El alarmante ascenso del poder islámico

Lo que ocurrió en las elecciones israelíes fue la versión democrática del 7 de octubre.

El presidente de la Lista Árabe Unida (Ra’am) Mansur Abbas junto a otros miembros del partido en el escenario tras la publicación de los sondeos a boca de urna en la ciudad de Sajnín, en el norte de Israel, en la noche de las elecciones generales, el 27 de octubre de 2026. Foto: Michael Giladi/Flash90.
El presidente de la Lista Árabe Unida (Ra’am) Mansur Abbas junto a otros miembros del partido en el escenario tras la publicación de los sondeos a boca de urna en la ciudad de Sajnín, en el norte de Israel, en la noche de las elecciones generales, el 27 de octubre de 2026. Foto: Michael Giladi/Flash90.
Melanie Phillips, periodista, locutora y autora británica, escribe una columna semanal para JNS. Actualmente columnista de The Times de Londres, su nuevo libro, Fighting the Hate: A Handbook for Jews Under Siege, acaba de ser publicado por Wicked Son. Su libro anterior, The Builder’s Stone: How Jews and Christians Built the West and Why Only They Can Save It, se publicó en 2025. Puedes acceder a su obra en: melaniephillips.substack.com.

La enorme participación árabe en las elecciones israelíes de esta semana debería hacer sonar fuertes alarmas tanto en Israel como en Occidente.

Lo que de pronto se hizo visible en Israel es lo que viene surgiendo en Europa y ahora también en Estados Unidos: el uso de la democracia como arma por parte del poder islámico.

En las elecciones israelíes, los distintos partidos árabes alcanzaron un récord de 19 escaños en la Knéset, y el Likud del primer ministro Benjamin Netanyahu los acusó de fraude, soborno, intimidación y manipulación de votos.

Ahora, el presidente del Comité Central de Elecciones Noam Sohlberg ordenó a la agencia de seguridad de Israel, el Shin Bet, investigar “sospechas graves de una influencia indebida” mediante el financiamiento de actores extranjeros que actúan contra los intereses israelíes, y el principal dedo acusador apunta a Catar, que habría canalizado dinero para aumentar la participación árabe.

Sin embargo, la alarma debería ir aún más a fondo, porque los partidos árabes usaron el sistema electoral completamente disfuncional del país para poner en peligro el proyecto sionista, del que depende la existencia de Israel.

El asombroso resultado árabe de 19 escaños puso un enorme obstáculo tanto al bloque del Likud como al bloque opositor del “cambio” para formar un gobierno sionista.

Aunque eso le quitó posibles escaños al bloque del Likud, el aprieto es peor para la facción anti-Netanyahu, ya que, si estos partidos de centro y de izquierda que juraron no unir fuerzas nunca con Netanyahu se niegan a abandonar esa posición, su único camino hacia el gobierno es formar una coalición con los árabes.

Pero esos partidos están formados por nacionalistas árabes antisionistas, comunistas antisionistas e islamistas vinculados a la Hermandad Musulmana.

Todavía puede ocurrir que la magnitud misma de este logro árabe, por no hablar de un proceso electoral posiblemente corrompido, obligue a crear lo que muchos consideran la mejor salida para Israel.

Se trataría de un gobierno de unidad, en el que los rivales centristas de Netanyahu se tragarían sus promesas de “nunca Bibi” para formar en torno a él un gabinete patriótico y sionista.

Aun así, el hecho es que la cola árabe ahora mueve al perro israelí, y no sorprende que Mansur Abbas, líder del partido árabe Ra’am, se haya jactado de que “todos hablan con nosotros”.

Quienes salen a decir que los 19 escaños árabes demuestran que Israel no es un “Estado de apartheid” no ven el punto de fondo, porque el resultado árabe no es un triunfo de los derechos civiles, sino una estrategia para usar esos derechos como arma para la destrucción de Israel.

De hecho, simpatizantes eufóricos de la Lista Conjunta árabe, cuyos candidatos celebraron los atentados terroristas en el sur de Israel del 7 de octubre de 2023, cantaron Biladi, biladi (“Mi patria, mi país”) en los festejos de la noche electoral, una canción que exalta la redención de Palestina y su liberación con sangre y fuego.

En una entrevista posterior a las elecciones, Abbas volvió a negarse a calificar a Hamás como organización terrorista.

En el pasado, Abbas dijo que solo había aceptado públicamente que Israel es un Estado judío para evitar que su partido fuera inhabilitado para presentarse a la Knéset, y también llamó a los judíos invasores y asesinos, declaró que “su ocupación se irá” y afirmó: “Estamos librando una yihad civil”.

Abbas es un islamista formado por la Hermandad Musulmana, de la que solo se distanció para ganar un lugar en la Knéset, y la Hermandad usa, alternándolos con la violencia terrorista, el entrismo democrático, el disimulo y la manipulación como estrategia para destruir a Israel y conquistar Occidente.

Sin embargo, muchos israelíes ven a Abbas como un pragmático decidido a usar su presencia en el gobierno para lograr mejoras en la vida cotidiana de los árabes israelíes.

Se trata exactamente de la misma ignorancia delirante sobre el fanatismo islámico que los israelíes mostraron de forma tan catastrófica con Hamás en Gaza y que llevó al 7 de octubre.

Debería ser impensable que Israel permita siquiera que estos partidos árabes funcionen.

De hecho, en septiembre, el Comité Central de Elecciones los inhabilitó para presentarse en estas elecciones, al considerar que todos violaban la Ley Fundamental que prohíbe a los partidos políticos que apoyen la “lucha armada” o el terrorismo contra Israel, o que nieguen su carácter de Estado judío.

Pero la Corte Suprema anuló esa decisión con el argumento absurdo de que no había pruebas de nada de eso y de que los partidos eran necesarios para representar a los árabes de Israel.

Como siempre, la corte demostró hasta qué punto está sometida a las ideologías de izquierda que hoy escriben la nota de suicidio de Occidente.

En Occidente, la izquierda y los liberales denigran su propia identidad cultural como colonialista y opresiva, se niegan a reconocer la amenaza que representa un mundo islámico que se apodera paulatinamente de sus propias sociedades y tildan de racista e islamófobo a cualquiera que se oponga a ello.

En Israel, la izquierda se dio cuenta de que solo puede llegar al poder con la ayuda de los árabes.

Del mismo modo, en Estados Unidos y Europa los círculos políticos progresistas advirtieron que, con una población musulmana sectaria en aumento y enfocada abrumadoramente en una agenda islámica, el camino al poder pasa por la desaparición de Israel y el acoso a los judíos.

En consecuencia, la yihad islámica crece como fuerza política en el Reino Unido, Europa y Estados Unidos.

Desde las megamezquitas hasta los rezos musulmanes masivos en espacios públicos y la “alianza rojiverde” entre izquierdistas e islamistas que marchan juntos “por Gaza” en las calles, el mundo islámico demuestra que está tomando el control de Occidente.

Como acaba de ver Israel, los islamistas lograron enormes avances mediante el uso estratégico del sistema democrático.

En el Reino Unido ya existe un bloque islámico sectario, una presencia musulmana en constante aumento en los gobiernos locales y, para estupefacción del público en general, cinco diputados de la línea “Gaza primero”.

En Estados Unidos, cuando se postulaba para su actual cargo de alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani abrazó al imán Siraj Wahhaj, que defendió las formas más brutales de la sharía, avaló el terrorismo y llamó a tomar el control de Estados Unidos con la frase “la política es un arma para usar en la causa del islam”.

Por su parte, en Míchigan, el candidato demócrata al Senado Abdul El-Sayed es un seguidor de la Hermandad Musulmana, que lo respaldó con dinero de campaña y con el apoyo de sus organizaciones pantalla y otros simpatizantes.

Afirmar que estas preocupaciones son “racistas” no da en el blanco en absoluto.

El pacto de ciudadanía de Occidente implica que las minorías son bienvenidas a establecer sus propias formas de culto y de cultura siempre que todas adhieran a los valores fundamentales de Occidente, como una misma ley para todos, la libertad de culto y la igualdad de las mujeres.

Trágicamente, Occidente rompió ese pacto y se niega a anteponer sus valores fundamentales históricos a los de su minoría islámica.

En Israel, la mayoría no es consciente de que ese mismo pacto debería aplicarse a sus propios árabes como población minoritaria, que deberían reconocer que Israel es un Estado judío y que su identidad, sus leyes y sus instituciones se basan en preceptos judíos.

Muchos árabes israelíes hacen exactamente eso, y los árabes que combaten en las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) son patriotas israelíes mucho más grandes que los judíos ultraortodoxos que declaran que prefieren morir antes que enlistarse.

Sin embargo, las élites gobernantes de Israel no vieron la creciente radicalización de otros árabes israelíes que se identifican con la agenda palestina de exterminar a Israel y matar judíos.

En parte, esto se debe a que esas élites están dominadas por judíos asquenazíes, que tienen una mentalidad similar a la de Occidente, que hoy destruyó su brújula moral al privilegiar a minorías que se portan mal por encima de la mayoría victimizada.

Así como Occidente necesita comprender la influencia fundacional del judaísmo en su identidad histórica, Israel necesita comprender hasta qué punto sus élites fueron influidas por la decadencia actual de Occidente.

Ambos necesitan trazar líneas rojas: Occidente debe promover y defender su identidad cultural histórica, y en Israel los árabes y sus partidos políticos deben aceptar el Estado judío, porque de lo contrario habrá que tratarlos como enemigos del Estado.

Ya sea por odio al ministro de Seguridad Nacional Itamar Ben Gvir o por el financiamiento corrupto de Catar, la enorme movilización de los árabes israelíes en estas elecciones fue la versión democrática de la “Inundación de Al Aqsa” del 7 de octubre.

Tanto en Israel como en Occidente, el desconcierto público es tan grande que los islamistas, eufóricos, creen que ya tienen a la vista la victoria sobre ambos.

Para impedirlo, los gobiernos de Israel, el Reino Unido y Estados Unidos deben despertar ante la amenaza yihadista que enfrentan.