Elecciones en Colombia: El voto del hartazgo

Para la audiencia internacional -y en particular para quienes siguen de cerca la proyección exterior del gobierno Petro- estas elecciones tienen una dimensión que no puede ignorarse.

Una bandera del candidato presidencial colombiano Abelardo de la Espriella, del movimiento Salvadores de la Patria, y una bandera de Israel aparecen mientras simpatizantes celebran los primeros resultados de las encuestas a boca de urna de las elecciones presidenciales en Barranquilla, Colombia, el 31 de mayo de 2026. Foto: Rodrigo Buendía/AFP vía Getty Images.
Una bandera del candidato presidencial colombiano Abelardo de la Espriella, del movimiento Salvadores de la Patria, y una bandera de Israel aparecen mientras simpatizantes celebran los primeros resultados de las encuestas a boca de urna de las elecciones presidenciales en Barranquilla, Colombia, el 31 de mayo de 2026. Foto: Rodrigo Buendía/AFP vía Getty Images.
Politólogo, analista internacional, investigador, periodista y columnista en diversos medios de comunicación de Latinoamérica, España e Israel.

No hubo euforia en los centros de votación. No hubo la energía de quien deposita una esperanza. Los colombianos que acudieron a las urnas este domingo 31 de mayo lo hicieron con la mandíbula apretada, movidos por algo más primitivo y más poderoso que la ilusión: el hartazgo. Más de 41 millones de ciudadanos estuvieron habilitados para votar en una elección que, desde el principio, fue mucho más que la elección de un sucesor para Gustavo Petro. Fue un plebiscito sobre cuatro años de gobierno que prometió transformación histórica y entregó, según sus críticos, más violencia, estancamiento económico y debilitamiento institucional.

Las urnas abrieron a las 8:00 a.m. y cerraron a las 4:00 p.m., con más de 118 mil mesas instaladas en todo el territorio nacional. El registrador Hernán Penagos, al cerrar las urnas, destacó que la participación de este año superó a la de comicios anteriores, en lo que podría convertirse en uno de los procesos electorales presidenciales con mayor concurrencia en la historia reciente del país.

El resultado fue contundente y sin sorpresas de fondo: habrá segunda vuelta. Con el 99.7% de las mesas informadas, Abelardo de la Espriella obtuvo 10,342,932 votos, es decir, el 43.73% de la votación. Iván Cepeda se ubicó segundo con 9,677,533 votos, equivalente al 40.91%. La diferencia entre ambos ronda los 665 mil sufragios. Ambos candidatos superaron la votación que obtuvo Gustavo Petro en la primera vuelta de 2022. Colombia volverá a las urnas el 21 de junio.

El desglose completo de los resultados dibuja un mapa político revelador. Paloma Valencia, candidata del Centro Democrático, obtuvo el 6.92% con más de 1.6 millones de votos. Detrás quedó Sergio Fajardo con el 4.25% y cerca de un millón de sufragios. Claudia López, que apostó por reagrupar al centro político con su Consulta de las Soluciones, apenas alcanzó el 0.94%. Más de 400 mil colombianos votaron en blanco. El centro, en suma, no existió. El país votó en dos grandes bloques irreconciliables: el que quiere continuar el cambio y el que quiere frenarlo.

La derrota de Paloma Valencia tiene implicaciones inmediatas. Minutos después de conocerse los resultados, la candidata del Centro Democrático anunció su respaldo a De la Espriella para la segunda vuelta: “La mujer que quería ser su presidenta anuncia su apoyo al doctor Abelardo de la Espriella e invito a que derrotemos a Cepeda”, afirmó acompañada de su fórmula vicepresidencial Juan Daniel Oviedo. Álvaro Uribe hizo lo propio poco después. Cambio Radical también expresó su apoyo a De la Espriella. La derecha cierra filas. De la Espriella, conocido como “El Tigre”, agradeció a los colombianos que “respondieron al rugido” y aseguró que en 21 días su campaña “hará historia”. Fajardo, por su parte, llegó a su sede de campaña acompañado de figuras como la excanciller María Ángela Holguín, el exministro José Antonio Ocampo y el exsenador Jorge Robledo, donde sus seguidores celebraron haber superado el millón de votos. 

La seguridad fue el tema dominante de la campaña. La política de “Paz Total” -que buscaba negociar simultáneamente con todos los actores armados- es percibida hoy por gran parte de la población como un experimento fallido que fortaleció a las disidencias de las FARC, al ELN y al Clan del Golfo. Homicidios, extorsiones y control territorial han aumentado en varias regiones. El eslogan se convirtió en epitafio. A ello se suma el deterioro económico: crecimiento estancado, desempleo juvenil disparado, inflación que castiga a la clase media e inversión privada que retrocede ante la incertidumbre jurídica. El discurso de “el pueblo contra las élites”, efectivo en 2022, ha perdido combustible ante una ciudadanía que exige soluciones prácticas, no narrativa confrontacional.

Para la audiencia internacional -y en particular para quienes siguen de cerca la proyección exterior del gobierno Petro- estas elecciones tienen una dimensión que no puede ignorarse. La abrupta ruptura diplomática con Israel, decretada por Bogotá en medio del conflicto en Gaza, ha sido una de las decisiones de política exterior más criticadas de esta administración. Alejarse de una democracia aliada para acercarse retóricamente a Teherán y Caracas no es solo un gesto ideológico: es una reconfiguración de coordenadas con consecuencias reales para la credibilidad de Colombia en el mundo. Washington, Bruselas y Jerusalén observaron estos comicios con atención. Lo que vieron fue un electorado que, en su mayoría, no comparte el aventurismo diplomático de su presidente.

Por su parte, ka comunidad judía colombiana, históricamente discreta en sus preferencias electorales, observó esta jornada con atención inusual. La ruptura con Israel no fue un dato abstracto para miles de familias con vínculos reales con el Estado hebreo. Su peso numérico puede ser modesto, pero su capacidad de articulación en redes empresariales y cívicas no lo es. Un eventual gobierno de De la Espriella abre la posibilidad concreta de restablecer relaciones con Jerusalén. Para la comunidad judía, eso no es un detalle menor.

El 21 de junio, Colombia elegirá entre dos visiones irreconciliables. Lo que está claro, después de este domingo, es que el país no quiere más de lo mismo. La pregunta que queda no es si Petro escuchó el mensaje. Es si todavía le importa.