El hecho de que la República Islámica de Irán, haya puesto en su punto de mira a los Estados árabes del Golfo, incluida Arabia Saudita como parte de la respuesta al inmenso poderío militar desplegado contra ellos por las fuerzas combinadas de Estados Unidos e Israel, ha llevado a Arabia Saudita a buscar nuevas alianzas.
La mala experiencia de Riad con la administración Biden convenció al reino de la necesidad de diversificar sus alianzas y depender menos de Estados Unidos. Sus preocupaciones aumentaron a raíz de los contundentes actuaciones de Israel contra Hezbolá, Hamás, los hutíes e Irán, lo que los impulsó a buscar un equilibrio de poder regional. Arabia Saudita comenzó por forjar una alianza con Pakistán, que se inició en septiembre con la firma del Acuerdo Estratégico de Defensa Mutua (SMDA, por sus siglas en inglés).
La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán impulsó a Recep Tayyip Erdoğan, presidente de Turquía, a buscar un pacto de seguridad que incluyera a Arabia Saudita, Pakistán y Egipto. Este pacto, en esencia, crea un acuerdo entre musulmanes sunitas con una población combinada de 500 millones de personas.
La alianza con Pakistán, la única potencia nuclear musulmana, proporciona a Turquía (gobernada por Erdoğan), Egipto y Arabia Saudita -todos países no nucleares- un paraguas nuclear. La primera reunión formal de los ministros de Asuntos Exteriores de estos cuatro países tuvo lugar el 19 de marzo en Riad, en el marco de la Organización para la Cooperación Islámica. Según se informó, esta fue la primera vez que los cuatro países mantuvieron un diálogo conjunto sobre cooperación en materia de seguridad.
La intención aparente de la SMDA sería servir como plataforma de seguridad que permitiera una mayor cooperación en la industria de defensa y en asuntos de defensa en general. En otras palabras, buscaría desarrollar su propio armamento en lugar de depender de Estados Unidos.
La iniciativa surgió en medio de intensas tensiones regionales, en particular la guerra en curso entre Irán y la coalición estadounidense-israelí, y la amenaza de una mayor escalada. Las conversaciones se centraron en combinar la influencia regional, la cooperación en defensa y la colaboración industrial para abordar los desafíos de seguridad comunes, sin imitar la estructura de la OTAN. Como dice el refrán, Erdoğan “quiere bailar en varias bodas al mismo tiempo”.
Desea afianzarse en la OTAN, de la que es el único participante musulmán, pero quiere, aún más, impulsar el poder y la influencia musulmana en la región de Medio Oriente y más allá.
Islamabad utilizaría el pacto previsto como palanca de presión contra India y, al mismo tiempo, se beneficiaría de la generosidad saudí para impulsar su economía. De manera similar, Egipto busca ayuda financiera saudí para fortalecer su economía en declive y financiar los esfuerzos de El Cairo por reforzar sus fuerzas armadas para contrarrestar a Israel, al que considera su principal enemigo, a pesar del tratado de paz de 1979.
En la reunión de marzo a la que asistieron los cuatro ministros de Asuntos Exteriores, el ministro turco, Hakan Fidan, afirmó: “En principio, debemos reconocer esto: o nos unimos y aprendemos a resolver nuestros propios problemas, o vendrá una potencia externa e impondrá soluciones que sirvan a sus propios intereses o no hará nada mientras impide que otros actúen”. Con ello, insinuaba que Estados Unidos o Israel son esas potencias.
Erdoğan y Fidan no carecen de fervor antisemita y antiisraelí. Ankara ha descrito repetidamente a Israel como el principal instigador de la guerra con Irán. En una declaración conjunta tras la reunión en Riad, formularon acusaciones sobre la “política expansionista de Israel en el Líbano”.
Irónicamente, históricamente, estos cuatro socios han mantenido una relación tensa. Si bien Arabia Saudita y Pakistán han tenido una relación relativamente cercana, Arabia Saudita y Turquía mantuvieron una relación conflictiva tras el asesinato del periodista del Washington Post, Jamal Khashoggi, en Estambul, Turquía, en octubre de 2018. Crítico de la familia real saudí y del príncipe heredero Mohammad Bin Salman, Khashoggi fue asesinado por un sicario saudí. Erdoğan acusó a Bin Salman de haber instigado el asesinato. Los saudíes, por su parte, consideraban a Erdoğan y a su régimen promotores de la Hermandad Musulmana.
El Cairo tiene un historial de rivalidad y conflicto con Estambul desde que Mohammad Ali tomó el poder en Egipto y rompió sus lazos con la antigua soberanía del país, la corte otomana. Arabia Saudita y Egipto se enfrentaron en Yemen mediante fuerzas interpuestas entre 1962 y 1970. Ese conflicto mantuvo ocupados a 60 mil soldados egipcios durante la crucial Guerra de los Seis Días de 1967. La llegada de Abdel Fattah el-Sisi a la presidencia de Egipto, tras derrocar al presidente de la Hermandad Musulmana, Mohammad Morsi, en julio de 2013, allanó el camino para estrechar las relaciones entre El Cairo y Riad.
En Medio Oriente, sin embargo, las alianzas pueden cambiar fácilmente, como observó el primer ministro británico Lord Palmerston en 1848: “No tenemos aliados eternos ni enemigos perpetuos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos, y es nuestro deber defenderlos”.
¿Cómo afectaría este pacto musulmán-sunita, similar a la OTAN, a los intereses de Estados Unidos en la región?
Para empezar, reduciría la capacidad de influencia de EE. UU. en la configuración de la política de seguridad del Golfo. En segundo lugar, aumentaría la competencia en los mercados de defensa e inteligencia. Estados Unidos vende miles de millones de dólares en armamento a Arabia Saudita y a los demás socios del pacto.
De ahora en adelante, Turquía buscaría reemplazar a Washington como proveedor de armas mediante una importante inversión financiera de Arabia Saudita en la industria de defensa de Ankara. Por su parte, Estados Unidos tendría que reajustar sus alianzas en la región y forjar una sólida alianza de defensa con Israel, los Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Kuwait, Chipre y Grecia (Israel firmó un plan trilateral de cooperación militar en 2026 con Grecia y Chipre) y, quizás, con India.
En resumen, la materialización de este pacto entre Turquía, Arabia Saudita, Pakistán y Egipto pondría en entredicho la influencia estadounidense en la región, crearía un rival comercial e incluso podría llegar a incluir a los adversarios de Estados Unidos, China y Rusia.
Para Israel, este pacto musulmán-suní representará una amenaza directa a su libertad de tomar represalias contra sus adversarios. Siria, en particular, se convertiría en un escenario de conflicto. Además, protegidos por el paraguas nuclear de Pakistán, Egipto y Turquía tendrían mayor probabilidad de enfrentarse militarmente con Israel.