Eli Sharabi: Prometió volver

De la oscuridad de los túneles y la profundidad del dolor surge el testimonio de un espíritu inquebrantable.

Eli Sharabi en Panamá, 16 de marzo de 2026. Crédito: Eddy Fasano.
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Erguido. Sin titubeos. Y, sobre todo, sonriendo. Así entró Eli Sharabi -uno de los rostros más reconocibles en emerger de los túneles de Hamás- a un auditorio repleto. Llegaron para escuchar su testimonio; salieron inspirados.

Desde la profundidad del dolor y la oscuridad de los túneles, Sharabi ha transformado su historia en algo más que un bestseller. Hatuf -“secuestrado” en hebreo-, es una bitácora que detalla el hambre, la tortura y la incertidumbre, pero también exalta el espíritu humano.

Durante 491 días, se aferró a la vida con una esperanza: reencontrarse con su esposa, Lianne, y sus dos hijas, Noiya y Yahel. Tras su liberación -débil, emaciado-, supo la verdad: las tres habían sido asesinadas.

Pero Eli admite que no sobrevivió solo para ellas, sino para él. Ama la vida, la anhela, y desde el momento en que fue arrebatado de su casa en Kibbutz Beeri y llevado a Gaza, se aferró con todas sus fuerzas.

El 7 de octubre de 2023 empezó para su familia como la de muchas otras: con el alarido de las sirenas temprano en la mañana. Acostumbrados al bombardeo ocasional desde Gaza, se refugiaron en el cuarto seguro. “Media hora después recibimos un mensaje diciendo que era posible que terroristas de Hamás hubieran infiltrado el área”.

Vieron incrédulos videos de lo que estaba aconteciendo en el festival Nova, en Ofakim, y sitios aledaños. Era cuestión de tiempo hasta que el terror llegara a su casa.

“Empezamos a leer mensajes en el grupo de WhatsApp de nuestro kibbutz, especialmente de niños, diciendo que alguien fue asesinado, que alguien le disparó a su mamá, que su casa se estaba quemando… Conocemos a esos niños, conocemos a sus padres. Fue muy difícil leer aquello”, narra.

Cada vez, los mensajes provenían de vecinos más cercanos. Eli y Lianne decidieron que no pondrían resistencia; harían lo posible por proteger a sus hijas.

Cuatro horas después de que sonaron las primeras sirenas, diez terroristas irrumpieron en la casa. “Abrieron la puerta de la habitación segura con facilidad”, recuerda Eli. El perro empezó a ladrar; lo mataron. “No hubo pánico ni llanto, pero había mucho miedo en los ojos de Noiya, Yahel y Lianne”. Esa fue la última vez que las vio, porque momentos después el líder del grupo ordenó que lo sacaran de la casa. “En ese instante entendí que iba a ser secuestrado”, dice. “Giré la cabeza hacia la cocina y les grité “¡Volveré!”.

Desde ahí, Eli supo que haría cualquier cosa por cumplir su promesa.

Eli Sharabi se reúne con su familia tras ser liberado y regresar a Israel, el 8 de febrero de 2025. Crédito: Portavoz de las FDI.

50 metros bajo tierra

En los próximos 491 días, el miedo y las penurias fueron constantes. Vio la muerte de cerca varias veces, pero tocó su punto más bajo en el día 52, cuando lo sacaron del apartamento donde lo tenían, lo llevaron a una mezquita y lo condujeron a una puerta en el piso. “El momento en que la vi abrirse y vi la escalera hacia los túneles fue aterrador. Entendí que iba hacia abajo y no volvería a ver la luz por mucho, mucho tiempo”, relata Eli. “Parecía la tumba perfecta para nosotros”.

Pudiera haberse resistido, pero decidió obedecer y bajar. La capacidad de elegir es un tema que sale a la superficie una y otra vez en su libro. “No elegí ser secuestrado”, explica, “pero siempre supe que podía escoger. Pude no bajar por esa escalera, 50 metros bajo tierra. Probablemente me hubieran disparado. Cada día en cautiverio hubo miles de decisiones que tomar”.

Una de las más importantes fue si iba a tener una buena relación con el resto de los secuestrados y sobrevivir juntos, o salvarse cada uno por su lado.

En los túneles conoció a Elia Cohen, Or Levy y Alon Ohel, todos jóvenes que fueron tomados del festival Nova. Sufrieron muchas humillaciones, terror psicológico, violencia, falta de higiene, y lo peor, hambre. “Estas situaciones trajeron grandes desafíos sobre cómo sobrevivir” detalla Eli, quien a los 51 años, era el mayor del grupo. Les puso una rutina: empezaban el día rezando las plegarias matutinas, luego se ejercitaban, aunque fuera haciendo flexiones y levantando botellas de agua. Y hablaban mucho entre ellos. “Era muy importante que cada uno recordara por qué estábamos sobreviviendo y no perder la esperanza. Había muchas razones para llorar y estar desesperados, pero para mí, eso ya existía. Ahora necesitaba enfocar en el optimismo”.

Eli empezó a empujar al resto del grupo a que agradecieran al menos una cosa buena que les pasó durante el día. “Me miraron como si me hubiera desquiciado”, detalla. “Al principio fue muy difícil; fue un proceso. Pero después de algunas semanas, cada uno empezó a encontrar tres o cuatro cosas buenas que pasaron ese día”.

Para Eli, era claro que, como grupo, como israelíes y judíos, debían mantenerse unidos. En la actualidad se escribe esporádicamente con Or y Elia. Con Alon, quien regresó ocho meses después que él, afirma tener una amistad para toda la vida.

Las Brigadas Al-Qassam de Hamás exhiben a Eli Sharabi en Deir al-Balah, en la Franja de Gaza, antes de entregarlo al Comité Internacional de la Cruz Roja, el 8 de febrero de 2025. Foto: Abed Rahim Khatib/Flash90.

Un camino que no conduce a casa

Eli pesaba solo 44 kilos cuando fue liberado. “Sabía que recuperar mi peso, trabajar en mi cuerpo y hablar con terapeutas, eran cosas que irían sucediendo. En esos momentos, solo quería abrazar a mi familia y amigos”. Al preguntarle si logra conciliar el sueño, admite que está bien, no tiene pesadillas, ni traumas. “Pudieron tocar mi cuerpo, pero no les permití que llegaran a mi alma”.

A pesar de eso, hay cosas que le cuestan. No ha regresado a su casa, y sabe que nunca volverá a vivir en Beeri. Ve la tragedia en cada rincón. Ni siquiera moraría cerca de Gaza: “Ya tuve suficiente”.

El 7 de octubre levantó un vendaval de emociones. “No sé si estaba enojado, pero estaba muy decepcionado de que tal cosa pudiera ocurrirnos”, explica. Se preguntaba, al igual que todos, cómo los terroristas atravesaron la frontera con esa facilidad, invadieron kibbutzim, bases militares, masacraron y secuestaron a tanta gente. “Pero desde entonces, las FDI han luchado contra Hamás, Hezbolá, Irán y los hutíes en Yemen. Nuestros soldados son valientes y estoy orgulloso de ellos”.

Su identidad no fue negociable. “En los últimos meses del cautiverio, estábamos muy hambrientos. Cuando íbamos al baño en la mitad de la noche, los terroristas nos sobornaban. Nos ofrecían comida a cambio de que recitáramos algunas oraciones del Corán, pero nos negamos a hacerlo”.

A pesar de que ninguno de ellos era observante, los cuatro esperaban el viernes para decir el kidush con un vasito de agua. “Solíamos guardar una cuarta parte del pan del día anterior. Imaginar a nuestras familias alrededor de la mesa de Shabat, rezando por nosotros, luchando, llorando, era muy emotivo y nos unió como grupo. Nos dio fuerza y esperanza. Yo no tenía duda de que algún día nos liberarían”.

Ese día finalmente llegó el 8 de febrero de 2025. Menos de un mes después fue invitado como parte de una delegación que visitaría al presidente Trump en la Casa Blanca. Luego pronunció un discurso ante el Consejo de Seguridad de la ONU. “Es muy agradable ir a comunidades judías de todo el mundo, y a lugares en Israel donde todos te apoyan”, relata Eli. “Pero llegar a un lugar que es muy hostil hacia Israel, pronunciar un discurso y sostener las fotos de mi hermano, de mi esposa y de mis hijas, fue muy importante para mí”.

Eli Sharabi en la reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en Nueva York, el 20 de marzo de 2025. Crédito: Evan Schneider/Foto de la ONU.

El salto a escritor

A raíz de eso, se le acercaron personas a sugerirle que escribiera un libro. Le demoró una semana tomar la decisión. Dos meses después, ya estaba publicado en hebreo. Posteriormente fue traducido a 15 idiomas.

Al preguntarle si el proceso de recordar para escribir fue doloroso o sanador, afirma que fue lo segundo. “Escribir el libro, hablar en público o dar entrevistas a los medios es terapéutico para mí. Tal vez es por eso que no tengo PTSD, porque estoy en contacto con ese trauma todo el tiempo”.

Volcarse a la escritura tuvo otro propósito: documentar lo ocurrido, tal como sucedió. “Es parte de la historia de Israel y de los judíos”, afirma, y lo transmite en un lenguaje sencillo, como quien habla con un amigo.

En los primeros días, se vendieron 20 mil ejemplares en Israel. La versión en inglés rápidamente ascendió en la lista de más vendidos de The New York Times. Eli se ha vuelto en una figura reconocida, tanto en Israel, como en el mundo. “Ya no puedo ir a centros comerciales sin que me pidan miles de fotos”, admite. Pero eso no le molesta en lo absoluto. “Créeme, estuve en la peor condición que te puedas imaginar. Los abrazos y el apoyo de la gente es maravilloso”.

Lo que sigue

El 7 de octubre fue un despertar cruel para tantos, que como Eli, vivían en la frontera con Gaza. “Con estas personas, tal como son, nunca podrá haber paz”, manifiesta, refiriéndose a los palestinos. “Les han lavado el cerebro, repiten las mismas consignas todo el tiempo. Tuvimos muchas conversaciones porque hablo árabe, y sin importar el tema, siempre terminaban con dos cosas: que algún día volverían para acabar con los israelíes y, que después de eso, irían por el resto. Creen que la única religión en el mundo debe ser el Islam”.

Pero Eli no se enreda ni en la ira ni en la tristeza. “No encuentro fuerza en eso. Haré lo máximo para estar con mi familia, con mis amigos, para hacer cosas por otras personas, por Israel, para honrar la memoria de mi esposa y de mis hijas, para que estén orgullosas de mí”.

“Créeme, 50 metros bajo tierra, no extrañas nada material, no te importa cuánta plata tienes, qué carro manejas ni de qué tamaño es tu casa. Solo quieres cinco minutos más con tu familia y con tus amigos, y harías lo que sea por tenerlos”.

Los ojos de Eli están puestos en el futuro. Quiere reconstruir, y sabe que lo hará. Su enfoque es admirable. Tiene una fortaleza colosal. Aprendió que la vida puede cambiar en un suspiro, que en un momento puedes estar en la profundidad de un túnel, y al otro, bajo la luz del sol, marchando erguido, hacia adelante. Cada paso un abrazo a lo que viene y a la esperanza que jamás perdió.

Sarita Esses
Sarita Esses Sarita Esses
Sarita Esses, comunicadora social radicada en Panamá.