¿Por qué Irán, sometido a una campaña sostenida de bombardeos por Estados Unidos, no cede ante la presión militar, sino que responde con mayor beligerancia? ¿Por qué prefiere escalar el conflicto? ¿Por qué los dirigentes iraníes contestan con más amenazas y continúan enviando misiles a sus vecinos musulmanes árabes? Después de todo, su país está devastado, su economía colapsada y, además, se enfrentan a la superpotencia mundial.
Las respuestas no siempre residen en el equilibrio de fuerzas militares; a veces dependen de cómo sus dirigentes interpretan la realidad. En The March of Folly, Barbara Tuchman, prominente historiadora del siglo pasado, sostiene que algunos de los errores más trascendentales de la historia nacen cuando los líderes confunden sus percepciones con la realidad y terminan convencidos de que la historia está de su lado.
Un ejemplo emblemático ocurrió después del ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941. En respuesta a la agresión japonesa, Estados Unidos declaró la guerra a Japón, pero no a la Alemania nazi, a pesar de que Japón y Alemania eran aliados militares en dicha guerra. Hitler estaba convencido de que había ganado la guerra en Europa Occidental. De hecho, sus ejércitos ocupaban casi todos los países y, salvo el Reino Unido, los que no había conquistado eran aliados de Alemania nazi o permanecían neutrales.
Hitler también se convenció de que Estados Unidos ya actuaba, en la práctica, como un enemigo, al apoyar abiertamente a Gran Bretaña con armas y logística. Por lo tanto, se anticipó y le declaró la guerra. En su razonamiento, ese paso no aumentaría sus riesgos y podría fortalecer su posición estratégica. De hecho, pensaba que Estados Unidos y Alemania ya estaban, prácticamente en estado de guerra. Esperaba, además, que Japón abriera un segundo frente contra la Unión Soviética desde el este, facilitando el avance alemán. Ese cálculo fracasó. La entrada plena de Estados Unidos en la guerra terminó acelerando la derrota del Tercer Reich. Su error no fue únicamente militar; también estuvo alimentado por una convicción ideológica que le hacía creer que cumplía una misión histórica y que la providencia lo había escogido para cumplirla.
Sin establecer equivalencias entre contextos distintos, cabe preguntarse si parte del liderazgo iraní percibe que son capaces de derrotar a Estados Unidos. Tal como ocurrió en episodios históricos anteriores, el liderazgo iraní podría creer que la Revolución Islámica de Irán está llamada a impactar a todos los musulmanes del mundo y que cumple una misión sagrada. Con su tono desafiante y beligerante frente a la actual campaña militar estadounidense, no es difícil concluir que habrá en Irán quienes se sientan predestinados a triunfar.
Si esa percepción se combina con profundas convicciones ideológicas y religiosas, aumenta el riesgo de que la confianza sustituya al cálculo estratégico. La advertencia de Tuchman sigue vigente: los mayores errores suelen nacer cuando la certeza ideológica eclipsa la realidad y convierte una ventaja percibida en la ilusión de una victoria definitiva. A veces, la historia rima.