Hace más de tres mil años nació una lengua destinada a acompañar la historia del pueblo judío desde la antigüedad hasta nuestros días. El hebreo fue la lengua en la que se redactaron gran parte de la Biblia hebrea, la Mishná y buena parte de la literatura rabínica. Durante cerca de 17 siglos dejó de ser lengua materna de uso cotidiano, pero nunca desapareció: permaneció viva en la oración, el estudio y la creación intelectual judía.
A finales del siglo XIX, el movimiento sionista impulsó un proceso sin precedentes en la historia de la lingüística moderna al convertir nuevamente aquella lengua ancestral en el idioma nacional de una sociedad moderna. Hoy el hebreo es la lengua materna de millones de israelíes y uno de los pilares de la identidad del Estado de Israel, un renacimiento considerado por numerosos especialistas como uno de los mayores logros culturales de la era contemporánea.
Pocos han estudiado ese fenómeno con tanta profundidad como Reuven “Ruvik” Rosenthal, escritor, lingüista, autor de 33 libros, creador de algunos de los principales diccionarios del hebreo moderno y expresidente de la Asociación Israelí de Lengua y Sociedad.
En una entrevista cara a cara habló de su historia familiar, de los años del kibutz, de la pérdida de su hermano durante la Guerra de Yom Kipur, y de una tesis que sostiene con firmeza: el hebreo no volvió a la vida por azar ni por un milagro, sino gracias al proyecto nacional del sionismo.
‘Una forma de vida extraordinaria’
Rosenthal proviene de una familia de inmigrantes alemanes que no llegó a Israel como unidad. Su padre emigró en 1933, durante la Quinta Aliá, acompañado entonces por su primera esposa y una hija pequeña; su madre llegó poco después, por su cuenta. Se conocieron en Tel Aviv en 1944, dentro de un círculo conocido como los Comunistas Hebreos, una corriente de izquierda que, con los años, fue asimilando la idea de una identidad nacional israelí. En 1950 ocurrió el hecho que marcaría toda su vida: en la misma semana murió su padre de cáncer y nació su hermano menor. Su madre quedó viuda muy joven, no volvió a casarse y vivió hasta los 91 años.
Ese hermano murió después, durante la Guerra de Yom Kipur, y esa pérdida, sigue siendo, medio siglo más tarde, la experiencia más dolorosa de su vida. Tras su muerte, Rosenthal publicó un libro con los escritos del propio hermano, que terminó convirtiéndose en una obra de referencia para toda una generación de israelíes, y más adelante escribió tres libros sobre el duelo. Uno de ellos, La familia Beaufort (Mishpahat Beaufort), dedicado a las familias que perdieron a sus hijos durante la guerra del Líbano, tuvo una enorme acogida en Israel.
Antes que lingüista, Rosenthal se considera ante todo escritor -escribe, dice, desde los diez años-. A los 23 fue nombrado editor del semanario nacional del movimiento kibutziano, un cargo poco común para alguien tan joven, y vivió durante muchos años en un kibutz, en una época en que no existían salarios individuales: todos trabajaban para la comunidad y cada persona recibía según sus necesidades, “Una forma de vida extraordinaria”, recuerda. La privatización de los años ochenta cambió buena parte de ese modelo, aunque hoy observa que numerosas familias jóvenes vuelven a sentirse atraídas por la vida comunitaria. Del Israel de las décadas de 1960 y 1970 -gobernado principalmente por la centroizquierda y la izquierda- guarda el recuerdo de una enorme confianza en el proyecto nacional y, probablemente, también de cierta ingenuidad. Desde entonces, dice, el país ha cambiado profundamente: cambiaron los valores, las generaciones y la sociedad, transformaciones naturales en una nación que todavía sigue escribiendo su historia.
El renacimiento del hebreo
Su interés por el hebreo nació de un amor por el lenguaje que la escuela, admite, no supo cultivar. A los 30 años ingresó a la universidad a estudiar Filosofía y Lengua Hebrea, y allí descubrió la lingüística como disciplina científica. “Jamás imaginé que terminaría desarrollando una carrera académica”, dice. “Fue algo que ocurrió casi por casualidad”.
Esa carrera tardía culminó con un doctorado obtenido ya a los setenta años, después de décadas de escritura y de una maestría, y con su elección como presidente de la Asociación Israelí de Lengua y Sociedad. Pocos países, sostiene, ofrecen un campo de estudio tan fascinante para la sociolingüística como Israel: en un territorio de apenas diez millones de habitantes conviven personas llegadas de prácticamente todas las regiones del mundo, se escuchan decenas de idiomas y coexisten comunidades judías religiosas, seculares, ultraortodoxas, árabes, drusas y muchas otras. Esa diversidad, explica, influye continuamente sobre el hebreo y convierte al país en un laboratorio extraordinario para observar cómo evolucionan las lenguas.
Sobre la historia del hebreo mismo, Rosenthal no encuentra comparación posible. Nacido hace aproximadamente tres mil quinientos años, fue la lengua de la Biblia, de la Mishná y del Talmud, y más tarde de una inmensa tradición literaria y religiosa. Sin embargo, durante cerca de mil setecientos años dejó de hablarse en la vida cotidiana. Nunca murió: continuó siendo la lengua de la oración, del estudio y de la literatura judía, un hecho, subraya, sin equivalente en la historia de las lenguas. En ese renacimiento, el papel de Eliezer Ben Yehuda fue, para Rosenthal, absolutamente decisivo. Antes del sionismo ya existían intelectuales de la Haskalá que escribían en hebreo, pero nadie imaginaba realmente que pudiera volver a hablarse. Ben Yehuda comprendió algo fundamental: si el pueblo de la Biblia regresaba a la Tierra de la Biblia, debía hablar la lengua de la Biblia. Aun así, insiste Rosenthal, el renacimiento del hebreo no fue obra de un solo hombre, sino del proyecto nacional del sionismo, que hizo posible convertir esa idea en realidad.
Incluso Theodor Herzl dudaba de que el hebreo pudiera cumplir ese papel: pensaba inicialmente que el alemán podría convertirse en la lengua nacional, mientras otros defendían el yidis. Pero los inmigrantes llegaban hablando alemán, ruso, yidis, árabe y muchos otros idiomas, y era indispensable una lengua común capaz de unir a toda la sociedad. Fue finalmente el hebreo el que hizo posible esa unidad, consolidada sobre todo a través de la educación: los niños fueron la primera generación que lo aprendió como lengua materna, y después llegaron las escuelas, los periódicos, las universidades, los teatros y una vida pública desarrollada enteramente en hebreo. Entre 1880 y 1920, aproximadamente, tuvo lugar el gran renacimiento de la lengua, un proceso que, tras la Primera Guerra Mundial, adquirió un impulso extraordinario.
Mucho más que una lengua
Rosenthal utiliza además el concepto de “hebreo israelí”, acuñado por el lingüista Haim Rosén para describir el hebreo vivo que hablan diariamente los israelíes. Muchos creen que sus transformaciones deterioran el idioma; como lingüista, él piensa exactamente lo contrario. Las lenguas cambian, explica, precisamente porque están vivas: existen procesos internos, como la tendencia humana a simplificar el lenguaje, y también influyen la tecnología, la inmigración, el contacto con otras lenguas y los cambios sociales. El hebreo, además, posee una enorme capacidad para crear nuevas palabras gracias a su estructura semítica -"incluso mi nieto pequeño inventa palabras nuevas siguiendo las reglas internas del idioma”, cuenta-, prueba, para él, de que el hebreo continúa plenamente vivo.
Después de toda una vida dedicada a estudiarlo, Rosenthal resumió lo que el hebreo representa para él: mucho más que una lengua. Es el hilo que conecta la Biblia, la literatura rabínica, la cultura judía y el Israel contemporáneo, y su renacimiento constituye, en sus palabras, uno de los mayores logros culturales del movimiento sionista y uno de los fenómenos lingüísticos más extraordinarios de la historia de la humanidad.