Más allá de las cifras

Recordando las vidas que se esconden tras las estadísticas del 7 de octubre.

Acto nacional en memoria de las víctimas de la masacre del 7 de octubre de 2023, celebrado en el parque Yarkón de Tel Aviv el 6 de octubre de 2025. Foto: Gideon Markowicz.
Acto nacional en memoria de las víctimas de la masacre del 7 de octubre de 2023, celebrado en el parque Yarkón de Tel Aviv el 6 de octubre de 2025. Foto: Gideon Markowicz.
Dubi Weissenstern serves as CEO of ZAKA Search & Rescue.

Tres años después del 7 de octubre, nos hemos acostumbrado a ciertas palabras: víctimas. Rehenes. Sobrevivientes. Más de 1,200 asesinados. 251 secuestrados. Miles de heridos.

Necesitamos estas palabras para describir lo que ocurrió. Pero debemos cuidar que no se nos vuelvan tan familiares que dejemos de pensar en las personas que hay detrás de ellas.

Antes de ser víctimas, eran personas que vivían sus vidas. Eran padres e hijos. Hermanos y hermanas. Esposos y esposas. Amigos y vecinos. Iban a trabajar. Celebraban las fiestas. Pasaban tiempo con sus familias. Los jóvenes habían ido a un festival de música.

Tenían hogares con fotos familiares en las paredes. Tenían ropa en los armarios, comida en la cocina y juguetes de sus hijos por la casa. Tenían planes para el día siguiente, para la semana siguiente y para el año siguiente. Entonces atacó Hamás.

Cientos de voluntarios de ZAKA Search & Rescue estuvieron entre quienes llegaron al lugar después del ataque. Miles de personas participaron en las tareas de recuperación que siguieron: en el sur; en el norte, después de que Hezbolá comenzara a lanzar cohetes contra Israel, y en comunidades de todo el país.

Su tarea era identificar a los fallecidos, preservar su dignidad de acuerdo con su fe y sus tradiciones, y acompañar a las familias en su búsqueda de respuestas.

Eso significaba entrar en las casas y conocer a quienes habían vivido allí a través de lo que dejaron atrás. Significaba ver fotos de las familias antes del 7 de octubre, y los lugares donde la gente había comido, dormido, criado a sus hijos y llevado su vida cotidiana.

También significaba asegurarse de que, cuando una familia recibiera por fin una respuesta sobre un ser querido, supiera que alguien se había ocupado de esa persona. Que su ser querido no había sido tratado como un número. Que alguien se había tomado el tiempo de identificarlo. Que alguien había protegido su dignidad. Que alguien había entendido que se trataba de una madre, un padre, un hijo, una hija, un hermano, una hermana o un amigo. Alguien a quien su familia estaba esperando.

Ese era el trabajo. Y hacía imposible pasar por alto algo: cuando uno tenía delante a una sola persona, “más de 1,200” dejaba de existir. Había una persona. Una familia. Una vida.

Lo mismo ocurre con las 251 personas tomadas como rehenes. Eran personas con familias que esperaban su regreso. Hoy ya se conoce el destino de todas.
Algunas volvieron con vida. Otras fueron devueltas a sus familias después de haber sido asesinadas.

Tres años después, es fácil conocer las palabras y las cifras. Las escuchamos cada año. Las vemos en los titulares. Las repetimos en discursos y conversaciones.

El 7 de octubre nunca debería convertirse en algo habitual.

Hamás asesinó deliberadamente a civiles. Atacó a familias en sus hogares. Atacó a personas en los lugares donde vivían, trabajaban y se reunían. Tomó rehenes y se los llevó a Gaza. Debemos recordar esos hechos.

Pero también debemos recordar a las personas. Sus nombres. Sus rostros. Que tenían familias, amigos, hogares y un futuro.

Después del 7 de octubre, ZAKA Search & Rescue creó su División Nacional de Resiliencia para ayudar a los voluntarios y a sus familias a sobrellevar lo que habían visto. Para quienes estuvieron allí, los recuerdos no terminaron cuando terminó el trabajo.

Cada víctima era el ser querido de alguien. Cada rehén era el ser querido de alguien. Cada sobreviviente es el ser querido de alguien. Cada cifra representa a una persona que importaba.

Nunca olvidaremos. Nunca perdonaremos. Nunca más.