Ninguno de los candidatos obtuvo una victoria clara en las elecciones del martes, lo que hizo que los observadores se mostraran reticentes a extraer un mensaje dominante de los resultados.
Sin embargo, en algo coinciden: los israelíes confían en su sistema, como lo demuestra una participación del 77.7%, la más alta desde 1999.
“Fue un voto de confianza en la democracia. Cuando la gente siente que su voto no significa nada, no vota”, le dijo a JNS Ilana Shpaizman, profesora titular del Departamento de Estudios Políticos de la Universidad Bar Ilan, en Ramat Gan.
La mayor sorpresa fue el voto árabe, con una participación del 80%, que les aseguró a los partidos árabes un récord de 19 escaños en la Knéset, con el 85% de los votos escrutados.
“Los árabes tenían 15 escaños en 2020, pero eso no se consideraba importante porque no se esperaba que formaran parte de una coalición de gobierno. Ahora todos hablan de si los árabes pueden formar parte del gobierno. Creo que esto cambia las reglas del juego. Es un discurso nuevo que antes no existía”, sostuvo Shpaizman.
En la misma línea, Sharona Zablodovsky, integrante del Foro Dvorah, un grupo de mujeres expertas en relaciones exteriores y seguridad nacional, consideró que la alta participación árabe muestra que esos votantes lograron unirse pese a sus desacuerdos internos.
“Algunos votantes también lo ven como una oportunidad para expresar una agenda claramente antisionista”, afirmó Zablodovsky.
Según Zablodovsky, el ministro de Seguridad Nacional Itamar Ben Gvir, de Otzmá Yehudit, que endureció la lucha contra la construcción ilegal árabe y las condiciones de los presos árabes, actuó como un “catalizador” que movilizó el voto árabe.
“Su mayor participación puede haber sido una reacción a esas medidas”, afirmó.
Shpaizman coincidió en que el voto árabe fue, en parte, un voto de protesta contra Ben Gvir.
¿Un referéndum sobre Netanyahu?
El propio primer ministro israelí Benjamin Netanyahu fue un tema central, según Zablodovsky, aunque “para el público judío se trató de mucho más que Bibi sí o Bibi no. También se trató de percepciones de seguridad y de objetivos políticos”.
La oposición puso a Netanyahu en el centro de su campaña y prometió hacer todo lo posible para desplazarlo.
De hecho, Gadi Eisenkot, líder de Yashar, que se encamina a obtener 21 escaños y a convertirse en el mayor partido opositor, afirmó que formaría un gobierno en minoría si no alcanzaba los 61 escaños necesarios en el Parlamento de 120 miembros.
Aunque era un escenario improbable, transmitía el mensaje de que Eisenkot no trabajaría con Netanyahu ni le permitiría seguir al frente de un gobierno de transición.
“La izquierda se centró sobre todo en el mensaje de ‘Cualquiera menos Netanyahu’. En la práctica, sin embargo, su mensaje sobre qué haría realmente mejor no fue lo bastante claro ni convincente. Muchas figuras nuevas entraron en la arena política por la izquierda, pero el público todavía no las conoce”, afirmó Zablodovsky.
Todo indica que la estrategia de la oposición fracasó.
“Hay una clara expresión de confianza en Netanyahu por parte de un amplio sector del público israelí. Fue elegido con la mayoría de los votos y lidera el partido más grande. La izquierda está perdiendo apoyo público, sobre todo porque una parte de la sociedad israelí cambió su postura política después del 7 de octubre”, sostuvo Zablodovsky.
Ese voto de confianza en Netanyahu implica, presumiblemente, un respaldo paralelo a la continuidad de la guerra contra Irán y sus aliados.
“Netanyahu busca una victoria decisiva y el desmantelamiento de las capacidades nucleares de Irán para eliminar una amenaza existencial para Israel y, de forma indirecta, ayudar a proteger al mundo occidental. En cambio, la oposición transmitió mensajes a favor de contener a un Irán con armas nucleares y expresó su disposición a aliarse con sectores del electorado árabe cuya agenda se asocia con Hamás”, afirmó Zablodovsky.
Por eso, si Netanyahu forma el próximo gobierno, “es probable que continúen las operaciones militares a gran escala”, según Zablodovsky.
Shpaizman, por su parte, tuvo una mirada más cínica sobre las advertencias de campaña de Netanyahu, entre ellas la publicación de una imagen generada con inteligencia artificial de un hongo nuclear que envolvía Tel Aviv.
“El Likud mandó autos a las ciudades del Likud diciendo cosas como ‘Va a haber una guerra. Vamos a morir. Así que voten a Netanyahu’. No sé si funcionó”, afirmó.
Por otro lado, la oposición también hizo del reclutamiento de los haredíes un tema central.
Los judíos haredíes, o ultraortodoxos, consideran que el servicio militar los aparta del estudio y temen que quienes sean reclutados se alejen de la religión, aunque con la guerra en Gaza creció la presión pública para que asuman una mayor parte de la carga militar.
Como consecuencia, al menos un partido ultraortodoxo pagó el costo en las urnas, ya que Shas, que no solo atrae a haredíes sino también a judíos sefaradíes, perdió apoyo en zonas que se consideraban sus bastiones.
Según explicó Shpaizman, esos votantes mandan a sus hijos al ejército y no ven con buenos ojos que los estudiantes de yeshivá ultraortodoxos no sirvan.
Shas se encaminaba a obtener seis escaños, frente a 11 en 2022.
Durante muchos años, los partidos jaredíes fueron uno de los socios de coalición más constantes de Netanyahu, pero ¿podrían pasarse a la oposición, dado su enojo con Netanyahu por no haber aprobado una ley de reclutamiento haredí?
Según Shpaizman, sería difícil, porque la oposición los presentó como ilegítimos por su rechazo al servicio militar.
“Ahora la gran pregunta es quién es más ilegítimo: los árabes o los haredíes”, planteó.
Zablodovsky, en cambio, prefirió no aventurar cómo terminará todo.
“Es demasiado pronto para decir qué pasará, porque todavía quedan alrededor de medio millón de votos por contar, así que tenemos que esperar los resultados finales”, afirmó.