Opinión

No permitamos que la teología política nos divida.
Aunque los dos Estados del Golfo, de mayoría musulmana, han sido históricamente aliados cercanos basados en intereses y adversarios compartidos, en los últimos años han experimentado una creciente competencia estratégica.
El reconocimiento por parte de Israel de tales derechos en Jordania podría cambiar elementos del debate internacional y cuestionar algunos supuestos predominantes en los movimientos políticos progresistas.
El orden exige la derrota no sólo de una fuerza armada, sino de la ideología y las estructuras de poder que la sustentaban.
Los países tienden a caer en patrones de comportamiento asfixiantes. Trump sacude el viejo sistema y hace que los líderes se enfrenten al mundo tal y como es.
La comunidad sólo crece realmente cuando hay momentos visibles y cotidianos en medio del campus que dicen: estamos aquí, y no nos escondemos.
Entre otras críticas, el sitio web JusticeInfo.Net ha señalado que los jueces del tribunal han “desatado múltiples controversias sobre su moralidad, integridad o independencia”.
Esta política va más allá de la campaña original de “máxima presión” y funciona en cambio como un asedio económico dirigido directamente a la capacidad del régimen para financiar la represión.
“Los sionistas” utilizan el dinero, el poder, los medios de comunicación, los bancos e incluso el clima para lograr el control global. Todo lo malo que ocurre es por su culpa.
El mundo no ha visto un levantamiento de esta magnitud en la República Islámica, al menos no en tiempos contemporáneos. La población se mantiene desafiante y continúa saliendo a las calles.
A primera vista, podría parecer que el sionismo está condenado. Pero esta advertencia sombría es una falsa alarma.
En lugar de intentar asimilarse o contribuir a la prosperidad y el bienestar de Europa, pretenden imponer la ley islámica a toda la sociedad, primero pacíficamente y luego mediante la violencia.