Mientras los judíos de todo el mundo se preparan para reunirse en la mesa del séder, la Pascua de este año se desarrolla en medio de la guerra y el creciente antisemitismo.
En Israel, las familias relatarán la historia de la liberación mientras se resguardan de misiles y cohetes. En toda la Diáspora, las comunidades judías celebrarán bajo mayores medidas de seguridad y con una mayor conciencia de la amenaza. El antiguo ritual se siente menos lejano y más cercano.
La Pascua judía es una historia de memoria. Pero no es solo memoria. Es reconocimiento.
El relato del Éxodo narra la historia de un pueblo esclavizado y oprimido, pero a la vez decidido y resiliente. El temor del faraón hacia los israelitas -y su decisión de convertirlos en chivos expiatorios y perseguirlos- constituye la expresión más temprana y perdurable del antisemitismo. Los detalles cambian, pero el patrón permanece.
Ese odio se adapta a las circunstancias, se reformula en el lenguaje político y resurge bajo nuevas formas. Hoy se manifiesta en eslóganes, en movimientos que buscan aislar a Israel y en una retórica que traspasa la línea entre la crítica y la incitación.
Por eso, la historia de la Pascua judía sigue vigente a través de los milenios. No describe únicamente un pasado lejano, sino que refleja un patrón que continúa desarrollándose de diferentes formas, en diferentes generaciones, incluida la nuestra.
Este año, ese reconocimiento cobra especial relevancia. Israel sigue inmerso en una confrontación constante con el régimen iraní y sus aliados, enfrentando continuos ataques con misiles y drones mientras intenta debilitar las capacidades militares del régimen.
En este momento, la alianza entre Estados Unidos e Israel resulta indispensable.
Las fuerzas estadounidenses e israelíes operan en estrecha coordinación, atacando objetivos militares y defendiendo a la población civil de ataques continuos. Esta cooperación refleja algo más que intereses compartidos; se basa en un entendimiento común: Irán y sus aliados siguen desestabilizando la región, amenazando a Israel y representando un desafío mayor para los intereses estadounidenses y la seguridad global.
El Éxodo no es solo una historia de liberación. Es una historia de responsabilidad. Un pueblo llamado a actuar, a avanzar en medio de la incertidumbre y a tomar las riendas de su futuro.
Incluso después de las plagas y de la liberación, los israelitas no se sintieron seguros de inmediato. Permanecieron a orillas del Mar Rojo, enfrentando las dudas y obligados a actuar antes de que el desenlace fuera claro. El coraje prevaleció sobre la certeza.
Y el viaje no terminó ahí. La libertad se despliega con el tiempo a través del deambular, la duda, el conflicto y el cambio. Exige disciplina. Exige responsabilidad.
Hoy, el pueblo judío vive en un mundo marcado por la inestabilidad y las amenazas. La seguridad de Israel sigue estando intrínsecamente ligada al bienestar de las comunidades judías en todo el mundo. En todos los continentes, los judíos sufren acoso, intimidación y violencia a niveles impensables hace tan solo unos años. Al mismo tiempo, las divisiones internas ponen a prueba la cohesión que durante tanto tiempo ha sustentado la vida judía.
La Pascua judía no deja lugar para ilusiones sobre la facilidad de la libertad. Nos recuerda que la libertad es frágil, que requiere vigilancia y que se sostiene no con retórica, sino con acciones.
En la mesa del séder, declaramos: “El año que viene en Jerusalén”. Esta frase es una aspiración, pero también una declaración de identidad nacional. Afirma un destino compartido que une a los judíos de Israel y la Diáspora en una sola nación, aunque diversa. Ese vínculo, especialmente ahora, necesita reforzarse.
Si el Éxodo nos enseña algo, es que la supervivencia y la renovación dependen de una combinación de memoria y determinación. Debemos recordar quiénes somos y actuar en consecuencia.
En esta Pascua judía, al rememorar la historia transmitida de generación en generación, debemos resistir la tentación de tratarla como una parábola lejana. Es un texto vivo que nos invita a afrontar las realidades de nuestro tiempo con honestidad y determinación.
El camino de la esclavitud a la libertad nunca termina. Requiere vigilancia, valentía y unidad en cada generación. Esa responsabilidad recae ahora sobre nosotros.