Lo que dijo recientemente el presidente del Perú, Raúl Balcázar, al referirse al papel de los judíos en el origen de la Segunda Guerra Mundia, no es una “opinión polémica”. Es la repetición de una de las mentiras más peligrosas de la historia.
Sugerir -aunque sea entre líneas- que los judíos fueron responsables de lo que les ocurrió en la Alemania nazi no es una interpretación alternativa. Es exactamente el argumento que utilizó el régimen de Adolf Hitler para justificar su maquinaria de persecución y exterminio.
No es una coincidencia. Es el mismo discurso. Y conviene recordarlo con claridad, porque parece que hay quienes lo han olvidado.
Los judíos representaban menos del 1% de la población alemana. No controlaban la economía, no llevaron a Alemania a la guerra, no causaron la crisis posterior a la Primera Guerra Mundial.
Alemania estaba devastada, humillada y fracturada por su derrota abrumadora, por el Tratado de Versalles, hiperinflación y crisis interna. Y el nazismo hizo lo que hacen todos los proyectos autoritarios: buscar un culpable.
Eligieron a los judíos.
Construyeron una narrativa de poder oculto, de conspiración, de control. La repitieron hasta convertirla en “sentido común”. Y cuando una sociedad empieza a creer que un grupo entero es responsable de sus problemas, lo que viene después ya no es debate. Es persecución.
El resultado fue el Holocausto: seis millones de judíos asesinados. Por eso no es menor lo que se dice hoy. Porque estas ideas no aparecen de la nada. No son ocurrencias aisladas. Son ecos de discursos que ya demostraron a qué conducen. Y repetirlos, en el mejor de los casos, es una irresponsabilidad grave. En el peor, es complicidad con una narrativa que la historia ya condenó.
No se trata de censurar ni de exagerar. Se trata de entender que hay afirmaciones que no pueden normalizarse como si fueran parte legítima del debate. No todo vale en nombre de la opinión. No todo puede relativizarse.
Hay líneas que existen por una razón.