Por qué Fauda conmocionó a Occidente

Una serie de televisión revela verdades que la gente no sabe que le han sido negadas de forma tan letal.

El actor Lior Raz (izq.) y Avi Issacharoff, cocreadores de la exitosa serie israelí Fauda, participan en una manifestación en Tel Aviv contra los planes del Gobierno israelí de cerrar la emisora pública Kan, el 25 de enero de 2023. Foto: Jack Guez/AFP vía Getty Images.
El actor Lior Raz (izq.) y Avi Issacharoff, cocreadores de la exitosa serie israelí Fauda, participan en una manifestación en Tel Aviv contra los planes del Gobierno israelí de cerrar la emisora pública Kan, el 25 de enero de 2023. Foto: Jack Guez/AFP vía Getty Images.
Melanie Phillips, periodista, locutora y autora británica, escribe una columna semanal para JNS. Actualmente columnista de The Times de Londres, su nuevo libro, Fighting the Hate: A Handbook for Jews Under Siege, acaba de ser publicado por Wicked Son. Su libro anterior, The Builder’s Stone: How Jews and Christians Built the West and Why Only They Can Save It, se publicó en 2025. Puedes acceder a su obra en: melaniephillips.substack.com.

La serie dramática israelí Fauda está causando un impacto que nadie esperaba.

La serie siempre fue considerada brillante. Gran parte de su atractivo irresistible se debe a que está basada de cerca en una realidad apenas menos dramática: la unidad encubierta israelí de contrainteligencia cuyos miembros se hacen pasar, de forma convincente, por árabes palestinos para infiltrarse en las bandas terroristas que libran una guerra de aniquilación contra los judíos israelíes.

Su quinta temporada, estrenada hace dos semanas en Netflix, se sumerge de forma cruda en las atrocidades cometidas en Israel por Hamás y otros grupos el 7 de octubre de 2023. Nadie previó que, en un momento de odio sin precedentes hacia Israel, esta serie tendría semejante impacto mundial.

En el mundo árabe, Fauda siempre fue popular, y esta temporada se convirtió en un éxito inmediato. En Líbano, Jordania, Catar y Arabia Saudita, árabes programados para odiar y temer a Israel miran capítulo tras capítulo una serie sobre israelíes que se infiltran en zonas árabes y combaten a terroristas árabes, y sobre el trauma que los judíos sufrieron a manos de ellos.

Quizás esto se deba a que Fauda presenta la cultura árabe palestina con equidad, sutileza y cierta dosis de empatía.

Aún más llamativa ha sido la recepción de esta última temporada en el Occidente que odia a Israel. Allí, la gente la mira con la mano en la boca, entre el shock, el horror y las lágrimas.

Al parecer, por primera vez, Fauda les ha hecho entender la magnitud de lo que ocurrió el 7 de octubre. Por primera vez, han tomado conciencia de la depravación de los árabes de Gaza que invadieron el sur de Israel, masacraron, violaron o quemaron vivos a 1,200 hombres, mujeres y niños, y se llevaron a 251 como rehenes a Gaza.

Otros se preguntan cómo puede ser que la gente recién ahora se dé cuenta de lo que pasó aquel día terrible. ¿Cómo es que este drama televisivo logra atravesar la barrera que todo lo que dijo el Gobierno de Israel sobre el 7 de octubre no pudo?

La principal razón por la que la gente reacciona como si no supiera lo que realmente ocurrió ese día es que esas atrocidades quedaron casi eclipsadas por la cobertura de la guerra que vino después.

Eso dio lugar a la grotesca creencia de que Israel no se estaba defendiendo de un genocidio, sino que lo estaba cometiendo, junto con crímenes de guerra, limpieza étnica y la prueba más reciente de su supuesta monstruosidad: la “violencia de los colonos”.

Estas acusaciones son cada vez más histéricas y delirantes, sobre todo en el vergonzoso festival de odio contra Israel que tuvo lugar esta semana en las Naciones Unidas. El secretario general de la ONU, António Guterres, declaró: “La magnitud de las muertes en Gaza no se parece a nada de lo que he presenciado en mis años como secretario general”.

Así, sostuvo que una guerra en la que, según el propio Hamás, murieron unos 74 mil gazatíes, de los cuales más de la mitad eran hombres en edad de combatir, fue peor que la brutal guerra de Yemen, con 377 mil muertos; que la de Etiopía, donde más de 600 mil personas fueron masacradas o murieron de hambre, o que la de Sudán, con 150 mil muertos.

La ministra de Relaciones Exteriores de Australia, Penny Wong, afirmó: “Solo en los primeros seis meses de este año, la ‘violencia de los colonos’ [en ‘Cisjordania’] ha expulsado de sus hogares a más de 15 mil niños”. No hay absolutamente ningún fundamento para esa cifra, que parece haber sacado de la nada.

Y el presidente de Francia, Emmanuel Macron, hizo el ridículo al anunciar: “Hamás nunca ha estado activo en Judea y Samaria”.

La realidad es que los “colonos” judíos de Judea y Samaria sufren ataques prácticamente constantes, tanto ejecutados como planificados, de Hamás y de otros grupos terroristas islámicos.

En la víspera de Yom Kipur, Netanel Shukrun, padre de seis hijos, fue asesinado en un ataque a tiros en un manantial de Samaria adonde había ido a hacer una inmersión ritual.

En las tres horas siguientes, en otros puntos de estos territorios en disputa, según el periodista israelí Amit Segal, un israelí fue atacado y herido tras equivocarse de camino y entrar en una aldea árabe; hubo un intento de atropello contra soldados israelíes, y un vehículo sin matrícula intentó arrollar a otros dos israelíes.

Todo esto ocurrió después de un fin de semana en el que los residentes judíos de estas zonas denunciaron al menos otros siete ataques similares. El miércoles, el hijo soldado de Yechiel Leiter, embajador de Israel en Estados Unidos, quedó luchando por su vida tras otro atropello en Samaria.

Ese mismo día, las fuerzas israelíes detuvieron a un hombre vinculado a Fatah, que según fuentes palestinas es oficial del aparato de seguridad de la Autoridad Palestina, por sospechas de promover actividades terroristas.

Luego, las fuerzas israelíes descubrieron dos pozos de 12 metros de profundidad en Qalqilia, una ciudad árabe de Samaria a pocos kilómetros de varias ciudades judías. En los pozos había armas, cargadores y municiones. Las fuerzas israelíes detuvieron a cuatro árabes sospechosos de actividades terroristas.

En otras palabras, los árabes palestinos intentan constantemente cometer graves actos de violencia terrorista contra israelíes dentro de “Cisjordania”, de donde Occidente ha decidido que los “colonos” judíos deben ser expulsados mediante una limpieza étnica.

La razón por la que la gente reacciona como si no supiera lo que ocurrió el 7 de octubre es que las atrocidades quedaron eclipsadas por la cobertura de la guerra que vino después.

Prácticamente nada de esta ofensiva sistemática contra los judíos israelíes en estos territorios se informa en Occidente. En cambio, se los difama como monstruos que matan sin piedad a palestinos inocentes y expulsan al resto.

Muchos factores han contribuido a la locura de la obsesiva deslegitimación de Israel por parte de Occidente, que lo ha convertido en un paria en los principales círculos políticos y culturales. Esto solo puede entenderse bien como parte de una crisis civilizatoria occidental más amplia y profunda.

Sin embargo, hay un factor en particular que ha dado vuelta la verdad y la mentira en la mente de muchos. Desde hace décadas, entre los progresistas existe la convicción de que Israel es un Estado canalla que actúa de forma ilegal y cruel.

Eso se debe a que la inmensa mayoría de la cobertura mediática sobre el Estado judío ha consistido en mentiras y distorsiones destinadas a deslegitimarlo como paso previo a su destrucción.

En los últimos días, se levantó el telón sobre un rincón de esta locura. Motaz Azaiza es un fotoperiodista árabe palestino al que los liberales occidentales convirtieron en ídolo por sus imágenes, que alimentaron el odio y la incitación contra Israel. La revista Time lo incluyó entre las cien personas más influyentes de 2024.

Pero en una larga entrevista en árabe, cuya traducción circula ahora por todas las redes sociales, Azaiza reveló que cada afirmación o imagen que salía de Gaza durante la guerra estaba elaborada para ajustarse al relato de Hamás. Si los periodistas gazatíes no seguían la línea, desaparecían. Todos los periodistas de Gaza pertenecían a un grupo controlado por Hamás.

Según Azaiza: “Toman los datos de una persona concreta, publican su número de teléfono en el grupo y les ordenan a los activistas en línea que la ataquen, la insulten y le hagan la vida imposible”.

Por eso, fotógrafos como él bajaban la cámara en cuanto alguien decía algo malo sobre Hamás.

Además, el propio Azaiza apoyaba el terrorismo de Hamás. Contó que filmó a gazatíes golpeando y maltratando a israelíes capturados y arrastrados a la Franja el 7 de octubre, pero que no publicó esos videos porque no quería que Israel identificara a los agresores y los matara.

Ni una palabra de las revelaciones de Azaiza apareció en los medios occidentales. Por supuesto que no. Eso dejaría en evidencia que han estado haciéndole el trabajo sucio a Hamás. Cada informe desde Gaza debería haber llevado una advertencia de que se producía bajo la censura de Hamás. En cambio, todo se presentó como creíble o verdadero.

Y así ha sido durante décadas. El público occidental no tiene idea de que lo que considera la verdad sobre el comportamiento israelí y el sufrimiento palestino, porque lo “vio en la tele”, es una mentira gigantesca y monstruosa.

Sorprendentemente, muchos judíos de la diáspora sostienen ahora que la pésima imagen de Israel en el mundo se debe al carácter tóxico de su primer ministro, Benjamín Netanyahu, y de los extremistas de su gobierno de coalición: el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, y el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich.

Una tergiversación tan absurda de la emergencia civilizatoria que ha envuelto a Occidente solo puede explicarse por la necesidad desesperada de esos judíos de la diáspora de negar el peligro que corren ante su propia sociedad, que simplemente ha perdido la cabeza.

Fauda le está mostrando a Occidente una verdad que ni siquiera sabe que ha negado de forma tan devastadora.