Prosemitismo: elegir ser luz

El antisemitismo existe, es real y hay que enfrentarlo. Pero tal vez, de tanto mirar aquello que intenta apagarnos, no le dedicamos suficiente tiempo a aquello que nos mantiene encendidos.

Gabriela Dascal es directora de proyectos de la Coalición Latinoamericana contra el Antisemitismo y la Desinformación. Colabora con medios, organizaciones y líderes de opinión en el análisis de fenómenos vinculados al discurso de odio, las narrativas digitales y su impacto en las democracias y las comunidades de la región.

Vivimos en un mundo bastante dual. Entendemos muchas cosas por contraste: sabemos qué es lo lindo porque conocemos lo feo, hablamos de lo bueno porque existe lo malo, de la paz porque conocemos la guerra, de construir porque también existe la posibilidad de destruir. Pero, si existe el antisemitismo, ¿por qué casi nunca hablamos de prosemitismo?

Los judíos nos hemos vuelto, muchas veces por necesidad, verdaderos especialistas en antisemitismo. Lo estudiamos, lo medimos, lo denunciamos. Aprendimos a reconocer sus símbolos, sus discursos y sus nuevas formas. Sabemos quién dijo qué, dónde apareció una amenaza, qué publicación cruzó un límite y qué mentira necesita una respuesta. Y está bien que lo hagamos. El antisemitismo existe, es real y hay que enfrentarlo. Pero a veces me pregunto si, de tanto mirar aquello que intenta apagarnos, no estamos dedicando demasiado poco tiempo a aquello que nos mantiene encendidos.

Es ahí donde aparece, para mí, la idea del prosemitismo. Existe ya una palabra cercana, el filosemitismo, un término establecido que refiere a una actitud favorable, de admiración, simpatía o valoración positiva hacia los judíos, el judaísmo o la cultura judía. Habitualmente describe una actitud de otros hacia nosotros: si el antisemitismo expresa hostilidad o prejuicio, el filosemitismo expresa afinidad y valoración.

Cuando hablo de prosemitismo, sin embargo, pienso en algo diferente. No se trata simplemente de lograr que la gente quiera más a los judíos, ni siquiera empieza necesariamente afuera. Lo pienso como un cambio en la manera en que los propios judíos contamos, vivimos y transmitimos nuestra identidad. Es dejar de preguntarnos solamente qué debemos responder frente a quienes nos odian y empezar a preguntarnos qué queremos decir nosotros sobre quiénes somos. Porque ser judío no puede reducirse a defender permanentemente el derecho a ser judío. Ser judío también tiene que poder ser disfrutarlo, amarlo, crearlo y compartirlo.

Hay una imagen muy sencilla que me ayuda a explicar esta idea. Imaginemos una habitación completamente oscura y, en el centro, una pequeña vela que alguien acaba de encender. La vela no lucha contra la oscuridad, no escribe un comunicado repudiándola, no intenta convencerla de que está equivocada ni se defiende de ella. Simplemente existe. Y al existir tal como es, ilumina.

Tal vez una sola vela no alcance para iluminar toda la habitación. Pero si encendemos otra, y después otra, y después muchas más, en algún momento sucede algo extraordinario: la oscuridad comienza a desaparecer. No porque las velas hayan aprendido a combatirla mejor, sino porque hicieron aquello para lo que existen: dar luz.

Pienso mucho en esa habitación cuando pienso en la historia judía. Durante siglos tuvimos que aprender a defendernos de distintas formas de oscuridad y, lamentablemente, seguimos teniendo que hacerlo. Pero nuestra fuerza nunca estuvo solamente en nuestra capacidad de resistir. También estuvo en una capacidad extraordinaria para seguir encendiendo velas. Después de persecuciones construimos comunidades; después de expulsiones volvimos a empezar; después de intentos por silenciarnos volvimos a cantar. Estudiamos, escribimos, preguntamos, discutimos, enseñamos, inventamos. Creamos instituciones, ciencia, tecnología, medicina, empresas, arte, humor y música. Nos sentamos alrededor de mesas, contamos historias, tuvimos hijos, construimos Israel y volvimos a empezar una y otra vez.

La historia judía es, por supuesto, una extraordinaria historia de supervivencia, pero sería tremendamente injusto reducirla a eso. No solamente sobrevivimos: creamos. Y quizás allí haya una de las claves del prosemitismo: no negar la oscuridad, pero tampoco permitirle ocupar todo el escenario; no mostrar al judío únicamente como víctima de la historia, sino también como autor, creador y protagonista de ella.

La cuestión, entonces, tiene mucho que ver con dónde ponemos el foco y, sobre todo, dónde ponemos nuestra energía. ¿Cuánto de nuestro tiempo y de nuestra conversación queremos dedicar a señalar la oscuridad y cuánto a encender velas? ¿Cuánto queremos hablar sobre quienes nos odian y cuánto sobre aquello que amamos? ¿Cuánta energía queremos invertir en explicar por qué no deberían odiarnos y cuánta en mostrar por qué, después de miles de años, nosotros seguimos eligiendo ser judíos?

No creo que haya que elegir de manera absoluta entre una cosa y la otra. Hay momentos en los que debemos combatir, denunciar, protegernos y levantar la voz. El problema aparece cuando vivimos permanentemente reaccionando. Alguien dice algo, respondemos. Alguien publica una mentira, la desmentimos. Aparece un nuevo ataque, lo denunciamos. Y después otro. Y otro. Casi sin darnos cuenta entramos en un bucle en el que son otros quienes terminan decidiendo de qué hablamos y hacia dónde dirigimos nuestra atención.

El prosemitismo propone recuperar esa decisión. Y entonces surge una pregunta mucho más interesante que intentar definir el concepto en abstracto: ¿cómo somos luz?

Somos luz cuando una familia enciende las velas de Shabat y un niño aprende que esa mesa también es suya; cuando contamos una historia judía que no comienza necesariamente con una persecución; cuando enseñamos una canción, estudiamos un texto o compartimos una tradición. Somos luz cuando hablamos de Israel no solamente desde el conflicto, sino también desde su gente, sus contradicciones, su cultura, su creatividad y su vida. Somos luz cuando alguien llega por primera vez a una comunidad y encuentra una silla esperándolo, o cuando un judío que estuvo alejado durante años decide acercarse y, en lugar de preguntarle dónde estuvo, simplemente le decimos: “qué bueno que viniste”.

También somos luz cuando entendemos que no necesitamos uniformidad para tener unidad. Uno puede encontrar su judaísmo en la tefilá y otro en Israel; uno en el estudio, otro en la cultura, otro en la acción social, otro en sus abuelos o en la comida, y otro simplemente en esa sensación difícil de explicar que aparece al sentarse un viernes por la noche alrededor de una mesa y sentir que volvió a casa. Si queremos que más personas amen ser judías, también tenemos que preguntarnos qué encuentran cuando se acercan a nosotros: juicio o abrazo, examen o bienvenida, una lista de requisitos o una familia.

Hay, además, una razón nueva por la que esta conversación me parece especialmente urgente. Estamos entrando en una época en la que millones de personas van a conocer a los judíos sin conocer personalmente a un judío. No necesariamente entrarán a una sinagoga, abrirán un libro de historia judía o se sentarán en una mesa de Shabat. Le preguntarán a una inteligencia artificial quiénes son los judíos, qué es el judaísmo, qué significa Israel, qué es el sionismo o por qué existe tanto antisemitismo.

Esas tecnologías construyen respuestas a partir de enormes cantidades de información y de los patrones que encuentran en ella. Por eso importa también qué historias ponemos nosotros en circulación, qué lenguaje repetimos y qué asociaciones ayudamos a construir. Si gran parte de la conversación digital sobre los judíos está compuesta por ataques, antisemitismo, guerra, odio, negación, desmentidas y defensa, deberíamos preguntarnos qué retrato de nosotros mismos estamos dejando disponible.

No alcanza, entonces, con enseñar a la inteligencia artificial a reconocer el odio a los judíos. Tenemos que darle también muchísimo judaísmo para conocer: Torá, música, historia, humor, creatividad, Israel, tradición, familia, debate, ciencia, comunidad y vida. No quisiera imaginar un futuro en el que una máquina pueda explicar con enorme precisión por qué nos odiaron durante dos mil años y tenga mucho menos para decir sobre algo infinitamente más interesante: por qué, durante esos mismos dos mil años, seguimos queriendo ser judíos.

En Mishlei hay una frase que siempre me emociona: Ner Hashem nishmat Adam, “la neshamá del ser humano es la vela de Hashem”. Quizás el prosemitismo pueda pensarse también desde ahí. Podemos dedicar una enorme cantidad de nuestra energía a describir la oscuridad, analizarla, denunciarla y discutir con ella -y muchas veces tendremos que hacerlo-, pero también podemos ocuparnos de encender velas: una persona que enseña, una familia que transmite, una comunidad que abraza, un joven orgulloso de quién es, una historia judía bien contada, una tradición compartida, una mesa abierta.

Una vela. Después otra. Y otra. Hasta llenar la habitación.

No propongo que dejemos de combatir el antisemitismo. Sería ingenuo y, muchas veces, irresponsable. Propongo algo diferente: que no le entreguemos nuestra identidad. Porque nosotros no somos lo que otros odian de nosotros. Somos lo que amamos, lo que estudiamos, lo que celebramos, lo que creamos, lo que transmitimos y lo que nuestros hijos reciben de nosotros y algún día decidirán transmitir a los suyos.

El antisemitismo habla de quienes nos odian y de lo que sienten hacia nosotros. El filosemitismo habla de quienes nos valoran y de lo que sienten hacia nosotros. El prosemitismo, en cambio, vuelve a poner la palabra en nuestras manos: habla de nosotros, de lo que somos y de lo que elegimos hacer con aquello que somos.

Quizás, entonces, la pregunta no sea solamente cómo podemos combatir mejor la oscuridad. Tal vez también haya llegado el momento de preguntarnos qué pasaría si dedicáramos mucha más energía a encender la luz.