Tengo una cualidad que fácilmente se convierte en un problema: necesito entender. Las cosas que pasan. El mundo en el que vivo. Comprender la lógica que explica incluso aquello con lo que no estoy de acuerdo.
Pero cuando veo la rapidez con la que el antisemitismo se propaga por el mundo, la lupa gigantesca con la que se inspecciona y critica todo lo que tiene que ver con Israel y la facilidad con la que una buena tajada del mundo consume las falacias más absurdas, siento una frustración enorme, porque no entiendo nada.
Una y otra vez trato de asimilar un drama que a veces parece una farsa.
Algunos ejemplos de cosas que no entiendo: cómo dos cineastas israelíes pueden crear una basura de documental como Naza. No entiendo qué clase de cabezas huecas pueden aplaudir semejante despropósito durante 25 minutos. No entiendo a quienes niegan el vínculo del pueblo judío con la tierra de Israel cuando, literalmente, cada piedra y cada esquina dan testimonio de su historia y su presencia. No entiendo a los paladines de la justicia que critican -con justa razón- a los judíos extremistas que escupen a monjas en Jerusalén, pero se quedan callados cuando en otros países persiguen y asesinan a cristianos. No entiendo cómo tantos ciudadanos europeos pueden ser virulentamente antisemitas mientras sus propias ciudades están siendo arrasadas por el mismo flagelo radical que Israel intenta derrotar. Y ni hablar de quienes siguen creyendo a quienes vociferan “genocidio” mientras descartan cualquier hecho que contradiga ese relato.
Tampoco entiendo cómo un país que inventó el riego por goteo todavía no ha descubierto cómo hacer una fila, pero eso no viene al caso.
Aprender requiere varios pasos: adquirir información, procesarla y, finalmente, incorporarla a nuestra forma de pensar. Es así como logramos una comprensión de quiénes somos, dónde estamos y el mundo que nos rodea.
Pero cuando las cosas que ocurren no tienen sentido, poco a poco nuestra interpretación del mundo colapsa.
En estos asuntos estaba cavilando hace unos días cuando me topé en las noticias con el caso de Lindsay Clancy, la mujer que admitió haber estrangulado a sus tres pequeños hijos. En una sociedad normal, una noticia así sería recibida con horror, dolor y rechazo. Sin embargo, un grupo considerable de mujeres ha volcado su compasión sobre ella, en vez de sobre sus víctimas: los niños que debió haber nutrido y protegido.
Me alarma, ¿pero verdaderamente me extraña?
Hace apenas un año vimos a personas burlarse públicamente del asesinato de Charlie Kirk.
Karmelo Anthony mató a Austin Metcalf, un joven de 17 años, durante una competencia escolar de atletismo. Mientras una familia enterraba a su hijo, cientos de miles de dólares fueron recaudados para apoyar al responsable de su muerte.
Y después está Ceuta, que aún me tiene perpleja. Más de 70 mil personas cruzaron irregularmente desde Marruecos hacia territorio español en cuestión de días, desbordando una ciudad de apenas 84 mil habitantes. A pesar de los muertos, la violencia y las agresiones sexuales, todavía hay quienes reducen la crisis a personas que solo buscan un futuro mejor. ¿Y el futuro de los españoles qué?
Historias distintas en lugares distintos. Sin embargo, cuanto más lo pienso, más evidente me resulta algo.
La realidad se ha vuelto negociable. Lo obvio necesita explicación y lo absurdo exige respeto. Los hechos importan cada vez menos frente al relato que cada quien decide creer.
A diferencia de las ecuaciones matemáticas o los complicados teoremas que tanto me costaba entender en la escuela, estos enigmas son asuntos que ningún erudito de la vida me puede explicar. Una ola de locura ha embestido el mundo y nos está revolcando a todos.
Tengo pruebas y no me quedan dudas. El problema no es solamente el antisemitismo.
Quizá el mundo no ha perdido la razón únicamente cuando se trata de Israel. Quizá simplemente ha perdido la razón.
Y, de pronto, todo empieza a tener un poco más de sentido.
Me reconforta, pero me deprime a la vez.
Estamos todos locos aquí.