Hay algo que me preocupa cada vez más.
En los últimos meses he escuchado a periodistas, estudiantes, dirigentes sociales y usuarios muy activos en redes repetir una idea que parece razonable: que el principal riesgo para nuestras democracias es la censura. Entiendo esa preocupación. La libertad de expresión es un valor fundamental y nadie debería tomarla a la ligera.
Sin embargo, después de años trabajando en temas de desinformación, antisemitismo y discurso de odio en distintos países de América Latina, creo que estamos concentrando gran parte de nuestra atención en el problema equivocado.
Hoy no me preocupa tanto la falta de voces. Me preocupa la normalización del odio.
Y lo digo porque lo veo.
Lo veo cuando una teoría conspirativa sobre los judíos circula durante días en redes sociales sin que prácticamente nadie la cuestione. Lo veo cuando mensajes cargados de prejuicios son compartidos miles de veces por personas que jamás se definirían como antisemitas. Lo veo cuando una mentira repetida una y otra vez termina siendo aceptada como una opinión más dentro del debate público.
Es lo que el filósofo Karl Popper definió como la “paradoja de la tolerancia": si una sociedad es tolerante de forma ilimitada, incluso con los intolerantes que desprecian la razón, esa misma sociedad termina siendo destruida por ellos.
La mayoría de las personas asociaba el antisemitismo con grupos extremistas, discursos marginales o símbolos fácilmente reconocibles. Era posible identificar el problema con cierta rapidez. Hoy ya no.
Las formas contemporáneas del antisemitismo suelen ser más ambiguas. Se mezclan con narrativas políticas, con campañas de desinformación, con acusaciones colectivas y con viejos estereotipos reciclados para nuevas audiencias. Muchas veces aparecen envueltas en un lenguaje que parece legítimo. Otras veces se presentan como activismo, análisis o denuncia.
En reuniones con periodistas y especialistas de distintos países de América Latina encuentro una preocupación recurrente: cada vez resulta más difícil distinguir entre una crítica legítima y una narrativa que reproduce prejuicios históricos bajo nuevas formas. No porque las personas sean indiferentes al problema, sino porque el problema ha cambiado.
Por eso me preocupa cuando el debate se reduce a una pregunta demasiado básica: ¿esto es libertad de expresión o es censura?
La realidad es bastante más compleja.
Criticar gobiernos, cuestionar decisiones políticas o expresar desacuerdos forma parte de cualquier sociedad democrática. Nadie debería discutir eso. El problema aparece cuando dejamos de debatir ideas y comenzamos a atribuir características negativas a comunidades enteras, cuando convertimos identidades en culpables colectivos o cuando deshumanizamos a personas por su origen, religión o pertenencia.
Y eso ocurre más de lo que estamos dispuestos a admitir.
Una de las lecciones más importantes que he aprendido trabajando con organizaciones y especialistas de distintos países es que el odio rara vez se presenta diciendo su nombre. Casi nunca llega anunciándose como odio. Llega disfrazado de información exclusiva, de revelación incómoda, de explicación alternativa o de teoría que supuestamente nadie quiere que conozcamos.
Las redes sociales han amplificado este fenómeno de una manera extraordinaria.
No porque hayan creado los prejuicios. Los prejuicios existían mucho antes. Pero las plataformas actuales permiten que una mentira viaje más rápido, llegue más lejos y encuentre nuevas audiencias de manera constante.
Además, existe otro problema del que hablamos poco. Muchas personas siguen buscando las señales del antisemitismo donde las encontraban hace veinte o treinta años. Esperan encontrar consignas explícitas, símbolos extremos o discursos abiertamente discriminatorios. Mientras tanto, pasan por alto formas mucho más sofisticadas y socialmente aceptadas de prejuicio.
Esa desconexión es peligrosa.
Porque cuando una sociedad deja de reconocer el odio, deja también de responder frente a él.
No estoy proponiendo limitar el debate público. Tampoco creo que la solución pase por silenciar opiniones incómodas. De hecho, una democracia sana necesita discusión, desacuerdo y pluralidad.
Lo que sí creo es que necesitamos elevar el nivel de la conversación.
Necesitamos más educación digital. Más pensamiento crítico. Más capacidad para distinguir entre información y manipulación. Más herramientas para identificar cuándo una crítica legítima cruza una línea y se convierte en una narrativa que alimenta prejuicios.
A veces tengo la impresión de que seguimos discutiendo la libertad de expresión como si viviéramos en el ecosistema informativo de hace dos décadas. Pero el mundo cambió. Las plataformas cambiaron. La velocidad de circulación de los mensajes cambió. Y también cambió la manera en que el odio se adapta para sobrevivir.
Por eso creo que la pregunta más urgente de nuestro tiempo no es si debemos proteger la libertad de expresión. Por supuesto que debemos hacerlo.
La pregunta es otra.
¿Somos capaces de reconocer el discurso de odio cuando ya no se parece al discurso de odio que conocíamos?
No estoy segura de que la respuesta sea siempre sí. Y precisamente por eso este debate es tan importante.