Netanyahu no es la razón por la que cantantes populares difunden libelos de sangre

Las críticas dirigidas al músico Ed Sheeran tras su cobarde disculpa por el despido del rapero Macklemore demuestran que la normalización del antisemitismo alimenta la impopularidad de Israel.

El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu participa en un acto de campaña del Likud en Tel Aviv el 17 de septiembre de 2026 de cara a las próximas elecciones generales. Foto: Flash90.
El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu participa en un acto de campaña del Likud en Tel Aviv el 17 de septiembre de 2026 de cara a las próximas elecciones generales. Foto: Flash90.
Jonathan S. Tobin es editor en jefe de Jewish News Syndicate, colaborador principal en The Federalist, columnista en Newsweek y colaborador en muchas otras publicaciones. Cubre la política estadounidense, la política exterior, la relación entre Estados Unidos e Israel, la diplomacia en Medio Oriente, el mundo judío y las artes. Conduce el pódcast de JNS “Think Twice” y el programa “Jonathan Tobin Daily”. Ha ocupado cargos editoriales de alto nivel en la revista Commentary, en The Jewish Exponent de Filadelfia y en el Connecticut Jewish Ledger. Ha recibido más de 60 premios por artículos de opinión, crítica de arte y otros escritos, y aparece regularmente en televisión comentando sobre política y política exterior. Nacido en Nueva York, estudió historia en la Universidad de Columbia.

22 de septiembre de 2026/JNS — Para muchos analistas estadounidenses, y también para algunos israelíes, la marcada caída de la popularidad de Israel tiene un principal responsable: Benjamin Netanyahu. Quienes citan las numerosas encuestas que registran una disminución del apoyo al Estado judío consideran que la culpa es del primer ministro israelí.

La explicación parece lógica. La tendencia se produjo mientras Netanyahu estaba en el poder: gobernó Israel durante 15 años y medio de los últimos 17. Joe Scarborough, conductor del programa matutino de MS NOW, expresó una opinión compartida por muchos cuando sostuvo que Estados Unidos no podía haberse vuelto un 67% más antisemita en la última década. La única explicación, afirmó, era el supuesto “radicalismo” de Netanyahu. Y hablaba en serio.

El elemento que falta

Sin embargo, en el episodio más reciente que volvió a poner de manifiesto la extendida creencia de que Israel es el villano del conflicto en Medio Oriente, el nombre de Netanyahu ni siquiera apareció.

La lamentable controversia entre la estrella pop Ed Sheeran, el rapero Macklemore y Robert Kraft, propietario de los New England Patriots, quizá esté desapareciendo de los titulares. Pero el escándalo -en el que Sheeran y Kraft fueron ampliamente atacados en los círculos de opinión, mientras Macklemore se convertía en el favorito del movimiento “Free Palestine"- no giró en torno al “radicalismo” de Netanyahu. Se basó en una premisa que comentaristas de medios tan diversos como The New York Times y Variety dieron por sentada: que las acusaciones de que Israel estaba perpetrando un “genocidio” no solo eran creíbles, sino también una verdad indiscutible.

Macklemore, que tiene antecedentes de activismo de extrema izquierda y de antisemitismo abierto, fue apartado como telonero de Sheeran después de difundir desde el escenario de un concierto en el estadio MetLife, en el norte de Nueva Jersey, libelos de sangre según los cuales Israel comete un “genocidio” y es un Estado de “apartheid”.

Entonces Kraft -un filántropo judío que desde hace años apoya a Israel y la lucha contra el antisemitismo- y otros propietarios de estadios de la Liga Nacional de Fútbol Americano donde Sheeran debía actuar dispusieron que el rapero no se presentara en sus recintos.

La decisión desató una ola de críticas de detractores de Israel, entre ellos numerosas figuras del mundo artístico que también difunden habitualmente acusaciones falsas contra el Estado judío.

La ola de apoyo a Macklemore y los ataques contra Kraft y Sheeran no le devolvieron al rapero su lugar en la gira. Pero sí llevaron a Sheeran a ofrecer unas disculpas serviles por no haber puesto en riesgo la gira al respaldarlo. Lo hizo durante su siguiente concierto, el 18 de septiembre en el Lincoln Financial Field de Filadelfia, mientras pedía que lo dejaran cantar sin arrastrarlo a la política.

Aunque condenó las atrocidades del 7 de octubre, Sheeran también se sintió obligado a ceder ante la acusación de “genocidio”. Afirmó que era ilegítimo el esfuerzo de Israel por impedir nuevos ataques mediante la derrota del grupo terrorista islamista que encabezó la ofensiva palestina contra comunidades israelíes el 7 de octubre de 2023.

“Lo que está ocurriendo en Gaza es catastrófico, injustificable y desproporcionado”, dijo Sheeran, aparentemente sin señalar que la guerra había terminado con un alto el fuego y la liberación de los últimos rehenes israelíes en octubre de 2025, tres años después. Y añadió: “Me ha roto el corazón la magnitud de la devastación, la pérdida de vidas civiles y niños. Y no podemos ignorar la injusticia sistemática que estamos viendo en Cisjordania”.

Como era de esperar, sus palabras no evitaron que numerosas figuras del mundo artístico lo condenaran. Solo unos pocos judíos, como la cantante Pink, alzaron la voz contra esa tendencia. Por hacerlo, también fueron atacados por quienes elogiaban a Macklemore.

El libelo de sangre del ‘genocidio’

El problema no eran las falsas acusaciones de que Kraft y otros propietarios de estadios, con la complicidad de Sheeran, estaban reprimiendo la libertad de expresión. La columnista de The New York Times Roxanne Gay calificó su conducta de “villanía de caricatura” en un artículo en el que describió a un antisemita vulgar como Macklemore como un elocuente y valiente defensor de los derechos humanos. Tampoco se trataba de las políticas supuestamente escandalosas de un primer ministro israelí.

El argumento que resonó en todo el mundo iba más allá de una crítica a Netanyahu o incluso a su gobierno. Sostenía que el intento de Israel de proteger a su población civil frente a un grupo que reclama abiertamente la destrucción del país y el genocidio de su población judía era, en sí mismo, equivocado.

Los detractores de Israel no quieren un Israel más amable y moderado: no quieren que exista ningún Estado judío.

Esta controversia deja claro que, en medios como The New York Times, la cadena MS NOW y otros espacios liberales que cubrieron el caso Macklemore, el debate sobre Gaza prácticamente ha terminado. Ahora es posible escribir o hablar de la guerra posterior al 7 de octubre como un “genocidio” sin siquiera molestarse en fundamentar una acusación tan absurda.

La afirmación de que Israel lleva adelante una campaña para exterminar a los palestinos -comparable con el asesinato de seis millones de judíos por la Alemania nazi durante el Holocausto o con otros genocidios reconocidos, como el cometido por los Jemeres Rojos bajo el liderazgo de Pol Pot en Camboya o la matanza de tutsis a manos de hutus en Ruanda en 1994- ha pasado a aceptarse como un hecho histórico en lugar de rechazarse como una mentira escandalosa.

Hemos llegado a un punto en el que un libelo de sangre antisemita que acusa al Estado judío de cometer asesinatos masivos se repite rutinariamente en el debate público como si fuera un hecho evidente.

Las razones de este fenómeno pueden debatirse. Aunque su principal responsabilidad era defender al país en una guerra librada en varios frentes contra los grupos terroristas aliados de Irán, el Gobierno de Israel puede ser criticado por no haber dado la batalla de la comunicación pública.

Pero, a diferencia de lo que afirma Scarborough -que la causa es Netanyahu y no el antisemitismo-, lo que hemos visto en los últimos tres años trasciende los habituales vaivenes de la diplomacia pública.

La guerra que siguió a los ataques del 7 de octubre fue destructiva, sangrienta y estuvo marcada por episodios trágicos, como ocurre en todos los conflictos armados.

Israel afrontó el difícil desafío militar de derrotar a un movimiento terrorista genocida atrincherado en una zona urbana densamente poblada. Hamás había convertido la Franja de Gaza en un enclave fortificado entre 2007 y 2023, período durante el cual la gobernó como un Estado palestino independiente en todo salvo en el nombre.

Aunque expertos militares objetivos han sostenido que la actuación de Israel en la Franja provocó menos víctimas civiles que cualquier otro caso de combate urbano moderno, esa no es la imagen de la guerra que han presentado los principales medios de comunicación.
Una generación de periodistas formada en ideas tóxicas de izquierda, como la teoría crítica de la raza, la interseccionalidad y el colonialismo de asentamiento, ha llegado a creer el mito de que los israelíes y los judíos son “opresores blancos” y colonizadores llegados de Europa.

Y, lo que resulta igualmente preocupante, ha llegado a creer que su deber es ejercer el activismo político para difundir esas falsedades, en lugar de informar objetivamente sobre los hechos.

Así, medios como The New York Times y muchos otros de orientación liberal, además de podcasters de extrema derecha como el exconductor de Fox News Tucker Carlson, se han convertido en dóciles transcriptores de la propaganda de Hamás, que ha alimentado el aumento mundial del antisemitismo desde el 7 de octubre.

En ese contexto, no resiste un análisis serio la idea de que Jerusalén podría haber revertido por sí sola esta situación con una estrategia de comunicación más eficaz o manipulando los algoritmos de las redes sociales.

Igualmente errónea es la idea de que todo esto constituye una reacción al primer ministro israelí.

La distancia entre la opinión pública estadounidense y la israelí

Contrariamente a lo que supone Scarborough, las políticas de Netanyahu en la guerra contra el régimen islamista de Irán y sus aliados terroristas -Hamás, Hezbolá y los hutíes- no son radicales: en el contexto israelí, ocupan el centro político.

Los israelíes, que acudirán a las urnas el 27 de octubre para elegir un nuevo Gobierno, pueden estar divididos sobre cuánta responsabilidad le corresponde a Netanyahu por el 7 de octubre o sobre si debe seguir dirigiendo el país, especialmente con los socios de coalición a los que se vio obligado a incorporar porque otros partidos sionistas se negaban a gobernar con él salvo en gabinetes de unidad durante la guerra. Pero no están divididos sobre la necesidad de continuar ese conflicto. De hecho, los principales rivales del primer ministro se esfuerzan por demostrar que serán igual de decididos, o más, en la búsqueda de la derrota de los enemigos de su país.

La distancia actual entre la opinión pública israelí y la estadounidense es marcada.

La encuesta más reciente de The New York Times y Siena College sobre el tema muestra que el apoyo a Israel es hoy, en gran medida, una cuestión partidaria. Los demócratas respaldan a los palestinos frente a Israel por un 58% contra un 17%, mientras que los republicanos apoyan a Israel por un 77% contra un 6%. Entre los independientes, el respaldo a los palestinos también supera al apoyo a Israel, aunque por un margen menor: 42% contra 26%. En el conjunto de la población estadounidense, el 39% se inclina por Israel; el 36%, por los palestinos; el 12% dice apoyar a ambos; y el 13% no sabe o no respondió.

El hecho de que demócratas y republicanos se manejen con versiones distintas de los hechos sobre Medio Oriente indica que no estamos ante una reacción normal a un mal gobernante, sino ante el resultado de una cobertura mediática sesgada.

Los estadounidenses viven en una época de extrema polarización política que, en la práctica, los ha dividido en dos sociedades. Leen, escuchan y miran medios diferentes, que presentan relatos contrapuestos sobre casi todos los asuntos. Esto resulta especialmente cierto en lo relativo a Medio Oriente. Quien se informa a través de medios como The New York Times y de redes sociales cuyos algoritmos promueven propaganda contra Israel y contra los judíos -incluido el libelo de sangre del “genocidio"- ha oído poco o nada que refute esas difamaciones.

Y eso no cambiará, gane quien gane las próximas elecciones israelíes.

Si dentro de unos meses el primer ministro es Gadi Eisenkot o cualquier otro de los dirigentes que aspiran a reemplazar a Netanyahu, las circunstancias que dieron lugar al escándalo entre Macklemore, Sheeran y Kraft seguirán exactamente igual.

En un momento en que los medios internacionales, el mundo académico y el ámbito artístico tratan el libelo de sangre del genocidio como un hecho, seguirá propagándose el antisemitismo alimentado por la idea de que los israelíes y quienes los apoyan son monstruos sedientos de sangre que matan niños. Medios supuestamente respetables como The New York Times respaldan esos libelos con artículos que ensalzan a antisemitas como Macklemore o presentan el documental NAZA como un retrato fiel de la supuesta criminalidad israelí. Lo hacen autoras como Gay o Michelle Goldberg, que han expresado abiertamente su oposición a la existencia de un Estado judío. Mientras eso siga ocurriendo, la idea de que toda la culpa es de Netanyahu no se sostiene.

Cada uno puede pensar lo que quiera de Netanyahu. Pero conviene recordar que, tras tantos años en el poder, se ha convertido más que cualquier otra cosa en un símbolo de su país y de las falsas ideas que circulan sobre él. En un entorno mediático donde los libelos de sangre antisemitas se consideran verdades indiscutibles, es poco probable que mejore la imagen de Israel, gobierne quien gobierne.

Jonathan S. Tobin es el editor jefe de JNS. Síguelo en @jonathans_tobin.