a los autores de la peor matanza masiva de judíos desde el Holocausto. Ese país también financia el terrorismo islámico y apoya el adoctrinamiento islamista en todo el mundo mientras actúa como un apoyo clave de Irán. Los qataríes son el Estado canalla, no los israelíes.

Una vez que se reconoce esa información, entonces la pregunta no es qué estaban haciendo los israelíes para perturbar la paz de un enclave rico en Doha. La cuestión es por qué la Administración Trump parece seguir los pasos de sus desventurados predecesores tratando a los qataríes como aliados en lugar de, en el mejor de los casos, eneamigos en los que nunca se debe confiar. Si alguien ha estado engañando a Trump, han sido los qataríes, no los israelíes. Cualquiera que lea o vea las noticias sobre el ataque se perdió todo esto.

Los titulares de los principales medios de comunicación liberales gritaban todos su consternación por la decisión del Estado judío de acabar con algunos de los líderes del grupo terrorista en lo que pensaban que era el refugio seguro de un barrio exclusivo lleno de embajadas y edificios residenciales de lujo.

CNN comenzó con una cita del primer ministro qatarí, el jeque Mohammed bin Abdulrahman al-Thani calificando el ataque de “terrorismo de Estado”. Un reportaje del Washington Post se centraba en la acusación de que Jerusalén estaba actuando como un Estado canalla: “Israel dice que está bombardeando su camino hacia la paz. La región teme más caos”.

El titular del New York Times en su historia traicionaba una agenda algo más sutil: “Una vez más, Israel deja a Trump en la oscuridad mientras lleva a cabo un ataque militar”. El objetivo era poner de relieve no solo una aparente desavenencia entre Israel y Estados Unidos sobre el incidente. El objetivo era hacer hincapié en la noción más siniestra de que Netanyahu está engañando a su antiguo socio estratégico, así como llevando al presidente de Estados Unidos por la nariz y socavando los intereses estadounidenses para promover sus propios objetivos oscuros de conquista militar y guerra interminable.

Un día después, el Times publicó un artículo aún más tendencioso en el que abogaba por que los estados del Golfo tomaran medidas contra Israel y afirmaba que el ataque amenazaba la capacidad de Qatar para llevar a cabo el comercio internacional. Pero, ¿qué tiene que ver conceder refugio a asesinos en masa con la capacidad de los emiratos del Golfo para dedicarse al comercio?

Al hacerlo, esos medios expresaban un sentimiento que se repitió en toda la cobertura de la prensa corporativa del suceso. El Times y otros medios reunieron a los sospechosos habituales de expertos de los departamentos de estudios sobre Oriente Medio de las principales universidades -muchos de los cuales están financiadas por Qatar- para hacerse eco de la idea de que Israel es el rabo que mueve al perro estadounidense, en detrimento de la causa de la paz y las buenas relaciones entre Estados Unidos y el mundo árabe musulmán.

Los veteranos de las Administraciones de Obama y Biden que todavía guardan rencor a Netanyahu y a los israelíes por no obedecer sus órdenes de no defender a su país contra los terroristas o de hacerles concesiones suicidas también salieron a la palestra para denunciar el ataque. Afirmaron que el objetivo israelí era sabotear las negociaciones de alto el fuego con Hamás, para las que Qatar sirve de intermediario, así como socavar la relación de Estados Unidos con Doha.

Más importante aún, buscaban jugar con la vanidad de Trump y pregonar la conclusión de que el autodenominado maestro del arte del trato estaba siendo tomado por tonto por el líder israelí.

Un falso amigo

Muchos en el establishment de la política exterior hablan de la relación con Qatar como un buen negocio para Estados Unidos. Se dice que los qataríes están haciendo un gran favor a Washington al permitirle utilizar la base aérea de Al Udeid como cuartel general del Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM) y puesto de escucha desde el que los estadounidenses pueden vigilar a Irán y a otros actores malignos en Oriente Medio.

Además, los qataríes también han conseguido introducirse en las negociaciones entre Israel, Estados Unidos y Hamás, lo que les ha convertido en indispensables para el proceso diplomático mediante el cual Washington espera negociar otro acuerdo de alto el fuego y la liberación de rehenes con los terroristas.

Tanto si Occidente se da cuenta como si no, el ataque a Qatar no sólo reforzó la seguridad de Israel, sino que asestó un golpe a las fuerzas que también amenazan a Estados Unidos y Europa. Qatar no es un aliado fiable. Israel lo es.Jonathan S. Tobin

Esta narrativa sobre la relación entre Estados Unidos y Qatar, sin embargo, lo tiene todo al revés.

Qatar no está haciendo ningún favor a los estadounidenses haciéndose pasar por intermediario con Hamás. Esto, al igual que el alojamiento de la base aérea militar, forma parte de la operación de información del emirato en la que ha buscado comprar influencia en Estados Unidos y hacer avanzar la agenda islamista que apoya.

La presencia de Hamás en Qatar no es casual. Es la sede de la Hermandad Musulmana, el grupo islamista que dio origen a Hamás. La Hermandad es también uno de los principales motores de un movimiento yihadista cuyo objetivo es la destrucción de Israel y una guerra contra Occidente.

Comprar influencia

El emirato rico en petróleo gasta dinero como agua en Estados Unidos. Es el mayor donante extranjero a las instituciones estadounidenses de educación superior, dando parte de su riqueza a universidades para mantener departamentos de estudios sobre Oriente Medio que son bastiones de odio antioccidental y antisemitismo, así como apologistas de las amenazas islamistas a Estados Unidos.

Y también es el mejor amigo de la industria de los grupos de presión de Washington, comprando influencia en el Congreso y en la comunidad empresarial. Como me dijo el analista de Oriente Medio Michael Pregent, hay muchos grupos de presión y otras figuras en Washington, D.C., que “no podrían pagar sus hipotecas” sin el dinero que reciben directa o indirectamente de Qatar. El papel del emirato en el rescate del enviado de Trump, Steve Witkoff, en un negocio inmobiliario no sólo arroja dudas sobre su juicio, sino que esencialmente ha comprometido la capacidad del equipo de política exterior de Trump para evaluar objetivamente el papel de Doha en Oriente Medio.

Otro pequeño ejemplo del gasto pródigo de Qatar en Estados Unidos es la forma en que ha financiado la carrera cinematográfica de la madre de Zohran Mamdani, el socialista que es el candidato del Partido Demócrata en la contienda por la alcaldía de Nueva York. Los decenas de millones que ha gastado sosteniendo la carrera de la cineasta y documentalista Mira Nair, la madre de Mamdani que critica a Israel, es calderilla en comparación con los cientos de millones reportados que invirtió en ayudar a Witkoff. Pero al igual que el dinero que gasta en instalar a quienes odian a Israel y a Estados Unidos en posiciones con plaza fija en universidades, todo suma.

Y eso sin contar la enorme influencia que ejerce a través de su canal de noticias Al Jazeera, el medio de comunicación más visto en el mundo musulmán, que produce propaganda al estilo de la Hermandad Musulmana disfrazada de reportaje los siete días de la semana.

Es cierto que la base aérea de Al Udeid es más importante que nunca para Estados Unidos después del vergonzoso abandono por parte del ex presidente Joe Biden de la base aérea de Bagram, en Afganistán, en manos de los talibanes en 2021. Aunque trasladarla a otro lugar sería muy inconveniente, la idea de que no podría transferirse a otro emirato del Golfo no es creíble. Su presencia en Qatar no sólo confiere legitimidad a la dudosa noción de que Doha es un aliado. También socava la credibilidad de Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo islamista, algo que no pasa desapercibido para grupos como Hamás y sus mentores de los Hermanos Musulmanes, financiados por los qataríes. Aunque sus apologistas nunca lo admitirán, Qatar necesita a Estados Unidos mucho más de lo que Estados Unidos necesita a Qatar.

En pocas palabras, Qatar juega a dos bandas contra el centro cuando se trata de Estados Unidos y de los terroristas islámicos que desean destruirlo. A diferencia de Pakistán, que a menudo hace lo mismo mientras se hace pasar por aliado de Estados Unidos, la capacidad de Qatar para mantener esta insostenible posición se basa en su influencia para comprar voluntades y no en un arma nuclear.

Ha puesto en peligro el ataque a Qatar la relación de Israel con Trump? Con eso cuentan los odiadores del Estado judío. Pero no debería.

Incluso mientras Trump expresaba su disgusto por el hecho de que los israelíes actuaran de esta manera independientemente de su control, seguía expresando opiniones que están más en línea con las de la comunidad proisraelí, diciendo en una publicación de Truth Social que “eliminar a Hamás, que se ha lucrado de la miseria de los que viven en Gaza, es un objetivo digno”. Eso está muy lejos de las condenas a la operación.

Trump continuó señalando que el ataque podría ayudar a incitar a los qataríes y a Hamás a dejar de estancarse en las negociaciones y a plegarse a su ultimátum más reciente a los terroristas, exigiéndoles que acepten sus condiciones, que implican la liberación de todos los rehenes que aún retienen y la entrega de las armas.

Una elaborada estafa

Eso nos remite a otra verdad básica ignorada en el barullo sobre las acciones de Israel: la creencia de que Hamás -y sus financiadores y facilitadores qataríes- son de algún modo actores razonables o parte de un proceso diplomático creíble es un mito. Las negociaciones aprobadas por Trump, en las que Witkoff ha ayudado a hundir a Estados Unidos, no son más que una elaborada estafa por parte de los qataríes y sus clientes.

No están más interesados en una solución pacífica a la guerra de Gaza hoy de lo que lo estaban tras el 7 de Octubre. Lo que pretenden es seguir alargando las conversaciones para permitir que Hamás sobreviva a la guerra y emerja como vencedor, aunque sea tras destruir el enclave costero y sacrificar miles de vidas de árabes palestinos en el altar de una guerra centenaria para destruir el Estado de Israel.

La única forma de hacer frente a Hamás es perseguir hasta el último miembro de su cúpula y sus cuadros, y ocuparse de ellos de la misma manera que Estados Unidos administró justicia a Bin Laden y a otros muchos terroristas de Al Qaeda. Hacerlo así no socava en nada la causa de la paz ni los esfuerzos por rescatar a unos rehenes que Hamás no tiene intención de liberar.

Netanyahu hace bien en dejar claro -incluso a un buen amigo del Estado judío como Trump- que Israel no aceptará ningún acuerdo que comprometa su seguridad o permita a un grupo genocida como Hamás seguir en condiciones de repetir sus crímenes.

Tanto si Occidente se da cuenta como si no, el ataque a Qatar no sólo reforzó la seguridad de Israel, sino que asestó un golpe a las fuerzas que también amenazan a Estados Unidos y Europa. Qatar no es un aliado fiable. Israel lo es. Por mucho que Trump prefiera creer que el tráfico de influencias de Doha se alinea con sus propias ideas transaccionales sobre las alianzas, cuanto antes se dé cuenta de la forma en que los qataríes están jugando con él en nombre de los asesinos del 7 de Octubre, más racional será la política de Estados Unidos en Oriente Medio.

© JNS