El Mundial a la sombra de la guerra

Cuando los juegos continúan y el mundo está en llamas.

A general view of FIFA World Cup 2026 signage at Kansas City Stadium in Kansas City, Miss., on June 8, 2026. Photo by Jay Biggerstaff/Getty Images.
Vista general de la señalización de la 2026 FIFA World Cup en el Kansas City Stadium, en Kansas City, Misuri, el 8 de junio de 2026. Foto: Jay Biggerstaff/Getty Images.
Sagiv Steinberg es el director general del Centro de Jerusalén para la Seguridad y los Asuntos Exteriores.

Hay dos clichés famosos en el fútbol. El primero es que se juega durante 90 minutos y, al final, siempre gana Alemania. El segundo es que no hay guerras durante los Mundiales.

La historia cuenta una historia muy diferente.

Esta afirmación evoca el optimismo global del periodista Thomas L. Friedman, quien a finales de la década de 1990 sostenía que en un mundo con restaurantes McDonald’s, la guerra entre países sería cada vez menos probable. Su “Teoría de los Arcos Dorados” se convirtió en un símbolo de su época: economías colaborativas, clases medias en expansión, cultura de consumo global, hamburguesas y, supuestamente, paz mundial.

Pero, como muchas teorías elegantes, se desmoronó al entrar en contacto con la realidad.

El ejemplo más evidente es el de Rusia y Ucrania: dos países que alguna vez contaron con cientos de restaurantes McDonald’s y que se convirtieron en escenario de una guerra a gran escala en 2022, tras un conflicto que ya había comenzado en 2014. Esta teoría ya se había puesto en entredicho antes, durante la guerra de la OTAN contra Yugoslavia en 1999 y la guerra entre Rusia y Georgia en 2008. La economía y la globalización no detuvieron la guerra; simplemente le proporcionaron un contexto común.

La Copa del Mundo no es diferente.

El 22 de junio de 1986, en el Estadio Azteca de la Ciudad de México, 114,800 espectadores presenciaron un partido que trascendió el fútbol. Argentina se enfrentó a Inglaterra, apenas cuatro años después de la Guerra de las Malvinas, en la que murieron 649 argentinos y 255 británicos.

En el minuto 51, Diego Maradona marcó con la mano lo que se conoció como la “Mano de Dios”. Cuatro minutos después, corrió casi 60 metros, esquivó a cinco jugadores ingleses y anotó el “Gol del Siglo”. Argentina ganó 2-1.

Tras el partido, Maradona dijo que era “una pequeña venganza” por lo que le habían hecho a Argentina durante la guerra. No hizo falta dar más explicaciones. Todo el mundo entendió el mensaje.

El Mundial de 1998 fue escenario de un momento que hoy parece casi irreal. En Lyon, Estados Unidos se enfrentó a Irán, 18 años después de la crisis de los rehenes y tras años de hostilidad, cánticos de “Muerte a Estados Unidos” y referencias al “Gran Satán”. Los jugadores iraníes se acercaron a sus rivales estadounidenses y les entregaron flores blancas. Ambos equipos posaron para una fotografía conjunta. El entonces presidente Bill Clinton habló de un pequeño paso hacia la reconciliación.

Irán ganó 2-1. Tras el partido, el defensa estadounidense Jeff Agoos declaró: “Hicimos más en 90 minutos que los políticos en 20 años”.

Fue conmovedor. También fue breve.

El fútbol es un reflejo de lo que sucede a nivel internacional: dividido, cargado de tensiones, tribalismo y crueldad.

En 2022, en Qatar, ambos equipos volvieron a enfrentarse, esta vez en el contexto de las protestas de Mahsa Amini y la violenta represión del régimen iraní. Los jugadores iraníes guardaron silencio durante su himno nacional. Las flores blancas quedaron en el olvido. Estados Unidos ganó 1-0.

Para los israelíes, el vínculo entre el fútbol y la guerra no es cosa del pasado. Es una realidad recurrente.

El Mundial de 1982 se inauguró siete días después de la invasión israelí de Líbano. Muchos israelíes conocen la absurda escena de la película de 1991 “Final de Copa”, en la que un soldado de la reserva israelí y sus captores palestinos se encuentran en medio de la Primera Guerra de Líbano, unidos únicamente por su pasión por la final del Mundial de 1982.

Resulta difícil imaginar una imagen más impactante de la irracionalidad de la realidad israelí. Afuera, se libra una guerra por fronteras y supervivencia. Adentro, frente a una pantalla parpadeante, enemigos acérrimos comparten momentos de alegría, emoción y decepción durante un partido de fútbol. El fútbol se convierte, por un instante, en el último refugio de humanidad en un lugar donde la humanidad misma está siendo aniquilada. El verdadero juego se disputa en el campo. La guerra, siempre, carece de reglas.

En 2014, el fútbol y la guerra volvieron a encontrarse. La inolvidable final entre Alemania y Brasil tuvo lugar el mismo día en que comenzó la “Operación Margen Protector”, mientras sonaban las sirenas en Israel y se lanzaban cohetes desde Gaza.

Los juegos no acaban con las guerras

De cara a 2026, la cuestión israelí se vuelve aún más apremiante. La presión para suspender a Israel de los marcos internacionales, incluido el fútbol, ya no es marginal. Para Israel, la participación en torneos internacionales no es solo una cuestión deportiva. Es una cuestión de prestigio internacional, presión diplomática, legitimidad y la capacidad de seguir compitiendo como un país normal en un mundo anormal.

A veces, el efecto del juego funciona a la inversa. No es la guerra la que entra en el fútbol, sino el fútbol la que provoca.

En 1969, Honduras y El Salvador se enfrentaron en las eliminatorias para el Mundial de 1970. Ambos países ya sufrían profundas tensiones por la inmigración, la tierra, la pobreza y el nacionalismo. El partido fue la chispa que encendió la mecha. La violencia en las gradas se trasladó a las calles, y de las calles a la frontera. El 14 de julio de 1969, El Salvador invadió Honduras.

La guerra duró aproximadamente 100 horas y terminó con unos 6 mil muertos. La historia la recuerda como la “Guerra del Fútbol”. Es difícil imaginar un nombre más apropiado.

La FIFA se presenta como una fuerza unificadora, por encima de la política. La historia demuestra lo contrario. El fútbol puede generar momentos únicos de humanidad: una flor blanca, una fotografía compartida, una sonrisa entre rivales, 90 minutos en los que dos pueblos se miran no a través de la mira de un rifle, sino a través de un juego.

Pero en la mayoría de los casos, no se trata de una evasión del mundo. Es un reflejo del mundo: dividido, tenso, tribal y cruel. A veces, incluso se convierte en la chispa que enciende el fuego.

En 2026, 22 jugadores saltarán al campo. La verdadera pregunta no será solo quién levanta el trofeo, sino qué batallas se librarán junto a ellos.

Porque en nuestro mundo, incluso cuando la guerra está en marcha, nunca termina del todo.