Sara Weinstein Miranda no tenía planeado viajar a la Amazonía.
Cuando Dalia Pupkin Kleiman le escribió para preguntarle si su hermana había participado en un voluntariado médico en esa zona, Sara ni siquiera conocía el proyecto al que Dalia se refería. Su hermana sí había vivido una experiencia similar años antes y desde entonces no había dejado de contarle lo importante que había sido.
Dalia ya tenía el viaje prácticamente armado. Sara decidió sumarse a último minuto, sin saber demasiado qué encontraría. Solo tenía una certeza: tendría la posibilidad de ayudar.
Detrás de esa decisión había algo más. Para Sara, estudiante de Medicina y exalumna del Instituto Hebreo, el viaje representaba una oportunidad poco habitual de unir su vocación con los valores religiosos con los que había crecido. Una oportunidad de juntar Tikun Olam (concepto judío de “reparar el mundo”) con su vocación en salud.
Dalia, en cambio, llevaba tiempo esperando el momento. Desde el colegio había participado en distintas iniciativas de voluntariado, pero sentía que le faltaban herramientas para ayudar de una manera más concreta. Después de varios años estudiando Medicina, creyó que finalmente tenía algo que entregar. Buscando en internet encontró la posta, tomó contacto con quienes habían participado de su creación y comenzó a abrirse el camino hacia la Amazonía.
Pero antes de viajar entendieron algo fundamental: para que su ayuda fuera realmente útil, necesitaban llevar recursos.
Pidieron a familiares, amigos y conocidos medicamentos e insumos médicos que pudieran donar. También solicitaron aportes económicos para comprar suplementos nutricionales en el lugar. La respuesta superó lo que esperaban. Llegaron donaciones incluso de compañeros del Instituto Hebreo de sus padres, personas cuya única relación con ellas era saber que eran dos jóvenes judías intentando hacer una mitzvá.
La comunidad se fue sumando casi de manera silenciosa, aporte tras aporte. Con ese dinero pudieron comprar en la Amazonía, entre otros productos, Ensure, un suplemento nutricional especialmente requerido en las comunidades que visitaron, donde la anemia era una realidad frecuente. Lo que comenzó como el viaje de dos estudiantes terminó convirtiéndose, de alguna manera, en una misión colectiva.
La posta a la que llegaron en julio de 2026 forma parte de Amazon Garden, un proyecto sin fines de lucro impulsado por Úrsula y Juan Miguel, quienes sostienen este espacio de atención para comunidades aisladas.
El aterrizaje en esa nueva realidad fue inmediato.
Tras llegar y dormir apenas unas tres horas, Sara y Dalia se cambiaron y fueron directamente a trabajar. Ese día coincidieron con estudiantes españoles y participaron en una campaña de salud. En una sola mañana atendieron a más de 50 pacientes.
No hubo tiempo para pensar demasiado.
Había que escuchar, examinar y tratar.
La realidad estaba muy lejos de la que conocían en Chile. Algunas personas no tenían agua ni electricidad en sus casas. Para una persona que necesitaba insulina, incluso conseguir el medicamento en Iquitos, la ciudad más cercana, no solucionaba necesariamente el problema: podía no existir un lugar adecuado para conservarlo.
La medicina, además, funcionaba bajo otras reglas.
No había exámenes de laboratorio, imágenes ni señal de internet. Sara tuvo que volver a algo que muchas veces queda detrás de la tecnología: mirar al paciente, escuchar sus síntomas, observar su contexto y confiar en los conocimientos adquiridos. Dalia descubrió que muchas de las soluciones aprendidas en los libros debían adaptarse a un lugar donde los recursos eran mínimos.
Y entonces ocurrió algo inesperado: ellas también comenzaron a aprender de quienes habían ido a ayudar.
Antes de llegar a la posta, muchos pacientes consultaban al chamán de su comunidad y utilizaban preparados de plantas. Para Dalia, conocer esa dimensión de la medicina fue revelador. No se trataba simplemente de reemplazar una práctica por otra, sino de comprender que esas comunidades habían desarrollado sus propias maneras de cuidar la salud a partir de lo que tenían a su alrededor.
Pero quizás lo que más las transformó no ocurrió dentro de la consulta.
Ocurrió entre las personas.
Dalia todavía recuerda a un niño que pasó toda una tarde emocionado por mostrarle el enorme tobogán que había construido con su padre para compartir con otros niños. Ella imaginó algo parecido a un parque de Disney.
Cuando llegó, encontró un largo camino de barro que terminaba en el río.
El niño estaba feliz.
La escena quedó dando vueltas en su cabeza. ¿Era feliz porque no conocía los grandes parques de diversiones o porque sabía apreciar profundamente lo que tenía? Esa pregunta terminó acompañándola de regreso a Chile.
Sara se llevó otra imagen: los niños de las comunidades jugando durante el día, rodeados de naturaleza y tradiciones. Por momentos sintió que ella misma volvía a ser niña, descubriendo una forma de infancia mucho más sencilla y conectada con el lugar donde vivían.
Y en medio de esa selva hubo espacio también para algo que ambas habían llevado desde Chile: su judaísmo.
Cada día usaron un Maguén David grande y visible. También llevaron velas para celebrar Shabat y lo hicieron en el mismo espacio donde comían trabajadores y turistas. Algunos, sorprendidos y curiosos, quisieron participar. Ellas les contaron sobre sus tradiciones.
Para Sara, era una manera de representar a su comunidad desde las acciones. “Vivir el judaísmo de manera activa, hacer judaísmo”, explica. Para ella, Tikun Olam significa levantarse de la comodidad y acercarse a personas que uno ni siquiera conoce para intentar ayudar.
Dalia sintió algo parecido. Estar en un lugar donde algunas personas nunca habían conocido a un judío hizo que su identidad adquiriera una dimensión distinta. Descubrió que ser judía también significaba llevar esos valores consigo, incluso lejos de cualquier comunidad conocida.
Una noche, ambas se internaron en el río para escuchar la selva. Dalia recuerda el sonido como algo impresionante. Era el mismo ruido que había estado allí todos los días, pero solo cuando se detuvieron a contemplarlo pudieron realmente escucharlo.
Algo parecido ocurrió con ellas.
Fueron a entregar conocimientos y tiempo. Pero detrás viajaron también sus familias, sus amigos y una comunidad que decidió convertir dos jóvenes con ganas de ayudar en un pequeño movimiento solidario.
Regresaron con una nueva mirada sobre la medicina, sobre la felicidad y sobre lo que significa estar disponible para otro ser humano.
Sara volvió convencida de que quiere ser una doctora que no solo pregunte qué le duele a un paciente, sino también qué necesita para poder vivir plenamente. Dalia entendió que la buena medicina exige conocimiento, pero también criterio, escucha y capacidad de adaptarse.
Estas dos jóvenes judías chilenas llegaron hasta el corazón de la Amazonía buscando una manera de ayudar.
Llevaron medicamentos, suplementos, insumos, tiempo y conocimientos. Lo que comenzó como la iniciativa de dos jóvenes terminó convirtiéndose en el esfuerzo de toda una comunidad.
Porque a veces Tikun Olam comienza así: dos personas que deciden salir de su comodidad para ayudar a un desconocido. Y muchas otras que deciden sumarse.