Perú y Colombia ante las urnas: ¿el fracaso que se recicla?

La historia de América Latina está llena de derechas que prometieron orden y entregaron saqueo, e izquierdas que prometieron justicia y construyeron pobreza.

Multitud durante una protesta en Lima, en una muestra de activismo ciudadano. Crédito: Pexels/Álvaro Palacios.
Multitud durante una protesta en Lima, en una muestra de activismo ciudadano. Crédito: Pexels/Álvaro Palacios.
Politólogo, analista internacional, investigador, periodista y columnista en diversos medios de comunicación de Latinoamérica, España e Israel.

La historia se repite: primero como tragedia, luego como farsa. Karl Marx escribió esa frase para enterrar al capitalismo. No imaginó que terminaría describiendo, con precisión casi quirúrgica, a los gobiernos que se alzaron en su nombre.

América Latina vuelve a pararse frente al mismo espejo. No es solo una disyuntiva entre derecha e izquierda: es la pregunta más honda sobre si esta región es capaz de construir instituciones que funcionen o si está condenada a reinventar el desastre cada cierto número de años. Perú y Colombia lo encarnan hoy con precisión.

En Perú, la posible victoria de Keiko Fujimori no sería una simple alternancia. Sería el regreso de un apellido que para sus seguidores evoca orden, crecimiento y mano firme, y para sus detractores, corrupción sistémica y vocación autoritaria. Ese es el peso del fujimorismo: no se puede reducir ni a héroe ni a villano. Lo que sí está claro es que la alternativa -una izquierda radical que revive el espectro de Pedro Castillo- representa exactamente lo que el electorado peruano ya vivió: improvisación, crisis institucional y un país al borde del colapso permanente. Frente a ese horizonte, el apellido Fujimori puede parecer, paradójicamente, el mal menor. Y en política, el mal menor gana elecciones.

Colombia es otro capítulo del mismo libro. Tras años de gobierno de Gustavo Petro, el país hace cuentas: seguridad deteriorada, economía en incertidumbre y una polarización que convirtió cada debate en trinchera. Las próximas elecciones serán, en la práctica, un plebiscito sobre ese legado. La derecha tiene dos voces posibles: Abelardo de la Espriella, con su estilo frontal y su apuesta por la autoridad sin disculpas, y Paloma Valencia, que encarna una visión más técnica e institucional. Distintos temperamentos, mismo diagnóstico.

El problema histórico de la centroderecha colombiana no ha sido nunca la falta de ideas sino la dispersión: la izquierda gana cuando la oposición llega dividida a la línea de llegada. Una candidatura unificada no es una opción estratégica; es una condición de supervivencia.

Del otro lado, figuras como Iván Cepeda representan la continuidad del proyecto actual: paz negociada frente a seguridad coercitiva, Estado expansivo frente a mercado. La discusión es legítima. El problema es que los resultados concretos -más violencia, menos inversión, más retórica- pesan más que las intenciones declaradas.

El contexto regional importa. Un giro a la derecha en Perú y Colombia fortalecería un bloque alineado con Washington y con los principios básicos del libre mercado. Victorias de la izquierda profundizarían la fragmentación continental en un momento en que el mundo exige alianzas coherentes.

Ambos países son piezas demasiado relevantes -Perú en la Alianza del Pacífico, Colombia por su peso estratégico y su frontera con Venezuela- como para tratarlos como experimentos ideológicos.

Por otra parte, hay un ángulo que rara vez aparece en este debate: el impacto sobre las comunidades judías y el vínculo con Israel.

En Colombia, la ruptura diplomática impulsada por Petro no fue un gesto simbólico ni una declaración de principios: fue una señal que atravesó el tejido social y dejó a la comunidad judía en una posición más vulnerable.

El discurso del poder tiene consecuencias hacia adentro. En Perú, la polémica por las declaraciones presidenciales sobre el Holocausto -percibidas como frívolas, cuando no como una distorsión deliberada- añade una dimensión distinta pero igualmente grave. No está en juego solo la política exterior, sino la calidad moral del liderazgo y su efecto directo sobre la memoria histórica y la seguridad de las minorías.

Los dos casos apuntan a lo mismo: la diplomacia y el discurso público funcionan como termómetro de los valores que sostienen -o corroen- una democracia. Cuando lo judío o Israel se instrumentaliza, se banaliza o se convierte en blanco retórico, el extremismo encuentra terreno. Cuando el liderazgo actúa con responsabilidad histórica, se refuerzan la democracia liberal y la protección de quienes más la necesitan.

Dicho esto, las etiquetas no bastan. La historia de América Latina está llena de derechas que prometieron orden y entregaron saqueo, e izquierdas que prometieron justicia y construyeron pobreza. El verdadero indicador no es el color político sino la capacidad de gobernar con resultados: seguridad sin autoritarismo, crecimiento sin exclusión, reformas sin demoler lo poco que funciona.

La región ya no tiene margen para otro ciclo de ilusión y decepción. Los ciudadanos de Perú y Colombia no solo eligen quién gobernará: están decidiendo si sus países pueden ser Estados funcionales o si seguirán viviendo, como lleva décadas haciéndolo este continente, al borde del abismo.