“Las imágenes mostraban a la policía golpeando a personas con porras y reduciendo a otras en el suelo mientras los espectadores los abucheaban”, informó Reuters el 24 de mayo sobre el trato violento de la policía regional vasca a los participantes de la Flotilla Internacional de la Libertad que llegaban al aeropuerto de Bilbao.
El incidente en España no fue el primer episodio en el que los activistas de la flotilla, que participaron en una campaña vinculada a Hamás para romper el bloqueo legal israelí de la Franja de Gaza, sufrieron malos tratos. Días antes, medios de comunicación internacionales informaron ampliamente sobre las burlas del ministro de Seguridad Pública israelí, Itamar Ben-Gvir, hacia los participantes atados antes de su deportación.
Sorprendentemente, los medios de comunicación y el debate público españoles mostraron mucho más interés en la humillación sufrida por el grupo a distancia por parte del ministro israelí que en la violenta bienvenida que la policía vasca brindó a esos mismos activistas en su propio territorio.
Una simple búsqueda en Google en español con los términos “Ben-Gvir” y “flotilla” arroja aproximadamente 431 mil resultados. En cambio, una búsqueda similar con “flotilla” y “Ertzaintza” (la policía regional del País Vasco español) produce muchos menos resultados: aproximadamente 273 mil.
Las imágenes ampliamente difundidas que documentan la violencia ejercida por los agentes locales de la Ertzaintza, quienes golpeaban agresivamente a activistas con porras, no lograron generar el mismo nivel de indignación pública en España que las burlas de Ben-Gvir hacia los detenidos atados a miles de kilómetros de distancia.
Los resultados de los motores de búsqueda ofrecen una métrica bruta y sin calibrar que refleja el volumen en lugar del peso editorial. Pero esta brecha cuantitativa es solo la punta del iceberg, y apunta a una tendencia más profunda e innegable. El ecosistema mediático en español dedica una cobertura desproporcionada y un enfoque sesgado cuando Israel es el tema central.
La discrepancia narrativa es evidente al comparar dos reportajes de la cadena pública española RTVE. El 20 de mayo, un titular decía : “Vídeo de un ministro israelí ultraconservador humillando a activistas de la flotilla provoca indignación internacional”.
Cinco días después, el titular neutral del medio de comunicación español financiado con fondos públicos era: “Activistas de la flotilla gallega critican la actuación de la policía de Ertzaintza a su llegada a España y niegan las provocaciones”.
El contraste era impactante. Cuando la historia se desarrolló en Israel, RTVE aludió a un escándalo moral y a una violación de los derechos fundamentales. El titular recurría a un lenguaje cargado de emotividad: “humillante”, “indignación internacional”. Calificaba al ministro israelí con el término peyorativo “ultra”, mientras presentaba a los activistas como meras víctimas.
Sin embargo, con el cambio de escenario a España, el lenguaje cambió drásticamente. El titular no mencionaba humillación ni indignación, y mucho menos violencia. Los activistas simplemente “criticaron la conducta policial” de naturaleza no especificada. Si bien RTVE había calificado previamente el trato humillante a Ben-Gvir como un atentado contra la dignidad humana, presentó la violencia manifiesta de la policía española como hechos debatibles o ambiguos.
El contraste en las reacciones ante las penurias sufridas por los activistas dentro y fuera de Israel se hizo aún más llamativo cuando surgieron informes de que 10 participantes de la flotilla, entre ellos la periodista y activista española Alicia Armesto, desaparecieron tras su detención en Libia.
Si bien la dinámica de la cobertura informativa en zonas de conflicto como Libia es compleja y opaca, la diferencia en la indignación editorial de los periodistas españoles resulta reveladora. Hubo menos artículos de opinión, menos condenas solemnes y una indignación pública considerablemente menor.
Un ejemplo revelador provino de El País, donde un destacado intelectual español publicó una columna titulada Vejaciones en el mar.
El autor argumentó que Israel había “degradado una vez más el ideal democrático con los abusos y humillaciones infligidos a los miembros de la flotilla de Gaza”. Resultó particularmente llamativo el uso reiterado del término “secuestro” para describir las acciones de Israel, a pesar de que, a diferencia de lo ocurrido en Libia, los activistas detenidos por Israel fueron posteriormente devueltos a sus países de origen.
Como CAMERA ya ha documentado, la aplicación de un doble rasero por parte de los medios españoles con respecto a Israel va más allá de la cobertura de la flotilla. Los reportajes periodísticos españoles suelen calificar a los funcionarios israelíes con términos ideológicos peyorativos como “de extrema derecha”, “ultra” o “extremistas”, ofreciendo así a los lectores un marco interpretativo previo a los hechos.
Por ejemplo, la agencia de noticias española EFE comenzó recientemente un reportaje describiendo al ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich, como “el colono y supremacista judío Bezalel Smotrich”. Que uno esté de acuerdo o no con esa caracterización es irrelevante.
Este tipo de lenguaje se asemeja más a la interpretación política que al periodismo imparcial de una agencia de noticias encargada de proporcionar información objetiva a medios secundarios. Cabe destacar que EFE no suele emitir editoriales similares sobre líderes de organizaciones terroristas.
Como de costumbre, Israel se convierte en la excepción.