Ver los Premios de la Academia solía ser un placer sencillo. Las estrellas de cine recibían estatuillas, agradecían a sus agentes, a Dios y, ocasionalmente, recordaban agradecer a sus padres.
Ahora los Óscar se han convertido en otra cosa: un seminario improvisado de política exterior dirigido por personas cuya experiencia profesional consiste en fingir ser alguien más.
La ceremonia de este año siguió el guion ya conocido. El comediante Conan O’Brien, anfitrión de esta edición, recordó a los espectadores que estos son “tiempos muy caóticos y aterradores”. Más tarde, el también comediante y presentador Jimmy Kimmel apareció para presentar la categoría de documental y bromeó sobre la valentía y la libertad de expresión, diciendo que hay países que no la permiten: “Corea del Norte y CBS”.
El público rió. Las redes sociales aprobaron. Otra noche de comentarios morales de Hollywood estaba en marcha.
La pregunta es por qué los Premios de la Academia se han convertido en un escenario para pronunciamientos geopolíticos.
Guerra. Elecciones. Cambio climático. Israel. Gaza. Irán.
Cada año los temas cambian ligeramente, pero el tono sigue siendo el mismo: una mezcla de certeza moral y una notable falta de profundidad. Los conflictos más complejos del mundo se reducen a frases diseñadas para el aplauso que duran lo mismo que un tráiler de cine.
Hollywood siempre ha creído en el poder de las historias. Las historias requieren héroes, villanos y finales satisfactorios.
La vida real rara vez coopera. La guerra no es un guion. No se resuelve en dos horas con música creciente y un montaje final. Implica decisiones en las que lo que está en juego se mide en vidas perdidas y familias destrozadas.
Esa realidad rara vez se reconoce desde el escenario de los Óscar. En Hollywood, la valentía a menudo se define como pronunciar una frase políticamente de moda ante una audiencia que aprueba, vestida con esmoquin y vestidos de diseñador.
Pero la valentía real es muy diferente. A veces es un periodista informando desde un campo de batalla. A veces es un soldado defendiendo a su país. A veces es un padre que perdió a un hijo en un ataque terrorista y aun así insiste en que la justicia importa.
Hace treinta y un años, mi hija Alisa fue asesinada en un atentado terrorista patrocinado por la República Islámica de Irán. Ese día no hubo alfombra roja, ni frases para aplausos, ni monólogos ingeniosos sobre “tiempos caóticos”. Solo hubo la brutal realidad del terrorismo y sus consecuencias de por vida para las familias que quedan atrás.
Esas experiencias rara vez se traducen en el humor de las entregas de premios. Tampoco encajan fácilmente en las narrativas que muchas celebridades prefieren cuando hablan de Israel y Medio Oriente.
Más tarde en la noche, el actor Javier Bardem, conocido actualmente por “F1, la película”, subió al escenario para presentar el premio a la Mejor Película Internacional y declaró: “No a la guerra —y Palestina libre”. Llevaba un pin que decía: “No a la guerra”. (Dudo que alguna vez se puso una cinta amarilla).
La frase recibió aplausos, como suele ocurrir en Hollywood. Pero también reveló el problema de fondo. Se invocó la guerra, pero no la guerra que Hamas inició el 7 de octubre de 2023. Bardem habló como celebridad, pero también como español, en un momento en que el gobierno de España ha sido uno de los críticos europeos más vocales de Israel, prestando comparativamente poca atención al terrorismo que desencadenó el conflicto actual.
En cuestión de segundos sobre el escenario, uno de los conflictos más complejos del mundo se redujo a un eslogan.
Desde hace años, la industria del entretenimiento ha mostrado una notable disposición a pronunciarse sobre el conflicto israelí-palestino con gran confianza y muy poca comprensión. Los eslóganes cambian según el momento, pero el patrón es el mismo: una historia compleja reducida a una simple narrativa moral.
La ironía es que muchas de las personas que pronuncian estas frases trabajan en una profesión basada en guiones escritos por otros. Sin embargo, en la noche de los Óscar, de repente se convierten en autoridades sobre las cuestiones geopolíticas más difíciles del mundo.
El cine, en su mejor versión, puede iluminar la condición humana. Puede ayudar al público a comprender la complejidad moral y las consecuencias de las decisiones humanas. Pero cuando los Premios de la Academia se convierten en un foro de geopolítica de celebridades, ocurre otra cosa.
Los temas serios se convierten en utilería de una actuación. El aplauso es real. La profundidad, a menudo, no.
Y en algún lugar, lejos de Hollywood —en lugares donde las guerras realmente se libran y el terrorismo realmente cobra vidas—, quienes viven esas realidades conocen la diferencia.