Hay silencios que atruenan. No porque falten palabras, sino porque sobran antecedentes. El silencio de la inmensa mayoría de las instituciones y organizaciones de Derechos Humanos frente a la masacre que el régimen iraní perpetra estos días no es un error de cálculo, ni ingenuidad diplomática. Es coherencia. Una coherencia macabra con una concepción ideológica que hace tiempo dejó de ser universal para convertirse en una herramienta política selectiva.
Mientras usted lee esto, en Irán el Estado no solo reprime; ejecuta. Las grúas levantan cuerpos en las plazas públicas y los hospitales se llenan de bolsas mortuorias con jóvenes cuyo único crimen fue pedir libertad. Sin embargo, los micrófonos que suelen amplificar cualquier denuncia global permanecen apagados. No hay acampadas en las universidades de la Ivy League, no hay hashtags militantes, ni paneles académicos de urgencia explicando la “complejidad del contexto”. Hay un vacío absoluto.
Ese mutismo contrasta de manera obscena con la furia con la que esas mismas organizaciones gritaron “genocidio” en Gaza. Un término inexistente para ese conflicto, una guerra urbana iniciada por una organización terrorista que usa a su propia gente como escudos humanos. Allí no hubo prudencia semántica ni cautela investigativa. Hubo consignas automáticas y condenas prefabricadas.
Callaron ayer con las víctimas de la masacre perpetrada por Hamás, hombres, mujeres, ancianos y bebés arrancados de sus camas, mutilados, violados y arrastrados a los túneles. Callan hoy con las víctimas del régimen asesino iraní de Jamenei.
La pregunta, entonces, no es por qué callan hoy frente a Irán. La pregunta es desde cuándo dejaron de hablar en nombre de los Derechos Humanos para empezar a actuar como relacionistas públicos del terror. Desde cuándo la víctima dejó de importar por su sufrimiento y pasó a ser evaluada por su utilidad política.
La regla no escrita de estas organizaciones parece ser clara: el verdugo es perdonado si se presenta como “antioccidental” o “antiimperialista”. Bajo esta lógica perversa, los Derechos Humanos han dejado de ser universales. Se han vuelto instrumentales.
El régimen iraní no necesita más análisis indulgentes ni tibieza diplomática. Sus víctimas no necesitan el relativismo cultural de Occidente. Necesitan que quienes se arrogan la representación moral del mundo hablen. Y hablen claro.
Porque cuando Amnistía, la ONU o la Cruz Roja eligen a quién defender y a quién ignorar basándose en simpatías ideológicas, dejan de ser guardianes de la dignidad humana y pasan a ser cómplices. Y en ese tránsito, los Derechos Humanos, los verdaderos, quedan huérfanos.