Que Israel empiece y que los iraníes ganen

La estrategia en Medio Oriente no emana de la cultura o los conceptos occidentales, sino del dominio de la manipulación, independientemente del balance de poder.

Aviones de combate F-15 vuelan hacia Irán durante la operación León Ascendente en junio de 2025. Crédito: IDF.
Aviones de combate F-15 vuelan hacia Irán durante la operación León Ascendente en junio de 2025. Crédito: IDF.
David Wurmser
David Wurmser David Wurmser
David Wurmser, Ph.D., especialista en política exterior estadounidense, es miembro del Centro de Seguridad y Asuntos Exteriores de Jerusalén y analista sénior de Asuntos de Medio Oriente en el Centro de Política de Seguridad. Fue asesor en Medio Oriente del exvicepresidente estadounidense Dick Cheney.

El presidente de Estados Unidos Donald Trump ha hecho mucho por estabilizar el Medio Oriente y apoyar Israel, pero al igual que durante la guerra de 12 días entre Irán e Israel en junio de 2025, es imperativo que Israel vuelva a hacer esta operación lo más solo que pueda. No sólo debe iniciarla e ir en primer lugar, sino que también debe seguir siendo el peso pesado y guiarla hasta el final.

En retrospectiva, se puede argumentar que el verano pasado habría sido mejor evitar que la “Operación León Naciente” se convirtiera en la “Operación Martillo de Medianoche”, aunque gestionar la presión estadounidense para intervenir fue complicado. Y sin embargo, si la guerra hubiera requerido una semana más para que Israel la hubiera hecho sola en junio -sin la participación de Estados Unidos-, puede que hubiera sido menos elegante, menos eficiente y más arriesgada, pero probablemente hubiera sido eficaz.

¿Por qué abogar por que Israel inicie la campaña, incluso cuando algunas voces de la derecha estadounidense —cuyo aislacionismo, en ciertos casos, emana cada vez más del antisemitismo— van a argumentar que “Israel empezó esta guerra, quedó atascado y está sobrepasado, así que ahora nosotros debemos involucrarnos”?

Esta mentalidad mal informada es sin duda una pesadilla, pero en estas circunstancias, la fidelidad a la claridad estratégica, que Israel posee, es más importante. La victoria puede llegar a venderse, pero el fracaso estratégico no. Una campaña larga, confusa y aparentemente interminable, estratégicamente a la deriva y que cae en medias tintas periódicas para hacer frente a una amenaza estratégica enconada, no se puede vender.

Entonces, ¿en qué consiste esta claridad estratégica?

Hay que tener en cuenta que las guerras no se ganan sólo con el poder, ni siquiera con el poder unido a las agallas y la fuerza de voluntad, sino con la estrategia. A lo largo de la historia, Occidente ha producido grandes estrategas, pero es innegable que las élites políticas occidentales carecen de expertos en el arte de la estrategia. Aunque abundaran los estrategas, la estrategia empieza y termina con la cultura y la naturaleza política de las ideas que la conforman. Ningún pueblo en el mundo entiende mejor eso -y domina mejor el arte de la estrategia- que los iraníes. Los árabes les siguen de cerca, aunque a gran distancia.

La estrategia en Medio Oriente no emana de conceptos o culturas occidentales recientes, sino del dominio de la manipulación, independientemente del equilibrio de poder. Ninguna acumulación de poder o clara demostración de la voluntad de utilizarlo impresiona a los más estrategas de Medio Oriente. De hecho, la suya es una política en la que la debilidad supera a la fuerza y brutalidad absolutas, como revela el texto político más importante de Oriente Medio, Las mil y una noches.

Sin embargo, el defecto fatal de estos conceptos de estrategia en Medio Oriente es la confianza en la coherencia y la previsibilidad del adversario. Para manipular a un contrincante, hay que saber leerlo. El antídoto para tal manipulación estratégica debe ser mostrar incontrolabilidad. No hay mayor activo estratégico para Israel que haber adquirido en la región la imagen de estar un poco fuera de control -y se puede convertir en un majnoun (que en árabe significa loco, poseído por espíritus o fuera de control). Cultivar la parálisis impuesta al adversario mediante tal imprevisibilidad es imperativo para restaurar el orden regional y establecer una disuasión a largo plazo.

Estados Unidos no es culturalmente experto en este tipo de disimulo y manipulación, ni se siente cómodo con la percepción de que está fuera de control. A los occidentales les resulta foránea esta mentalidad general de Medio Oriente, pero en el caso de Irán y otros islamistas (suníes y chiíes), tampoco pueden comprender la profundidad del mal que los anima.

Estados Unidos una vez lo hizo, pero Hitler y Stalin están demasiado lejos como para haber dejado cicatrices en los estadounidenses más jóvenes. El pueblo estadounidense es, felizmente, demasiado normal para conceptualizar la psicopatía regional que reina, no sólo en Irán, sino en varios otros prominentes actores regionales informados por la ideología islamista y, tristemente, incluso algunas comunidades distorsionadas como los árabes palestinos.

Hasta que las naciones occidentales no experimenten esa mentalidad de forma más generalizada, lo que ocurrirá pronto en Europa y eventualmente en Estados Unidos, no podrán comprender la naturaleza de lo que enfrentan y, por lo tanto, no podrán entender el concepto estratégico necesario para avanzar hacia la victoria y la estabilidad.

De tal forma, es una suerte que Israel exista como el principal, más leal y más capaz aliado estadounidense en la región. Pero Washington debería confiar no sólo en la suerte de contar con un aliado tan fuerte, leal y dispuesto como Israel para hacer el trabajo pesado de todo el mundo civilizado, sino también en el hecho de que este aliado -a través de fracasos, dolor y sangre- ha tatuado en su perspectiva la magnitud de ese mal y, por tanto, lo comprende mejor.

Para ser claros, Israel sigue luchando con este concepto. Ya había cometido graves errores (la mentalidad de “Oslo” de la década de 1990 y los atentados terroristas del 7 de octubre dirigidos por Hamás en 2023) por no comprender la enfermedad de la mentalidad islamista. Porque Israel, al igual que el propio judaísmo, no es una civilización revolucionaria y desestabilizadora. Es introvertida, busca la estabilidad y es reactiva. Sin embargo, Israel está ahora tan chamuscado por el fuego del islamismo que lo entiende a regañadientes... más o menos.

Mientras Israel lidia con la imagen de ser un majnoun, Estados Unidos, como cultura moderna y secular aferrada a una concepción del interés personal y material, es hoy incapaz de comprender la mentalidad apocalíptica islamista y el hecho de que esta solo teme al majnoun. Así pues, sólo Israel tiene la capacidad, al menos parcial, de comprender el camino estratégico necesario.

Por supuesto, incluso si Israel ataca solo, es probable que Irán devuelva el golpe a Estados Unidos. Estados Unidos debe responder, pero en ese momento será imperativo que deje a Israel llevar esto hasta la victoria y no presionar para golpear, detener e intentar negociar un alto el fuego. Washington debe dejar que su aliado gane. Y la victoria significa que no sólo los dirigentes de Irán sientan miedo antes de caer, sino que ese miedo se proyecte a otras amenazas potenciales. Otros que buscan la desaparición de Occidente en la región también deberían temer al Majnoun. Aunque dura, ésa es la realidad con la que uno se enfrenta a los islamistas apocalípticos chiíes y suníes.

Hay otra comunidad que lo entiende bien y que está alineada con Israel y Estados Unidos: el pueblo iraní.

La esperanza yace en el poder de una nación iraní en ascenso, que también ha aprendido amargamente y ahora comprende a través del dolor y la sangre la naturaleza del monstruo al que el mundo debe enfrentarse. Ellos también saben que esto debe llegar hasta el final. Ellos también saben, al igual que los israelíes, que no es posible ningún acuerdo o cese al fuego con ningún elemento de los actuales dirigentes del mal.

Esta guerra debe basarse en el entendimiento de que debe llevarse hasta el final. Y que Israel debe guiar y dar forma a la estrategia para lograr la victoria y sacudir a la región para que entienda que Jerusalén no puede ser manipulada, sino que debe ser respetada e incluso temida. Israel debe iniciar y hacer el trabajo principal tanto en fuerza militar como en concepto estratégico.

En otras palabras, que Israel empiece, y luego que gane él y el pueblo iraní.

©JNS