El recinto que quedó detenido en el tiempo:
la Sinagoga Histórica Justo Sierra

La sinagoga no solo conserva parte de la memoria de la comunidad judía en México; también representa el testimonio de una migración que encontró en el país un lugar para comenzar de nuevo.

Entrada principal de la sinagoga, donde se aprecian los trabajos de restauración realizados. Los techos fueron rehabilitados debido a problemas de humedad y se conserva la fachada original. Foto de Andrea Ruiz.

La Ciudad de México guarda rincones que parecen resistirse al paso del tiempo. Entre calles abarrotadas, vendedores y edificios históricos, aún sobreviven sitios capaces de narrar décadas enteras con solo abrir sus puertas. Uno de ellos es la Sinagoga Histórica Justo Sierra, anteriormente conocida como Nidje Israel, ubicada a pocos minutos de la Catedral Metropolitana, en pleno Centro Histórico.

El recinto no solo conserva parte de la memoria de la comunidad judía en México; también representa el testimonio de una migración que encontró en el país un lugar para comenzar de nuevo. De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), hasta 2020 alrededor de 58 mil 756 personas en México practicaban el judaísmo o se identificaban como judías. Aunque se trata de una minoría dentro de la diversidad religiosa nacional, su presencia dejó huella en barrios, tradiciones y espacios como este.

Actualmente existen más de 20 sinagogas en territorio mexicano, pero la de Justo Sierra ocupa un sitio especial dentro de esa historia. Fue la tercera construida en el país y la primera levantada por la comunidad ashkenazí. Inaugurada en 1941, permanece como símbolo de los inmigrantes judíos que comenzaron a llegar a México durante el siglo XX, escapando de guerras, persecuciones y crisis económicas. La mayoría provenía de Polonia, Lituania, Rusia y otros países de Europa Orienta, Medio Oriente y los Balcanes.

Bancas originales de la antigua Sinagoga Nidjei Israel, hoy Sinagoga Histórica Justo Sierra. En la parte superior se observan fotografías de los festejos y reuniones realizados en el salón de eventos. Foto de Andrea Ruiz.

Un espacio para derribar prejuicios

Hoy, aquel edificio que durante décadas permaneció prácticamente abandonado funciona como un centro cultural abierto al público. Para Mónica Unikel, directora del espacio, el objetivo principal consiste en acercar a personas judías y no judías a una parte poco conocida de la historia mexicana.

“Para mí es una enorme oportunidad de dar a conocer y resguardar un espacio de memoria que, para los judíos, es muy importante porque aquí está el origen de la comunidad ashkenazí organizada”, explicó en entrevista con JNS.

Para Unikel, el lugar también representa un vínculo con las raíces de quienes llegaron al país hace más de un siglo. Sin embargo, insiste en que la misión va más allá de la comunidad judía.

“Para mí es muy importante que este sea un espacio donde puedan visitarnos personas no judías, para que conozcan cómo es un espacio judío, nuestra historia y nuestra diversidad”, señaló.

La directora considera que todavía persisten muchos prejuicios alrededor de la identidad judía. Por ello, las actividades culturales buscan mostrar que no existe una sola forma de vivir el judaísmo.

“Mucha gente piensa que ser judío es ser de una sola manera y, con los eventos que ofrecemos, tratamos de mostrar esa diversidad; que no es solo una religión y que tiene distintas maneras de vivirse y experimentarse”.

Conciertos, presentaciones de libros, danza y obras de teatro forman parte de la agenda cultural que se desarrolla dentro del inmueble. Todo con un mismo propósito: generar diálogo.

“Quizá después de entrar a este espacio cambie algún prejuicio o estereotipo. Sobre todo los malos. Es poner un granito de arena en este puente que nos puede conectar entre judíos y no judíos, porque todos somos mexicanos”, añadió.

Vitrales ubicados en la parte superior de la sinagoga, espacio destinado originalmente a las mujeres durante el servicio religioso. Se aprecia la estrella de David y, en los costados, figuras ornamentales. Foto de Andrea Ruiz.

Un recorrido por la memoria

Al entrar, el visitante se encuentra con el alfabeto hebreo plasmado en un mural de cerámica realizado por Raquel Charabeti. La pieza funciona como una bienvenida silenciosa a un recinto donde cada elemento guarda una historia.

Frente a ese mural aparecen fotografías de bodas, quinceaños, bar mitzvás y funerales que retratan la vida cotidiana de las familias que construyeron comunidad en México. Más adelante sobreviven las antiguas bancas utilizadas durante los servicios religiosos. Algunas pertenecieron a la Sinagoga Histórica y otras fueron recuperadas de la sinagoga ubicada en Acapulco 71, dañada tras el sismo de 2017.

Vista interna de la sinagoga, inspirada en la sinagoga de Siauliai, en Lituania. Se observan los murales restaurados y la bimá ubicada al centro; al fondo se encuentra el Arón Hakodesh. . Foto de Andrea Ruiz.

El reto de rescatar un recinto sagrado

Sin embargo, devolverle la vida al inmueble no fue sencillo. Antes de convertirse en un centro cultural, el lugar enfrentó décadas de deterioro.

“Los judíos empezaron a utilizarla desde su inauguración en 1941 y para los años sesenta la mayoría comenzó a mudarse a colonias como Condesa, Portales y Álamos. Poco a poco este lugar empezó a abandonarse”, señala Unikel. Ese abandono dejó huellas visibles dentro del edificio, aunque la estructura principal logró mantenerse en buen estado.

“Uno de los retos, a nivel físico, fue la humedad. Y es un reto al que nos seguiremos enfrentando siempre, porque estamos en la zona del Centro Histórico, que se construyó sobre un lago”, explicó.

La restauración implicó intervenir murales, pisos de madera y distintos elementos originales del recinto. Para la directora, era importante conservar la esencia del lugar. “Muchas otras sinagogas se han remodelado, no restaurado. Aquí la intervención fue muy respetuosa y eso me da mucho orgullo”, afirmó. No obstante, los desafíos no solo fueron materiales. También existió resistencia dentro de algunos sectores religiosos ante la idea de transformar la sinagoga en un espacio cultural.

“A nivel institucional hubo un reto importante, porque una sinagoga es un espacio sagrado y de repente iba a convertirse en algo que ya no sería utilizado para rezar”, comentó. Pese a ello, Unikel defendía la idea de que el valor más importante de una sinagoga no reside únicamente en el edificio. “El espíritu de una sinagoga es su gente y sus libros; el inmueble es lo menos importante”, sostuvo.

La directora explicó que el debate dentro de la comunidad fue intenso y que hubo quienes consideraban que debían mantenerse ciertas reglas tradicionales. “No fue fácil. Había sectores más religiosos que no estaban de acuerdo y decían que debía mantenerse la sacralidad del espacio. Pero al final se entendió que había formas respetuosas de transformarlo”, recordó.

Actualmente, recorrerlo permite observar una restauración cuidadosa que conserva murales, objetos y detalles originales. El lugar funciona como una cápsula de memoria que conecta el presente con la experiencia migratoria de principios del siglo pasado.

Ingreso al salón de fiestas de la Sinagoga. En el espacio se exhiben fotografías de familias judías que celebraron bodas, bar mitzvas, funerales y diversos eventos desde su inauguración en 1941. Las imágenes forman parte de la exposición permanente Reminiscencias: Memoria visual de un espacio entrañable. Crédito: Andrea Ruiz.

La historia de quienes llegaron desde cero

Más allá de su valor arquitectónico, la sinagoga busca preservar las historias de las familias que dejaron atrás su país para comenzar una nueva vida en México.

Ese interés por recuperar la memoria también ha despertado la curiosidad de visitantes nacionales y extranjeros. Unikel señaló que, en los últimos años, el turismo relacionado con la comunidad judía ha crecido junto con el interés internacional por la Ciudad de México.

“México es un boom. Todo el mundo quiere venir a la Ciudad de México por su oferta gastronómica y cultural. Dentro de ese turismo hay mucho turismo judío”, explicó.

Como parte de esa iniciativa, la sinagoga organiza recorridos por el antiguo barrio de inmigrantes judíos, mismos que se pueden consultar en su página de Facebook, Sinagoga Histórica Justo Sierra. “Tenemos seis guías que hablan inglés y todos están capacitados”, comentó.

Pero no solo llegan turistas internacionales. También reciben grupos escolares y visitantes mexicanos interesados en conocer otras religiones y culturas.

“Muchos grupos cristianos se sienten muy identificados con el judaísmo. También vienen escuelas no judías porque tienen materias relacionadas con religiones”, detalló.

Los recorridos guiados por el barrio se realizan el segundo domingo de cada mes. Además, el tercer domingo organizan visitas al interior de la sinagoga para mostrar objetos ceremoniales que suelen despertar gran interés entre quienes no pertenecen a la comunidad judía.

Placa de la Sinagoga Histórica Justo Sierra. Se encuentra en la fachada del antiguo recinto religioso y explica la historia del inmueble y su relevancia en la comunidad judía de la ciudad. Foto de Andrea Ruiz.
Placa de la Sinagoga Histórica Justo Sierra. Se encuentra en la fachada del antiguo recinto religioso y explica la historia del inmueble y su relevancia en la comunidad judía de la ciudad. Foto de Andrea Ruiz.

Las historias entre las paredes

Además de las visitas guiadas, el inmueble mantiene una agenda cultural enfocada en preservar la memoria colectiva de la comunidad.

“Acabamos de inaugurar una exposición de fotografías históricas. Todas las imágenes han sido donadas por las familias y la colección sigue creciendo”, explicó Unikel. La muestra será presentada junto a figuras como Miriam Káiser y el fotógrafo Bob Schalkwijk, quien a sus 93 años continúa siendo reconocido por retratar distintas facetas de México.

La programación también incluye conciertos y actividades gratuitas para el público general. “La gente puede visitar la sinagoga sin recorrido guiado, de domingo a lunes, totalmente gratis”, destacó. Para la directora, la ubicación del recinto permite que el visitante descubra otra cara del Centro Histórico. “Estamos en un lugar muy conveniente para combinarlo con otras joyas del Centro Histórico”, señaló.

La memoria también forma parte de México

Al hablar sobre el Centro Histórico, Unikel lo define como un lugar inagotable. “El Centro Histórico es una caja de secretos que nunca termina”, dijo. Pero más allá de los edificios y las calles antiguas, lo que realmente le interesa preservar son las historias de quienes llegaron sin nada y tuvieron que reconstruir su vida desde cero.

“Me impresionan mucho esas historias de lucha; de personas que llegaron sin conocer el idioma, la comida o a nadie, y aun así lograron abrirse camino”, reflexionó. Para ella, la experiencia migratoria de la comunidad judía también forma parte de la identidad mexicana. “La migración judía en México es parte de México. El país está formado por muchos grupos humanos y preservar esas historias nos ayuda a entender quiénes somos”, afirmó.

Finalmente, aseguró que hablar sobre migración también significa reconocer la diversidad que construyó al país. “El mestizaje mexicano está hecho de múltiples mezclas y eso es lo que nos hace más ricos. Negar esa parte sería negar también una parte de la historia de México”, concluyó.

Andrea García Ruiz es una periodista mexicana de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Colaboró para el portal de noticias estadounidense MundoNOW. Actualmente forma parte del equipo de redes sociales de Publimetro MX.