Las redes sociales son campos de batalla. Un terreno fértil para discusiones, donde millones de paladines del teclado pelean con personas que jamás conocerán.
Soy una de ellas. No porque lo disfrute, sino porque hay algo que me importa: la verdad.
Pero incluso cuando solo me asomo en los comentarios en calidad de turista, hay una frase que destaca, porque revela cómo, cuando no hay argumentos, los prejuicios terminan ocupando su lugar.
“Ustedes siempre haciéndose las víctimas”. “Paren de victimizarse”. O para quienes discuten haciendo acopio del mínimo esfuerzo, un sticker: “Victim card denied”.
La ironía es que pocas acusaciones son tan incompatibles con la historia del pueblo judío como esta.
Sí, hemos sido víctimas. De pogromos, persecuciones, expulsiones e intentos de genocidio; genocidios de verdad. Estos sucesos no viven en un pasado lejano, siguen siendo parte de nuestra realidad. Esto no es una opinión debatible. Son hechos documentados que se pueden sustentar. Pero ser víctima no es lo mismo que victimizarse. Sí, tenemos buena memoria, y nos comprometemos a no olvidar. Pero tener claro lo que ha sucedido, no es sinónimo de instalarse en esa identidad.
A pesar de ello, a lo largo de su historia, hay una constante: el pueblo judío se ha caracterizado por levantarse y continuar.
Durante siglos, los judíos vivieron dispersos por el mundo. Cada expulsión significaba empezar de nuevo. Y empezar de nuevo, una y otra vez, terminó enseñándoles a adaptarse y a invertir en aquello que nadie les pudiera quitar: el conocimiento.
Economistas e historiadores como Maristella Botticini y Zvi Eckstein sostienen que esa apuesta temprana por la alfabetización y la educación ayudó a moldear al pueblo judío. Con el tiempo, muchas comunidades desarrollaron una presencia significativa en profesiones como la medicina, el derecho y el comercio.
No es casual que, siendo apenas el 0.2 % de la población mundial, alrededor del 22% de los premios Nobel han sido otorgados a judíos o descendientes de ellos.
La necesidad constante de empezar de nuevo y buscar soluciones, muchas veces perseguidos y marginados, terminó convirtiendo la adaptación en una de las grandes fortalezas del pueblo judío.
Acusar a los judíos de explotar su sufrimiento para obtener ventajas morales no solo es históricamente inexacto. Es ignorar que, una y otra vez, respondieron a las tragedias construyendo encima de ellas.
Por eso sacar el sticker de “Victim card denied” es una enorme osadía, porque existen víctimas y existe el victimismo. El problema es acusar de lo segundo a quienes, simplemente, se niegan a olvidar lo primero.