Tras tres años de guerra, trauma nacional e incansables esfuerzos por desbancar al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, los votantes israelíes parecen haber emitido un veredicto notable: devolvieron al país prácticamente al mismo bloque político que caracterizaba a Israel antes de la masacre de Hamás del 7 de octubre de 2023.
Ni el bloque de Netanyahu ni la oposición sionista lograron los 61 escaños en la Knéset necesarios para formar gobierno, y pese a que nuevos partidos prometían transformar el panorama político israelí, los votantes volvieron en gran medida a los campos políticos de siempre.
El esfuerzo por desalojar a Netanyahu fracasó, al menos por ahora.
El Likud sigue siendo el partido más grande de Israel
Con millones de votos escrutados hasta el miércoles por la mañana, las proyecciones preliminares daban al bloque de Netanyahu alrededor de 54 escaños, frente a 47 de la oposición sionista y 19 de los partidos árabes.
El Likud se consolidó como el partido más grande, con alrededor de 27 escaños, seguido por Yashar, de Gadi Eisenkot, con 20.
Se proyectaba que la lista conjunta de Naftali Bennett y Yair Lapid, Beyajad, obtendría 11 escaños; Los Demócratas, de Yair Golan, ocho, e Israel Beitenu, de Avigdor Liberman, otros ocho.
En la derecha, se proyectaban siete escaños para Yahadut HaTorá, siete para Shas, siete para Otzmá Yehudit y seis para Sionismo Religioso.
Netanyahu esperó hasta pasadas las 3:00 del miércoles para hablar ante sus simpatizantes en el cuartel electoral del Likud en Jerusalén.
“Todavía estamos esperando los resultados reales”, afirmó, y subrayó que el Likud seguiría siendo el partido más grande de Israel.
“El bloque de derecha tiene una mayoría clara y decisiva en el público sionista”, declaró Netanyahu, que pidió un gobierno nacional fuerte y advirtió contra una coalición que dependa de los partidos árabes.
Aunque el bloque de Netanyahu quedó por debajo de los 64 escaños que obtuvo en 2022, el predominio continuado del Likud es significativo, ya que sus rivales todavía no demostraron que puedan construir un gobierno alternativo viable.
Las encuestas subestimaron al Likud
El recuento inicial dejó al descubierto diferencias significativas entre las últimas encuestas previas a las elecciones y el voto real.
Los canales de televisión israelíes 11, 12 y 13 proyectaban que el Likud obtendría entre 19 y 21 escaños, mientras que se esperaba que Yashar, de Eisenkot, obtuviera entre 22 y 23 y pudiera convertirse en el partido más grande de Israel.
El Canal 14, que proyectó de forma sistemática un Likud y un bloque de derecha más fuertes, pronosticó 30 escaños para el Likud y 20 para Eisenkot, mucho más cerca de los resultados que se perfilan que las demás cadenas principales.
Las diferencias plantean dudas sobre cómo midieron las encuestadoras israelíes la intención de voto, en particular entre los indecisos.
Los líderes opositores cantaron victoria antes de tiempo
Poco después del cierre de la votación, a las 22:00, Eisenkot, Bennett y Lapid pronunciaron discursos que daban a entender que la era política de Netanyahu había terminado.
Eisenkot afirmó que los israelíes votaron por el cambio y pidió a Netanyahu que aceptara el veredicto del público.
“El pueblo de Israel se levantó y habló: Netanyahu perdió”, declaró Bennett.
“El Estado de Israel se salvó hoy”, proclamó Lapid.
Sin embargo, ni siquiera los primeros sondeos a boca de urna daban a la oposición sionista una mayoría de gobierno, y a medida que se contaban los votos reales durante la noche, el bloque de Netanyahu se puso por delante.
Los líderes opositores celebraron una victoria que no habían asegurado, ya que su principal objetivo de campaña era desplazar a Netanyahu, pero la aritmética parlamentaria no ofrece un camino claro hacia esa meta.
El voto árabe complica la aritmética de la coalición
Una de las mayores sorpresas de las elecciones fue el desempeño inesperadamente fuerte de los partidos políticos árabes de Israel, a los que el miércoles por la mañana se les proyectaban unos 19 escaños, frente a los diez de la Knéset saliente.
Ese aumento le plantea un dilema a la oposición.
Juntos, la oposición sionista y los partidos árabes podrían superar los 61 escaños, pero una mayoría parlamentaria en el papel no se traduce automáticamente en una coalición viable.
Bennett, Lapid y Liberman se opusieron a formar un gobierno que dependa de los partidos árabes.
Paradójicamente, el mayor voto árabe pudo haber ampliado la mayoría numérica contra Netanyahu y, al mismo tiempo, haber dificultado en términos políticos la formación de un gobierno alternativo.
Nombres nuevos, partidos conocidos
Quizá el rasgo más llamativo de las elecciones sea lo poco que parece haber cambiado el panorama político israelí.
Numerosos partidos nuevos entraron en la contienda con la esperanza de capitalizar el descontento del público con la dirigencia establecida, pero ninguno de los partidos insurgentes más pequeños parece haber superado el umbral electoral.
Incluso Yashar, de Eisenkot, técnicamente un partido nuevo y una de las listas más votadas, representa más un cambio de marca política que una verdadera irrupción.
Eisenkot fue antes la segunda figura de Azul y Blanco, la alianza política de Benny Gantz, y en la práctica emergió al frente de una formación sucesora que se apoya en un electorado ya establecido en lugar de crear uno totalmente nuevo.
Del mismo modo, Bennett y Lapid unieron fuerzas bajo una nueva bandera electoral, pero ambos son figuras conocidas con electorados de larga data.
Mientras tanto, el Likud, Shas, Yahadut HaTorá, Sionismo Religioso y Otzmá Yehudit siguen siendo el núcleo del bloque de Netanyahu.
Muchas de las listas que entrarán en la próxima Knéset se parecen notablemente a las que estaban representadas en el Parlamento saliente.
Las elecciones produjeron nuevos nombres de partidos y reacomodaron posiciones de liderazgo, pero apenas un realineamiento político de fondo.
De vuelta a la parálisis política
Entre abril de 2019 y noviembre de 2022, Israel celebró cinco elecciones nacionales en menos de cuatro años, sin lograr una y otra vez una mayoría de gobierno duradera.
Ese bloqueo terminó cuando Netanyahu formó una coalición de 64 escaños tras las elecciones de noviembre de 2022.
Ahora, después de la masacre del 7 de octubre y de una prolongada guerra en múltiples frentes, Israel parece encaminarse hacia la misma encrucijada.
Para que surja un gobierno, Bennett, Eisenkot o Liberman tendrán que reconsiderar su negativa a sumarse a Netanyahu, o la oposición necesitará un acuerdo que incluya a los partidos árabes.
De lo contrario, Israel podría enfrentar otras elecciones.
Trump, Irán y el precedente de 2020
Un factor de peso a favor de Netanyahu es el firme respaldo que recibió del presidente estadounidense Donald Trump.
Trump dejó clara su preferencia por que Netanyahu siga siendo primer ministro durante los dos años que le quedan en el cargo, con la confrontación con Irán en el centro de su agenda común.
“¡Voten por Bibi Netanyahu como primer ministro, tenemos que terminar el trabajo que empezamos!”, declaró Trump en la víspera de las elecciones.
Tras los comicios, Trump redobló la apuesta y atribuyó a su respaldo el desempeño de Netanyahu, mejor de lo esperado.
“Cuando el presidente Trump respaldó a Bibi Netanyahu, cambió toda la tendencia”, publicó Trump en Truth Social, citando un mensaje atribuido a Irving C. Schwartz, según el cual, en lugar de una “derrota decisiva”, el resultado parecía ser “un gran empate tras ir por detrás, o incluso una VICTORIA para Netanyahu”.
“Todo ocurrió DESPUÉS del respaldo del presidente Trump”, añadía la publicación.
Netanyahu reforzó ese mensaje en su discurso electoral de la madrugada.
“Israel tiene ante sí una oportunidad histórica y única, junto a nuestro amigo el presidente Trump, para eliminar de una vez por todas la amenaza iraní”, afirmó.
Un bloqueo prolongado en la formación de la coalición, seguido de otras elecciones, podría consumir seis meses cruciales de lo que le queda a Trump en la presidencia.
Hay un precedente en el que las circunstancias nacionales lograron superar la parálisis política de Israel.
Tras las terceras elecciones consecutivas en Israel, en marzo de 2020, la pandemia de covid-19 planteó una emergencia nacional sin precedentes, y Benny Gantz, el principal rival de Netanyahu, reconoció las implicaciones más amplias de la crisis y aceptó formar un gobierno de unidad con rotación en el cargo de primer ministro.
Cabe señalar que Gantz no logró volver a la Knéset en estas elecciones.
La confrontación sin resolver con Irán aparece ahora como otro posible catalizador de un acuerdo político.
El resultado que prefería la oposición era desplazar a Netanyahu, pero la aritmética parlamentaria que se perfila no ofrece un camino claro para lograrlo.
La pregunta que enfrentan los líderes políticos de Israel es si la oportunidad de enfrentar a la República Islámica junto a un presidente estadounidense dispuesto a hacerlo puede superar las divisiones que paralizaron al país una y otra vez.
Trump tiene interés en evitar nuevas demoras, y el presidente israelí Isaac Herzog, cuyo papel constitucional incluye las consultas para la formación del gobierno, también tendría motivos para buscar una solución sin otras elecciones.
El precedente de 2020 demuestra que rivales políticos enfrentados pueden encontrar una fórmula para gobernar juntos cuando las circunstancias nacionales lo exigen.
¿El hombre indispensable de Israel?
La paradoja de las elecciones israelíes de 2026 es que el país cambió de forma drástica, mientras que su política electoral cambió notablemente poco.
El entorno de seguridad de Israel se transformó, su ejército combatió en múltiples frentes y sus ciudadanos soportaron enormes sacrificios.
Sin embargo, los votantes volvieron prácticamente a las mismas divisiones políticas que existían antes de la guerra.
Netanyahu no consiguió una mayoría de gobierno, pero la oposición tampoco logró desplazarlo.
Con Trump comprometido a enfrentar a Irán y con menos de dos años por delante en su presidencia, lo que está en juego en otras elecciones va mucho más allá de la política interna.
Los líderes políticos de Israel deben decidir ahora si buscan un acuerdo de gobierno capaz de afrontar esos desafíos o si devuelven al país a otra campaña electoral prolongada.
Pese a todos los esfuerzos por poner fin a la carrera política de Netanyahu, este sigue en el centro de la aritmética de las coaliciones israelíes y de la relación con Washington.
Israel cambió. Su política, sorprendentemente, no.