Médicos que odian: la ética rota

Cuando el odio ideológico de los médicos vale más que su juramento de curar.

Dani Lerer
Dani Lerer Dani Lerer
Dani Lerer es politólogo, periodista, analista internacional, experto en estudios de terrorismo y crimen organizado. Activista por la verdad, la memoria y los valores de Occidente.

La medicina es, quizás, la última reserva de confianza absoluta que nos queda como sociedad. Uno se entrega anestesiado, vulnerable, literalmente con la vida en manos de otro, bajo la promesa tácita de que quien sostiene el bisturí o prescribe el tratamiento se rige por una ética superior a cualquier conflicto político, ideológico o tribal.
Esa reserva, sin embargo, está sufriendo una filtración tóxica.

Ya no hablamos de episodios aislados ni de exabruptos marginales. Lo que estamos presenciando es una tendencia global, una metástasis del odio que cruza fronteras y sistemas sanitarios: desde facultades de medicina de élite en Estados Unidos y Europa, hasta guardias hospitalarias en Buenos Aires, Londres o Sídney. El antisemitismo, explícito, violento, deshumanizante, ha comenzado a instalarse en el corazón mismo del sistema de salud.

El caso australiano: la cacería digital

En Australia, el regulador nacional de salud (AHPRA) tuvo que intervenir de urgencia tras descubrirse grupos de WhatsApp y publicaciones en redes sociales de profesionales de la salud que no solo celebraban ataques terroristas, sino que llamaban abiertamente a discriminar pacientes judíos e israelíes.

Uno de los episodios más graves expuso una sinergia perversa entre el activismo radical y la medicina: si bien la difusión masiva de la lista negra con datos de 600 judíos fue encabezada por la activista Clementine Ford, el escándalo reveló que la información se nutrió desde dentro del propio sistema de salud. Médicos y enfermeras, agrupados en colectivos como Health Workers for Palestine, participaron del señalamiento, llegando a sugerir en foros públicos que los pacientes ‘sionistas’ no estarían seguros bajo su cuidado.

No se trató de una crítica política ni de una protesta simbólica: fue la construcción deliberada de un gueto digital dentro de la comunidad científica, donde colegas entregaban a colegas para ser linchados públicamente. Cuando un médico señala a un par o a un paciente por su origen, religión o identidad, no está ejerciendo libertad de expresión. Está firmando el certificado de defunción de su propia carrera ética.

Reino Unido: del chiste “satírico” al odio explícito

En el Reino Unido, la integridad del sistema médico enfrentó una prueba de fuego cuando el General Medical Council (GMC) debió intervenir ante la proliferación de antisemitismo en batas blancas. El caso más paradigmático y perturbador fue el del Dr. Martin Whyte, un pediatra que compartió consignas como “Gas the Jews” (Gaseen a los judíos) y referencias al “Holohoax” (la farsa del Holocausto), para luego intentar justificar su odio bajo el paraguas del “humor negro” y la “sátira política”.

La explicación fue tan insultante como el mensaje mismo.

Porque no existe sátira posible cuando se invoca la maquinaria de un genocidio.

Y mucho menos cuando quien hace el “chiste” es alguien que juró, por principio sagrado, proteger la vida humana sin distinción. El GMC debió enfrentar una realidad incómoda: ese tipo de expresiones son incompatibles con la psiquis de un sanador, aun cuando se realicen fuera del horario laboral o en el anonimato digital. El motivo es simple, brutal y absoluto: ningún paciente vulnerable debería jamás temer que las manos que lo curan sean las mismas que, en la oscuridad de una red social, lo deshumanizan, lo desprecian o lo asocian mentalmente con un enemigo a eliminar.

Bélgica: el antisemitismo escrito en la historia clínica

En Bélgica, el caso rozó lo grotesco. El radiólogo Dr. Qassim Arkawazy, del hospital AZ Zeno, fue suspendido de inmediato luego de que se descubriera una anotación insólita en la historia clínica de una niña judía de 9 años que acudía por una dolencia física común. En el campo destinado a describir el “problema actual”, justo a continuación de la verificación de rutina sobre alergias, el médico escribió: “Sin alergias. Judío (israelí)”.

No fue un error técnico ni una nota al margen irrelevante. Fue un acto consciente de deshumanización médica: la identidad religiosa y nacional de la paciente fue registrada como una condición clínica, una “patología” que debía quedar alertada en el sistema. La gravedad del hecho escaló cuando la investigación reveló que no era un incidente aislado: el profesional difundía activamente caricaturas antisemitas en sus redes sociales, confirmando que la anotación no era un desliz, sino un marcaje ideológico. La historia clínica, el documento más íntimo, protegido y sagrado de un paciente, había sido convertida en una pizarra para el odio.

Argentina: el caso Miqueas Martínez Secchi, una alarma máxima

Pero el caso más inquietante, y reciente, no ocurrió en Europa ni en Oceanía. Ocurrió en Argentina.

Y fue investigado, descubierto y denunciado públicamente por mí, tras lo cual se procedió a realizar una denuncia penal ante la justicia.

En La Plata, el médico residente de terapia intensiva Miqueas Martínez Secchi fue suspendido tras la viralización de mensajes antisemitas de una violencia extrema, que difundía amparado en el anonimato de un seudónimo. Pero no se trataba de consignas genéricas ni de eslóganes militantes: Martínez Secchi describía, con lenguaje técnico y quirúrgico, cómo asesinar judíos. Hablaba de seccionar yugulares y carótidas, utilizando para su odio los mismos conocimientos anatómicos que adquirió para su formación médica.

Ese detalle lo vuelve especialmente grave. No era un ignorante repitiendo consignas vacías.

Era alguien entrenado para mantener con vida a pacientes críticos, aplicando esa misma pericia técnica a la fantasía del asesinato.

Martínez Secchi no escribía solo desde la marginalidad de una red social. Escribía desde un lugar de poder. Desde una posición de confianza institucional. Desde el interior de un sistema que le había entregado acceso irrestricto a cuerpos vulnerables.

El repudio público obligó a las autoridades a suspenderlo y sumariarlo, pero abrió un debate incómodo e inevitable: ¿cómo es posible que alguien con acceso a una terapia intensiva exprese ese nivel de violencia ideológica sin haber sido detectado antes?

La pregunta no es solo qué pensaba. La pregunta es por qué se sintió habilitado a decirlo.

Del feed al consultorio: una toxicidad alarmante

Lo que acabamos de recorrer no es una mera coincidencia geográfica ni una serie de hechos aislados. Desde Melbourne hasta La Plata, pasando por Londres y Bélgica, emerge un patrón global perturbador: la contaminación del espacio médico con el odio político más visceral.

Ya no estamos ante “opiniones privadas” o exabruptos digitales. Estamos ante la ruptura del contrato más sagrado de la civilización: la confianza ciega que un paciente deposita en quien tiene el poder de curarlo, o dañarlo. Cuando un médico utiliza su formación anatómica para describir asesinatos, o su acceso a historias clínicas para marcar identidades, el consultorio deja de ser un santuario y se convierte en una trinchera.

Esto no es discurso abstracto. Es una amenaza directa al principio rector de la medicina: el paciente debe estar a salvo del médico, no temerle. La pregunta que nos dejan estos casos no es solo qué piensan estos individuos en la intimidad de sus conciencias, sino qué está pasando en nuestras instituciones y en el clima social para que se sientan tan impunes, tan protegidos y tan habilitados para hacer público su deseo de muerte.

El juramento hipocrático: del compromiso sagrado al tacho de basura

Hay que decirlo sin eufemismos: estos profesionales han desertado de su juramento. No es una falta administrativa ni un error de comunicación. Es una traición al núcleo moral de la medicina.

Tanto el Juramento Hipocrático como su formulación moderna, la Declaración de Ginebra, son explícitos:

“Prometo solemnemente consagrar mi vida al servicio de la humanidad…
No permitiré que consideraciones de credo, origen étnico, nacionalidad, raza, afiliación política o cualquier otro factor se interpongan entre mis deberes y mi paciente”.

Cuando un residente en La Plata (Argentina) escribe mensajes sobre “cortar yugulares y carótidas a judíos”, o cuando un médico en Londres publica consignas como “gas the jews” y luego lo justifica como “sátira”, ese contrato sagrado queda roto.

El mensaje es brutalmente claro: mi odio ideológico vale más que mi deber de curar.

En ese punto, el médico deja de ser médico. Pasa a ser un comisario político con licencia para operar.

¿Por qué está pasando esto?

No hay una sola causa, sino un combo letal:

1. La deshumanización algorítmica
Las redes sociales han creado cámaras de eco donde el “otro” deja de ser una persona concreta para convertirse en una abstracción política. Para estos médicos, el paciente judío ya no es un individuo vulnerable, sino un símbolo de un “enemigo geopolítico”.

2. La captura institucional
En muchas universidades alrededor de todo el mundo se ha impuesto una lectura binaria del mundo: opresores versus oprimidos. Bajo esa lógica distorsionada, el antisemitismo se disfraza de “justicia social”, y el odio se recicla como activismo moralmente aceptable.

3. La erosión de la autoridad ética
Hospitales, colegios médicos y autoridades académicas han dudado en actuar con firmeza por miedo a ser acusados de censura política. Ese silencio fue interpretado como permiso. La impunidad alimentó la radicalización.

La urgencia de una cuarentena moral

Si permitimos que el odio entre al hospital, nadie está a salvo.
Hoy es el judío. Mañana será cualquier otro grupo que no encaje en la ideología del profesional de turno.

La respuesta no puede ser tibia. Un médico que llama a asesinar, que celebra el terrorismo o que discrimina pacientes por su identidad no puede tener contacto con personas vulnerables, no puede ejercer la medicina. No es un debate sobre opiniones privadas; es una cuestión de seguridad del paciente.

El guardapolvo blanco debe volver a ser un símbolo de neutralidad, ciencia y vida. No el uniforme de una militancia que coquetea con la muerte.

La medicina existe para sanar, no para militar odios ni exportar conflictos ideológicos al quirófano.

Cuando quienes tienen poder sobre la vida cruzan esa línea, no solo ponen en riesgo a pacientes y colegas: normalizan el desprecio en el espacio público, un contagio más peligroso que cualquier bacteria resistente.

Las palabras importan. Las posiciones públicas de quienes nos cuidan importan. Y ningún profesional de la salud debería tener licencia moral para negar atención o incitar al odio contra una comunidad entera.

Si los Estados, los colegios profesionales y las sociedades no actúan con firmeza, el daño no será solo ético. Será real. Será físico. Y será irreversible.