De Balfour a Irán: el pueblo judío nunca más confiará su destino a otros

La Declaración Balfour puso de manifiesto el poder del reconocimiento internacional y el peligro de confiar en promesas que otros quizá no cumplan.

Lord Arthur James Balfour with Chaim Weizmann
Lord Arthur Balfour en la Palestina bajo mandato británico, junto a Vera y Chaim Weizmann (sentados, a la izquierda), Nahum Sokolow y otras personas, en 1925. Crédito: Avital Efrat, vía Wikimedia Commons.
Shimon Refaeli is deputy head of the Institute for Security Policy at the Israel Defense and Security Forum (IDSF), and the host of the podcast “Journey Through Ideas.” From 2023 to 2025, he served as a policy assistant to Ron Dermer, Israel’s minister of strategic affairs.

El 2 de noviembre se cumple el 109º aniversario de la Declaración Balfour, uno de los momentos decisivos en la historia del pueblo judío y su renacimiento nacional.

En este mismo día de 1917, en plena Primera Guerra Mundial, el ministro de Asuntos Exteriores británico, Lord Arthur James Balfour, firmó una breve carta dirigida a Lord Rothschild. La carta contenía una frase que cambiaría el curso de la historia judía: “El Gobierno de Su Majestad ve con buenos ojos el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío”.

Por primera vez en la era moderna, una potencia mundial reconocía la aspiración nacional del pueblo judío de regresar y restablecer su hogar en la tierra de sus antepasados. Tras casi 2 mil años de exilio, persecución, expulsiones y pogromos, la antigua esperanza judía comenzó a plasmarse en forma de política internacional.

Pero para comprender la magnitud de este momento, debemos entender lo que la Declaración Balfour no fue. No fue la concesión de una patria a un pueblo sin raíces. No fue la invención de una nueva nación. Y, desde luego, no fue el comienzo del vínculo del pueblo judío con la Tierra de Israel.

El pueblo judío no nació en 1917. Jerusalén era su capital miles de años antes de que naciera Balfour. Hebrón, Belén, Silo y Galilea formaban parte de la historia judía mucho antes de que existiera el Imperio Británico. Durante generaciones, los judíos rezaban tres veces al día por el regreso a Sión, lamentaban la destrucción de Jerusalén y concluían el Séder de Pésaj con las palabras “El año que viene en Jerusalén”.

Balfour no concedió al pueblo judío su derecho a la Tierra de Israel. Reconoció un derecho que ya existía mucho antes que él.

Y esta es la diferencia decisiva entre un pueblo que busca el favor del mundo y un pueblo que exige el reconocimiento de la justicia de su causa.

De Herzl a Weizmann

La Declaración Balfour no surgió de la nada. Fue el resultado de un prolongado esfuerzo diplomático que comenzó con la visión de Theodor Herzl y logró un avance significativo gracias a la labor diplomática de Chaim Weizmann.

Herzl comprendió una verdad fundamental: el pueblo judío no solo necesitaba pioneros, asentamientos y un renacimiento cultural, sino también una legitimidad política que permitiera transformar su renacimiento nacional en una soberanía reconocida por las grandes potencias.

Weizmann supo traducir esa visión al lenguaje de los intereses de las grandes potencias. En plena guerra mundial, mientras Gran Bretaña buscaba formas de configurar el orden político de Medio Oriente tras la desaparición del Imperio Otomano, el movimiento sionista logró situar la cuestión judía en la agenda de los responsables políticos de Londres.

Sin embargo, la Declaración Balfour nos enseñó una lección mucho más dolorosa.

Los límites de las promesas internacionales

Tres años después de la declaración, en la Conferencia de San Remo, celebrada en abril de 1920, sus principios se incorporaron a las decisiones internacionales relativas al futuro de la región. En 1922, ese compromiso también quedó reflejado en el Mandato de la Sociedad de Naciones.

Parecía que la historia avanzaba en la dirección correcta.

Sin embargo, a medida que crecía la oposición árabe y cambiaban los intereses británicos, Gran Bretaña comenzó a retirarse gradualmente de su compromiso con el proyecto sionista. Las restricciones a la inmigración judía siguieron ampliándose y, en 1939, cuando las nubes de la guerra ya se cernían sobre Europa, el Gobierno británico publicó el Libro Blanco, que restringía severamente la inmigración judía a la Tierra de Israel. Precisamente cuando los judíos europeos necesitaban más que nunca un refugio nacional, las puertas de la tierra se iban cerrando gradualmente ante ellos.

Esto supuso una catástrofe en la historia judía.

El lapso entre la declaración de 1917 y la independencia de 1948 supuso 31 años perdidos entre una promesa diplomática y la capacidad del pueblo judío para defender sus vidas frente a la maquinaria nazi de exterminio.

Esta es una de las lecciones más importantes de la historia judía moderna. Se puede obtener el reconocimiento internacional. Se puede ganarse la buena voluntad de los gobiernos. Se pueden conseguir decisiones históricas en los pasillos de la diplomacia. Pero cuando llega el momento de la verdad, si el pueblo judío carece de soberanía, de un ejército y de la capacidad independiente para actuar, su destino sigue estando en manos de otros.

Soberanía y supervivencia

El Holocausto demostró el significado de la impotencia judía de la forma más espantosa. El Estado de Israel no habría podido necesariamente impedir toda la catástrofe, pero una soberanía judía establecida con anterioridad podría haber brindado a muchos judíos oportunidades de rescate que no estuvieron a su alcance.

Por lo tanto, la profunda lección de la Declaración Balfour no es solo la importancia del reconocimiento internacional, sino también sus limitaciones. El mundo puede reconocer nuestro derecho a vivir. Solo nosotros podemos garantizar que seamos capaces de ejercerlo.

Incluso 109 años después de la Declaración Balfour, Israel debe recordar que las alianzas diplomáticas no sustituyen al poder militar, que las promesas internacionales no sustituyen a unas fronteras defendibles y que ni siquiera nuestro mejor amigo puede asumir en nuestro lugar la responsabilidad del futuro de nuestro pueblo.

De Balfour a Irán

Esta lección también es relevante para Irán y Hamás. Israel debe sacar el máximo partido de sus alianzas diplomáticas y del apoyo internacional, pero nunca debe confiar únicamente en las promesas diplomáticas. Un acuerdo con Irán que no impida la reconstrucción de sus capacidades nucleares y balísticas, o un acuerdo en Gaza que deje a Hamás armado y capaz de recuperar su fuerza, podría proporcionar una calma temporal a costa de una amenaza futura. El Estado de Israel debe garantizar que su seguridad y su futuro permanezcan siempre en sus propias manos.

Hoy hace 109 años, el pueblo judío logró convencer a una potencia mundial de que reconociera su visión nacional.

Hoy, con el Estado de Israel soberano, fuerte y capaz de defenderse por sí mismo, nuestro deber no es solo recordar la declaración, sino también comprender la responsabilidad que esta impuso a las generaciones futuras.

Ser un pueblo que no se disculpa por su pasado. Un Estado que no dude en defender su futuro. Y una nación que asuma la responsabilidad de no perder jamás lo que se le ha concedido.

Este es el profundo significado de la Declaración Balfour. Y este es el gran triunfo de la memoria judía.

El autor es Shimon Refaeli, subdirector del Instituto de Política de Seguridad del Foro de Defensa y Seguridad de Israel (IDSF).