La impaciencia se transformó en pánico, y el pánico en un dolor profundo e infinito.
La tarde del 19 de julio de 1994 transcurría, para todos, como todas las demás. Los empresarios que abordaron el vuelo 901 en el aeropuerto de France Field, provincia de Colón, estaban apurados por llegar a sus casas, en la ciudad de Panamá. Era un trayecto breve. Cotidiano. El medio de transporte preferido de incontables comerciantes -en su mayoría judíos- que hacían el recorrido a diario entre Colón y la capital.
Los pasajeros del siguiente vuelo no entendían la demora. Hasta que se supo que el Embraer 110 Bandeirante no había llegado a su destino. Minutos después de despegar, la aeronave había explotado en el aire, sus restos dispersos en las faldas del cerro Santa Rita.
Abner Benaim fue uno de los primeros en tratar de llegar al sitio donde se desplomó el avión, como un enorme ave caída del cielo. Su tío, Saúl, era uno de los 21 pasajeros. En ese entonces no había celulares, la información era escasa y la angustia se desbordaba.
“Era como un hermano mayor”, recuerda Benaim, quien trabajaba junto a su tío y mantenía con él una relación muy cercana.
“Caminé, hasta el día de hoy no sé cuánto. Había lluvia, había mucho lodo. Hay quienes me dicen que cruzamos un río; otros dicen que no”, rememora. “Finalmente llegamos a la finca donde cayó el avión. No sé si es un recuerdo real, pero se veía humo en el horizonte”.
La policía ya se encontraba en el sitio y un agente le dijo a Benaim que no podía pasar. “Le contesté que era familiar de uno de los pasajeros y que quería ayudar. Me respondió: ‘No, no, están todos muertos’. Y esa frase se quedó conmigo”.
Abner se dio la vuelta y se fue a la casa de la familia. Cuando empezó a hacer cine, la película ya vivía dentro de él. No había una fecha específica, solo la certeza de que en algún momento contaría esta historia.
La película que tardó décadas
“Hace como siete u ocho años -antes de la pandemia- estaba conversando con una amiga, Ana Karina Smith”, relata. El abuelo de Smith fue otra de las víctimas de ese oscuro día y ella le comentó a Benaim que estaba buscando a alguien que hiciera una película sobre el tema. En ese instante, supo que el momento había llegado.
“Le dije que la quería hacer yo. No sabía a dónde me iba a llevar esa decisión, pero supe instintivamente que tenía que mostrarla desde mi punto de vista”, detalla.
A diferencia de sus producciones previas, este iba a ser un proceso difícil, porque combinaba la investigación con su propia carga emocional.
Tomó ocho años. A lo largo del camino habló con todas las personas que pudo: familiares de las víctimas, ciudadanos de a pie, el gobierno de Panamá, el FBI e incluso el Mossad.
A nivel de información, encontró mucho. Pero algo que le sorprendió durante las entrevistas fue que la mayoría de los familiares quería saber la mayor cantidad posible de detalles sobre ese día.
“Como cineasta, por prudencia, les preguntaba cuánto querían saber. Y me di cuenta de que saber les hace bien. No saber te deja en un limbo emocional, no solo intelectual”, algo que también reitera su psicóloga en la cinta.
En pantalla, Benaim se muestra vulnerable: comparte sesiones con su terapeuta y sus pesadillas, en un intento de llenar lagunas y reconciliar la historia. Trata de poner en palabras asuntos abstractos.
Al preguntarle si sumergirse en este proyecto reabre la herida, responde que no se puede abrir algo que nunca ha cerrado.
“Con el tiempo el dolor cambia. Cada persona tiene su propio proceso. Pero estoy seguro de que nadie ha cerrado ni sanado del todo; eso no existe. Todos viven con alguna sensación de pérdida. No significa que estás ahí todo el día, pero está contigo”.
Sin embargo, aclara que, aunque se trata de procesos abiertos, uno siente que va madurando.
“Compartir con otros familiares de las víctimas es importante porque sientes cierta conexión. Estar en contacto con personas que vivieron lo mismo ayuda a procesar el dolor, la pérdida y el trauma. No es algo con un punto final, pero sí sientes que el dolor va cambiando con el tiempo. Hacer este documental ha sido, para mí, un proceso importante”.
Para el impacto que aquel día tuvo en un país tan pequeño como Panamá, Benaim considera que debe hacerse un mayor esfuerzo por mantener viva la memoria. “Es una cuestión de conciencia, no solo de los familiares y amigos de las víctimas, sino de historia nacional”.
“Si lo comparamos con lo que pasó en la AMIA un día antes en Argentina [cuando un coche bomba destruyó el edificio de la Asociación Mutual Israelita Argentina, dejando un saldo de 85 muertos y más de 300 heridos], lo de Panamá ha sido, digamos, minimizado”.
La normalización del horror
Benaim comenzó buscando respuestas, tratando de entender. Pero en el camino terminó compartiendo memoria.
La producción también funciona como un llamado, un recordatorio y una advertencia sobre la violencia que impera en el mundo.
“La violencia crea dolor, trauma y más problemas, no solo para las víctimas, sino también para las próximas generaciones. Tener eso en cuenta puede ayudar a resolver los conflictos a nivel político e ideológico, sin tener que llegar a más guerras”, manifiesta.
“Nadie quiere perder a su hijo. Nadie quiere perder a su padre ni a su hermano. No importa de dónde eres o cómo fuiste criado; el dolor es el dolor para todos. Ese sería, para mí, el mensaje ideal: que la gente salga pensando ‘ojalá no sigamos generando más traumas como los que vemos en esta película”.
Para Benaim, la exposición constante a tragedias y conflictos también ha generado una peligrosa normalización del sufrimiento humano.
“Si eres una persona sana y pones CNN, la BBC o cualquier resumen de noticias del mundo durante media hora, deberías terminar llorando. Esa sería la reacción normal. En esos 30 minutos te cuentan que mataron a personas en algún lado, que hubo un incendio, un atentado, un tiroteo. Pero hoy lo vemos como si fuera un día más”.
“Estamos tan acostumbrados a la violencia que la consumimos casi como si fuera una película de Hollywood. Murieron 17 personas en Mogadiscio y pareciera no importarle a nadie, a menos que sea tu familia o tus amigos. Ahí es cuando entiendes lo que significa realmente formar parte de eso”.
La película actualmente se encuentra en cartelera en Panamá y además ha participado en festivales internacionales, entre ellos el Jewish Film Festival de Filadelfia. Próximamente se exhibirá en Puerto Rico y Londres, mientras continúan las conversaciones para distribuirla en plataformas y otras regiones.
De manera inesperada, el presunto autor del atentado, Ali Zaki Hage Jalil, fue extraditado para enfrentar la justicia en Panamá, la misma semana en que se estrenó el documental.
“Sí, es rarísimo, porque esto ocurrió hace 31 años y terminó coincidiendo”, comenta Abner. “Cuando empecé a hacer el documental, ni siquiera se había hecho un anuncio sobre él”.
De regreso a la finca
De las incontables horas recogiendo testimonios, hay una historia que sobresale entre todas las demás.
“Cuando fui a entrevistar a la dueña de la finca donde cayó el avión, pensé que me lo iba a contar como una memoria distante. Ella no conocía a ninguna de las víctimas, pero cuando empezamos a hablar se quebró por completo. Empezó a llorar”.
Esa reacción terminó de revelarle a Abner el alcance del trauma.
“Me di cuenta del impacto que tuvo toda esa violencia sobre alguien que estaba completamente alejada del contexto. Una mujer viviendo en una finca llena de verdor, de árboles frutales, rodeada de la belleza de Panamá, cocinando sobre leña, en medio de una tranquilidad absoluta. Y de pronto, ¡pam!, cae un avión con 21 muertos alrededor de ella”.
“Ver cómo reaccionó al recordar esa historia, incluso tantos años después, me hizo entender el impacto que tiene la violencia sobre las personas, aunque no estén directamente relacionadas”.
Y quizás por eso Benaim -quien se describe como soñador y optimista, alguien que contempla el bien como un concepto que se puede anhelar- añora regresar al Panamá de su infancia: un lugar que recuerda casi como una utopía.
“A pesar de la dictadura militar, era un país bastante tranquilo. Tuvimos una vida que se sentía casi perfecta, armónica”. El día del atentado no solo explotó un avión; también explotó esa burbuja, su paraíso tropical.