Hubo un tiempo en el que la discusión pública giraba en torno a hechos. Se podía disentir, y mucho, sobre interpretaciones, valores o soluciones, pero la realidad era un punto de partida común. Hoy eso cambió. Ya no discutimos qué hacer con los datos: discutimos si los datos existen.
Vivimos en la era de la verdad relativa.
No es simplemente una crisis del periodismo ni una consecuencia inevitable de las redes sociales. Es algo más profundo: una cultura que reemplazó la evidencia por la emoción y la coherencia por la conveniencia. Lo verdadero dejó de ser lo verificable para convertirse en lo útil. Y lo útil, casi siempre, es lo que confirma nuestras propias creencias.
La relativización de la verdad no comenzó con un algoritmo, pero encontró en plataformas como X, Instagram y TikTok el terreno perfecto para expandirse. No porque las redes “mientan”, sino porque premian lo impactante por encima de lo comprobable. El incentivo no es tener razón: es tener alcance.
El resultado es un ecosistema donde una opinión fuerte puede pesar más que un dato sólido. Donde una consigna viral puede eclipsar un informe técnico. Donde la desinformación no necesita ser sofisticada; alcanza con que sea emocionalmente eficaz.
En este contexto, el concepto de “posverdad” dejó de ser una categoría académica para convertirse en práctica cotidiana. No se trata de negar frontalmente los hechos, sino de erosionarlos hasta que pierdan fuerza. De sembrar dudas suficientes para que todo parezca opinable.
La verdad relativa es funcional al poder cuando le conviene, pero también a la militancia cuando necesita justificarse. No es patrimonio de un partido ni de una ideología. Es un método. Consiste en transformar cualquier cuestionamiento en “operación”, cualquier crítica en “ataque”, cualquier dato incómodo en “relato adversario”.
Así se construye una burbuja donde la realidad es moldeable y el adversario siempre miente.
El problema no es solo político. Es cultural. Una sociedad que naturaliza que cada uno tenga “su verdad” pierde la capacidad de construir acuerdos básicos. Sin hechos compartidos no hay deliberación democrática posible. Solo hay gritos cruzados.
La era de la verdad relativa también tiene una consecuencia más sutil: el descreimiento generalizado. Cuando todo puede ser falso, todo empieza a parecerlo. La confianza en medios, en instituciones, en estadísticas, incluso en testimonios directos, se erosiona. Y sin confianza, el tejido social se vuelve frágil.
Recuperar la centralidad de los hechos no implica suprimir el debate. Al contrario: lo fortalece. Discutir con datos comunes no elimina la pluralidad; la ordena. Obliga a elevar el nivel. Exige rigor. Y, sobre todo, responsabiliza. Los hechos nunca deberían ser negociables.
La era de la verdad relativa no se revierte con nostalgia ni con moralismo. Se enfrenta con responsabilidad individual y con una ciudadanía que exija evidencia, no consignas. Que premie la coherencia antes que el impacto. Que valore el dato incómodo tanto como el conveniente.
Porque sin un suelo común de hechos, todo se vuelve arena.
Y sobre la arena no se construye nada duradero.