A diferencia de la reacción casi unánime de los partidarios de Israel, no soy pesimista respecto a los resultados de las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre en Estados Unidos.
Ya sabíamos que el Partido Demócrata se había vuelto antiisraelí y, en muchos casos, antisemita. Su base prácticamente impide que cualquier candidato se declare abiertamente a favor de Israel. El peligro estaba en lo que pudiera ocurrir dentro del Partido Republicano.
El candidato más probable a la presidencia en 2028, o mejor dicho, el que parecía tenerla prácticamente asegurada, era el vicepresidente JD Vance. Comparte gran parte de las ideas de Trump, pero, a diferencia de este, también adopta las posiciones antiisraelíes del entorno del comentarista político Tucker Carlson. Entretanto, la gran mayoría del Partido Republicano, incluida la base que elige a los candidatos en las primarias, sigue siendo proisraelí (y en gran medida evangélica).
Vance comprendió de inmediato, tras conocer los resultados del martes, que acabaría siendo culpado en buena parte por la derrota republicana. Fue uno de los principales defensores de un alto el fuego prematuro con Irán, hasta el punto de encabezar personalmente la delegación estadounidense en Islamabad, junto con Jared Kushner y Steve Witkoff, durante 21 horas de negociaciones directas con los iraníes que allanaron el camino para un memorando de entendimiento: un error estratégico colosal. Después, Vance recorrió el país haciendo campaña por los candidatos republicanos, en coordinación con Trump, otro fracaso considerable.
Es de suponer que también concluyó que tendría que enfrentarse a numerosos rivales, especialmente al actual gobernador de Florida, Ron DeSantis, firme defensor de Israel. DeSantis no figuraba en la boleta electoral (debido al límite de mandatos), pero puede considerarse uno de los vencedores de la noche: durante su gestión, la ventaja republicana en el registro de votantes de Florida alcanzó casi 1.5 millones (en 2021, los demócratas todavía llevaban la delantera); su índice de aprobación como gobernador oscila entre el 50% y el 59% en las encuestas y supera el 80% entre los republicanos; y el partido conservó tanto la gobernación (con Byron Donalds) como el escaño en el Senado federal (con Ashley Moody, nombrada por el propio DeSantis). Vance intentó adelantarse, corriendo incluso el riesgo de criticar (levemente) a Trump.
El problema de Vance es que todos los demás posibles aspirantes republicanos a la presidencia son, como DeSantis, firmes defensores de Israel: el secretario de Estado Marco Rubio, el senador por Texas Ted Cruz, la exgobernadora de Carolina del Sur Nikki Haley, el senador por Arkansas Tom Cotton y el exgobernador de Virginia Glenn Youngkin. Por el momento, no logro imaginar a ningún republicano antiisraelí postulándose a la presidencia, salvo, quizás, el propio Tucker.
Lo mejor que podría pasarle a Israel, por lo tanto, sería una derrota de Vance en las primarias, y, gracias a la derrota republicana, las probabilidades de que eso ocurra han aumentado significativamente.
Los votantes se guiaron por la economía
La otra buena noticia es que, contrariamente a lo que afirmó Vance, la derrota se debió casi por completo a la situación económica (concretamente al elevado precio de casi todo, un problema que los estadounidenses engloban bajo el término affordability -asequibilidad), y no a un rechazo a Israel. Muy pocos votantes castigaron a los republicanos por su apoyo a Israel o por la guerra en Gaza. Como han señalado numerosos comentaristas, los estadounidenses votaron contra los republicanos por los precios, no a favor de los demócratas.
¿Qué cambia para Israel en los próximos dos años? ¿Y qué consecuencias negativas podría tener para el país que los demócratas controlen ambas cámaras del Congreso durante ese período? Prácticamente ninguna.
La política exterior estadounidense está controlada casi por completo por el Poder Ejecutivo. El Congreso solo ejerce una influencia indirecta para aprobar (o rechazar) el gasto público, incluidos los gastos militares y la ayuda exterior.
Incluso en ese ámbito, el presidente tiene un amplio margen de maniobra, ya que puede vetar cualquier proyecto de ley aprobado por el Congreso. Para anular ese veto se requiere una mayoría de dos tercios en ambas cámaras, algo prácticamente imposible en las circunstancias actuales (salvo que la postura de Trump sea extremadamente irrazonable).
La ayuda militar a Israel ya estaba destinada a desaparecer, según declaró el presidente Trump el día de las elecciones, debido al extraordinario éxito de la economía israelí, algo que el primer ministro Benjamin Netanyahu había reconocido públicamente antes que nadie.
El veto estadounidense en la ONU depende exclusivamente del presidente, no del Congreso.
En resumen, la posición de Israel en Washington durante los próximos dos años no se verá afectada por la victoria demócrata. Lo que ocurra después dependerá mucho más de la situación política y económica de Estados Unidos que de cualquier medida que pueda adoptar el gobierno israelí.